11 años del Centro de Integración Monteagudo

por Romina Calderaro

Cuando hay voluntad, hay mil herramientas. Cuando no hay voluntad, hay mil excusas.

Ese texto estaba pegado en la sede de la organización Tupac Amaru cuando Milagro Sala gozaba de libertad y se aplica a casi todas las situaciones de la vida y de las instituciones, incluida la historia del que hoy es el Centro Integral Monteagudo, que era un refugio para hombres en situación de calle manejado por el Gobierno porteño y que esta semana cumplió 11 años administrado por Horacio Ávila, titular de Proyecto 7, una organización que se ocupa de atender integralmente a las personas que viven en la calle.

El propio Horacio vivió varios años a la intemperie en lo que define como «otra vida» y le tocó presenciar la famosa nevada del 9 de julio de 2007 en esas circunstancias.

«El lastimado, lastima», es una de las frases que puede leerse en la puerta del Monteagudo, pero no fue el caso de Horacio, que se define como un sobreviviente. Dice que para él la dignidad «es todo» y claramente es un luchador de esos que, como el salmón, nada contra la corriente.

Conocer el Monteagudo genera a un tiempo alegría e impotencia: la alegría de saber que cuando hay amor las cosas pueden hacerse bien y la tristeza de saber cómo funcionan el resto de los «refugios» para la gente en situación de calle que administra el Gobierno porteño.

A diferencia del resto de los refugios, en el Monteagudo (que es un centro integral) trabajan personas en situación de calle y no empleados de afuera. Fue una de las primeras decisiones que tomó Ávila.

Otra es que les dan a los que allí viven o pasan el día las cuatro comidas (en los refugios ofrecen sólo desayuno y cena) y quienes lo habitan, aunque se los incentive a tener trabajos afuera y a estudiar, no están obligados a abandonar la institución a las seis de la mañana, como en el resto de los hogares. Por eso ahí, pese a la vida que les tocó, los que están agradecen la dignidad en el trato y se llevan bien entre sí.

«La principal diferencia es conceptual, acá se trata a las personas como a personas. Recién cuando entré vi al perro de uno de los compañeros que están acá, eso en los refugios no lo permitirían jamás», dijo.

Alejandro Becerra es uno de los hombres que vive y trabaja en el centro asistencial.

«Hay que lidiar con muchas situaciones con la gente cuando llega. Hay gente que llora, somos psicólogos sin serlo. Además, los del gobierno de la Ciudad son paradores. A la mañana te tenés que ir. Y esto es un centro de integración, tratamos de conseguirles papeles, tratamos de que estudien. Y tienen sus historias bien guardadas, no es fácil que cuenten. Pero con el tiempo se van bañando, se van cortando el pelo», cuenta.

Eduardo tiene 45 años y está en el Monteagudo desde 2017. Un tiempo antes entraron a robar su casa y salvó su vida de milagro. Y en Lomas de Zamora sentía que lo iban a matar.

Por un tiempo pudo pagar un alquiler, pero se le empezó a complicar y terminó en ese centro, donde dice que no quería trabajar, pero que lo fueron a buscar tres veces. «Quería trabajar de otra cosa, pero me entró a gustar y creo que ahora no quiero otro trabajo», porque «me gusta ocuparme de la gente y mirándolos nomás me doy cuenta de la necesidad de cada uno», cuenta.

José Luis Santa Cruz explica que en el centro hay 160 personas y que la pandemia fue terrible, que estuvo lleno. Su historia es única como todas, y como todas tiene puntos de contacto con las demás.

«Yo siempre estuve en la calle y estaba durmiendo en el Hospital Ramos Mejía y un conocido de Horacio me mandó para acá. Y acá me quedé, me di cuenta de que había gente que tenía más problemas que yo, por ejemplo falta de piernas y brazos. Siempre ayudé. Llegué a la calle porque me separé en 2019 y le dejé la casa a la que era mi pareja. Tuve que ir a un parador. Yo laburaba en el Servicio Meteorológico y cuando asumió Macri nos rajó a la mierda».

Todos los que vivieron en la calle coinciden en que lo más duro es pasar la primera noche. Que no se duerme. Porque estás pensando en demasiadas cosas y no entendés nada.

«Después pasan los días y te empiezan a pesar las piernas, caminás como rengo. Porque no tenés sostén. Hay gente que se termina suicidando o muriendo. Después de que terminás viviendo en la calle terminás haciendo cualquier cosa, el lastimado lastima. Hay gente que sobrevive y gente que no», asegura.

El Monteagudo tiene reglas. No puede haber peleas. No puede entrar nadie que esté consumiendo drogas o alcohol ni drogarse estando adentro. También les enseñan a los que entran que no «rastreen», es decir que no roben pertenencias ajenas.

La de la droga fue una pelea fuerte que dio Ávila al principio, porque cuando el centro pasó a manos de Proyecto 7, a los «transas» se les hizo agua la boca.

«Tuvimos que salir todas las noches durante bastante tiempo a correr a los «transas» para decirles que acá droga no iban a vender. En un momento, entendieron. Imaginate, para ellos era la clientela ideal. Quisieron comprar el lugar, vinieron a hacerse los buenos, a hacer asados y a querer poner una parrilla cuando en realidad lo que querían era vender droga. Tuve amenazas de muerte: una vez vino uno a los cohetazos y nos salvamos de pedo y nos enteramos de que en el bajo Flores habían puesto 80 lucas para ponérmela. Molesto a los que quieren vender droga o soldaditos para vender. Pero también hubo narcos que me prometieron que no nos iba a tocar nadie», recuerda Ávila.

En una visita que hizo una vez Fito Páez al Monteagudo, quedó tan impresionado que se inspiró y escribió la canción La Ciudad Liberada.

Al día de hoy, Fito sigue poniendo plata en la institución, que se financia un poco con el aporte de CABA y mucho con el de personas solidarias que creen en el proyecto de Horacio Ávila. Quien quiera colaborar, no tiene más que entrar a las redes sociales de Proyecto 7.
Sabe que por su historia podría ser un resentido. Pero no lo es: es un luchador. Una de esas personas que en vez de reproducir la maldad e indiferencia de los que fueron víctima de maldad e indiferencia dedicaron su vida a tratar de ayudar a los que están pasando por lo mismo.

Si salís a tomar algo y te piden plata o te venden algo. Viene uno, vienen dos, vienen cinco. ¿A cuántos les das?

Doy hasta que me alcance la plata. Pero hay cosas que me molestan mucho y se las digo a los compañeros desde el lugar que creo que tengo ganado. Me molesta cuando vienen a pedir dando lástima. Y no les compro. Les digo que si van a vender o van a pedir lo hagan con dignidad. Tengas todo o no tengas nada. La dignidad es todo.

¿Por qué una parte importante de la sociedad no sólo invisibiliza, sino que desprecia al que vive en la calle?

La visión que se tiene sobre nosotros es malísima en general. Es la misma que hay sobre el pobre, sobre el negro villero, sobre el bolita. Durante mucho tiempo se nos atribuyó la inseguridad a nosotros. Si tenemos ese poder, Larreta se tiene que ir.

¿Y nunca pensaste que la clase media no los mira por miedo a que les pase vivir en la calle? Técnicamente, la calle está más cerca que el country para un asalariado.

Puede haber una cuestión de espejo, sí. Pero creo que la mayoría no nos mira porque está muy enfocada en sobrevivir. Hay muchas formas de intentar sobrevivir. Una es la de los que viven en la calle y otra, aunque no se den cuenta, la de la gente que tiene un techo y un trabajo, pero igual está en una situación de inmensa fragilidad. Entonces siguen. Pasan por al lado de un tipo muerto y siguen. Cada vez hay más auriculares por eso. El sistema lo promueve. Porque si te parás y mirás, no sé si lo podés aguantar.

Las historias tristes que vivimos son historias de tristeza con dignidad: tenemos 78 compañeres muertos, pero les pudimos dar un entierro digno, una sepultura y que no haya una fosa común. Hay un sector de Chacarita al fondo que es prácticamente nuestro.
Hace poco falleció el Tío Lucas, un tipo querido, muy, de un paro cardíaco. Y también se fue Gerardo Salinas que está desde el principio con nosotros. Son muertes que duelen mucho. Yo no creo en Dios, pero creo en un montón de cosas.

¿Qué jode más? ¿Que no te compren nada o no te den plata o que te ignoren?

Que te ignoren. Hasta el que te mira con desprecio o te pisa la frazada te da existencia.

 En 11 años debe haber también historias felices…

Un montón. Siempre me acuerdo de una muy emocionante. Carlitos empezó la primaria en el Bernasconi a los 50 y pico. El tipo era un bardo y un día yo estaba sentado acá y vino con su carpeta de primer grado con las primeras letras que había escrito. Y fue abanderado.

Vos no creés en Dios. Pero si existiera, ¿qué le dirías?

Yo soy anarquista para poder discutir con argumentos. Le diría que si nos hizo a imagen y semejanza de él, debiera ir a algún psiquiatra. Igual se dice que Dios y el Diablo son la misma cosa. Y me cierra bastante ese enfoque porque todos tenemos partes buenas y partes malas. Me cierra mucho ese enfoque, pero si existe Dios se está bandeando demasiado hacia la mala.

Foto de portada: Walter Sagroni

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.