Toque Afro cocina contra el hambre
Desde julio de 2025, Toque Afro sostiene una olla popular todos los lunes en San Telmo y reparte hasta 100 platos de comida caliente por noche. Mientras la pobreza trepó al 32,5% y los alimentos subieron por encima de la inflación, el barrio organiza lo que el Estado dejó de garantizar.
por Melina Schweizer
La decisión se tomó el 21 de julio de 2025, pleno invierno, cuando el frío dejó de ser un dato estacional y pasó a ser una condición política. No hubo acto fundacional ni comunicado formal. Hubo una escena repetida demasiadas veces como para seguir ignorándola: pibes con hambre, personas durmiendo en la calle que hasta hacía poco no estaban ahí, jubilados con casa pero sin comida, familias enteras sobreviviendo con una olla vacía. La iniciativa salió desde Toque Afro, un bloco de samba reggae y ritmos afroamericanos con fuerte presencia en San Telmo, que desde hace años es referencia cultural del barrio y que, al mismo tiempo, convive con una paradoja persistente: ser parte activa de la vida barrial y, aun así, ser perseguido por el propio Estado.
“Nosotros veníamos dando una pelea muy concreta, que es poder recuperar la calle sin que Espacio Público o el GCBA nos persigan todos los domingos, sin que nos amenacen con secuestrarnos los instrumentos o nos llenen de contravenciones por hacer arte, por tocar, por seguir difundiendo la cultura del barrio”, cuenta Martín Ramírez, integrante de Toque Afro. “Y en medio de esa pelea empezamos a encontrarnos con algo que ya no se podía dejar pasar: cada vez más hambre. Pibes que no comían, gente que se quedaba en la calle, jubilados que tenían techo pero no tenían qué poner en la olla. Ahí fue cuando entendimos que no alcanzaba con resistir desde lo cultural”.
La olla popular nació de ese cruce incómodo entre persecución estatal y emergencia social. No como un gesto solidario ocasional, sino como una respuesta organizada frente a una necesidad concreta. Al principio, la experiencia fue prudente. “Arrancamos cada quince días porque tampoco sabíamos hasta dónde íbamos a poder sostenerlo. Cocinábamos, salíamos, repartíamos y volvíamos siempre con la misma sensación: no alcanza. No alcanza para la cantidad de gente que viene ni para el nivel de necesidad que hay”, explica Ramírez. “Entonces lo hablamos y dijimos: esto tiene que ser semanal”.
Durante los primeros meses, la olla fue sostenida exclusivamente por integrantes de Toque Afro, que cocinaban en La Casona Cultural, un espacio ubicado en Carlos Calvo 242. La Casona no era ajena a esa realidad: durante dos años había llevado adelante una olla los sábados, hasta que la situación económica volvió imposible continuar de manera aislada. “Las donaciones empezaron a caer, la mercadería no alcanzaba, todo se volvió mucho más caro. Ahí decidimos unificar las dos ollas”, relata Ramírez. “No tenía sentido seguir cada uno por su lado. Había que juntar fuerzas, contactos, recursos y tiempo”.
Esa decisión marcó un punto de inflexión. Con el correr de los meses, la olla dejó de ser una iniciativa cerrada y se convirtió en una red barrial. Se sumaron vecinos, amigos del barrio, compañeros de La Casona y personas que nunca habían participado de una organización, pero que entendieron que había una urgencia que no podía esperar. “Nos organizamos de muchas maneras. Siempre estamos buscando donaciones en comercios, en espacios culturales, entre vecinos. Y cuando no conseguimos, compramos de forma colectiva. No hay financiamiento, no hay subsidios. Hay voluntad y laburo”, resume Ramírez.
La dinámica semanal es precisa y se repite sin excepción. Todos los lunes a las 18 horas comienza la cocina en La Casona Cultural. A las 20 horas, la olla sale a la calle. El recorrido está definido: Carlos Calvo y Paseo Colón, Av. San Juan, Independencia y Tacuarí. “Ese recorrido no es casual. Es donde sabemos que hay gente esperando, donde ya se armó un vínculo”, explica. “Llueva, haga frío, haga calor, sea feriado, nosotros salimos igual. Porque del otro lado hay gente que cuenta con eso”.
Al comienzo repartían 40 porciones. Hoy están en 100, y el número no deja de crecer. “Lo vemos clarísimo: cada vez viene más gente. Se corre la voz entre quienes más lo necesitan”, dice Ramírez. Aproximadamente el 30% de las personas llega con ollas grandes o tuppers, lo que indica que el plato no es solo para consumo individual. “Hay muchas familias. Muchísimos jubilados. Gente que no está en la calle, que vive en una casa, pero que no llega a fin de mes y viene con su olla para llevar comida para toda la familia”.
La comida que se prepara no es simbólica ni mínima. Cada lunes se cocina un plato caliente completo —guisos, arroces, comidas con carne, pollo o verduras— y un postre. “La idea es que la gente coma bien. No es solo zafar el día. Es un plato de comida real”, subraya Ramírez. Por eso, los insumos más difíciles de conseguir son también los más necesarios: carne, pollo y verduras, que concentran el mayor costo. “Eso es lo que más nos cuesta. Lo no perecedero aparece más fácil. Lo fresco es caro y cada vez más difícil”.
La olla recibe donaciones de distintos espacios del barrio, entre ellos La Asamblea del Pueblo, y La Casona organiza festivales culturales gratuitos donde la entrada es un alimento no perecedero. Aun así, no alcanza. “Hay semanas en las que tenemos que salir a comprar casi todo. Y eso lo hacemos entre todos, poniendo plata. Es una gran responsabilidad, porque sabés que del otro lado hay gente que depende de eso”, señala Ramírez.
El crecimiento de la olla no es una excepción. Es un síntoma. La Comuna 1 es actualmente la zona con mayor cantidad de personas en situación de calle en la Ciudad de Buenos Aires, y también una de las que concentra más ollas populares. “Para nosotros eso expone claramente la situación. No es que haya muchas ollas porque sí. Hay muchas ollas porque hay hambre”, afirma.
Los datos nacionales acompañan esa percepción. A fines de 2025, la pobreza volvió a subir en Argentina, impulsada principalmente por el aumento del precio de los alimentos. Según el nowcast de la Universidad Torcuato Di Tella, la pobreza pasó del 28,7% en el tercer trimestre de 2025 al 32,5% en el cuarto. El principal factor fue el incremento de las canastas básicas, que en diciembre de 2025 subieron 4,1%, muy por encima de la inflación general del 2,8%.
Ese mismo mes, una familia tipo necesitó $1.308.713 mensuales para no ser considerada pobre, mientras que el umbral de indigencia se ubicó en $589.510. El aumento del precio de los alimentos golpea con más fuerza a los sectores que destinan la mayor parte de sus ingresos a comer, y explica por qué la pobreza crece incluso en contextos de desaceleración inflacionaria general.
“Nosotros no necesitamos leer un informe para saber que la pobreza aumentó. Lo vemos todos los lunes”, dice Ramírez. “Lo que antes era una o dos personas, hoy son diez. Lo que antes era alguien solo, hoy es una familia entera. Y lo que más duele es ver jubilados, gente grande, que viene con vergüenza, con su olla, agradeciendo algo que debería ser un derecho”.
Para Toque Afro, la olla no reemplaza políticas públicas, pero deja al descubierto su ausencia. “La olla no debería existir. No es algo para celebrar. Debería haber políticas que garanticen que la gente coma. Pero mientras eso no pasa, el barrio se organiza”, sostiene Ramírez. La contradicción es evidente: mientras organizaciones culturales denuncian hostigamiento del GCBA por ocupar el espacio público con música, son esas mismas organizaciones las que terminan cubriendo necesidades básicas.
“El Estado aparece rápido para perseguir instrumentos, pero no aparece para garantizar comida”, resume.
A pesar del desgaste, la olla sigue creciendo. “Gracias a la olla conocimos gente con los mismos valores, con las mismas inquietudes. Se formó un vínculo. Se genera empatía. Y para nosotros también es una forma de devolverle al barrio lo mucho que nos da”, concluye Ramírez.
Todos los lunes, mientras suben los precios y caen los ingresos, Toque Afro cocina. No como gesto simbólico, sino como respuesta concreta a un hambre real que volvió a ocupar las calles de San Telmo.
