Condenas, Olvido y Rebeldías
por Marcelo Valko
La sentencia Damnatio memoriae, la condena a ser olvidado, Roma la hereda de Grecia, que la traslada de Mesopotamia de la mano de Alejandro Magno, y consiste en ser borrado de la historia, no haber nacido ni vivido. Más cercano en el tiempo, el Golpe de Estado de 1955, mediante el decreto 4161, prohibió pronunciar la palabra Perón como santo remedio; la Dictadura cívico-militar-eclesiástica de 1976, que se especializó en desaparecer 30.000 personas, prohibió hasta El elogio de la locura escrito en 1511 por Erasmo. Aunque existen numerosos ejemplos, por una cuestión de espacio, me interesa regresar de las tinieblas de la desmemoria Colonial un par de casos. Lope de Aguirre, alguien que Bolívar consideraba precursor de la Independencia americana y a quien el rey Felipe II prohibió no solo nombrarlo, sino también eliminarlo de todo documento existente; el otro es José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II, cuya feroz sentencia para descuartizarlo y esparcir sus cenizas al viento evidencia el temor y temblor que causó la mayor rebelión Colonial.
Lope de Aguirre participa en la expedición en busca del reino Dorado de las Amazonas. A más de uno se le hacía agua la boca imaginando un país de mujeres desnudas, con abundancia de oro y sin hombres, y se alistan en aquella incursión de 1561 que, desde Perú, cruzó las heladas montañas de los Andes para descender a selvas cálidas y enmarañadas y seguir por el inmenso río. Esa Entrada la comanda Pedro de Ursúa. Serán 370 españoles y miles de “piezas” indígenas como porteadores, la más importante realizada hasta aquel momento. Recién dos siglos más tarde partirá con otra expedición de mayor envergadura. Construyen una serie de bergantines y comienzan a bajar la corriente. Desandan legua tras legua y no hallan rastros del país de oro, solo hambre: “En este río tan mal afortunado no hay otra cosa que desesperación”. El motín era un hecho. Ursúa es asesinado por el aventurero Lope de Aguirre, que asume el mando, se declara “rebelde hasta la muerte y traidor al rey” y decide enfrentar al entonces monarca más poderoso del mundo, arrebatándole el Perú. Este personaje —a quien el cineasta Werner Herzog dedicó el film antológico llamado Aguirre, la ira de Dios— redacta una carta desafiante a Felipe II donde manifiesta: “Mira, Rey Español: tú en tus reinos de Castilla, sin ninguna zozobra, te han dado tus vasallos a costa de su sangre y haciendas tantos reinos y señoríos”. Empuja a sus hombres, que deben seguirlo “aunque sea arrastrándose”, para hacerle al rey “en estas partes la más cruda guerra que nuestras fuerzas lo puedan sustentar”; en ese momento se “desnatura de España”. Lope de Aguirre es tan extremo que incluso se enemista con el Cielo: “¿Crees, Dios, que porque esté lloviendo no voy a llegar al Perú y destruir el Mundo?”. Aguirre no logra su cometido; en tanto, Felipe II lo condena al olvido. Prohibió citar su nombre y mandó deshacer todo cuanto tuviera que tener con él. Incluso el castigo se extendió a su descendencia; “sus hijos, sean legítimos o bastardos o espurios”, fueron declarados “infames por siempre jamás e indignos de tener honra ni dignidad ni oficio público ni recibir herencia”. Sin embargo, su temible nombre regresó de sus cenizas durante las guerras de Independencia.
Es vox populi la tremenda crueldad del suplicio aplicado a José Gabriel Condorcanqui, conocido como Túpac Amaru II. Después de obligarlo a presenciar la tortura y la ejecución de su mujer, Micaela Bastidas, junto a sus hijos, el sumario del corregidor José Antonio de Areche ordena cortarle la lengua y amarrarle las extremidades a cuatro caballos para despedazarlo. Los miembros, tras ser exhibidos junto con su cabeza, son quemados y sus cenizas esparcidas. Más allá del terrible suplicio padecido en 1781 por el rebelde, debemos advertir que semejante crueldad es un indicativo del terror experimentado por los funcionarios realistas ante la mayor insurrección de la época colonial, que, paradójicamente, duró apenas medio año pese a extenderse desde Ecuador a la Argentina. Un especialista en el levantamiento, como Boleslao Lewin, en su formidable y documentada investigación, habla de cien mil muertos y de un número varias veces mayor de desplazados que huyen de la zona de conflicto para evitar represalias. Aunque nunca en la Colonia se mató tanta gente en tan poco tiempo, los aires de independencia comenzaron a soplar cada vez más recios, y la desmesurada crueldad era el síntoma de una administración que asiste al colapso de su mundo, que intentó detener el paso del tiempo con ríos de sangre.
Desaparecido Túpac Amaru II, el corregidor Areche decreta una suerte de castigos fácticos y otros de carácter simbólico para “las indiadas rebeldes”. En un intento por modelar el imaginario derrotado a la propia imagen y semejanza, dado que la vestimenta es un nítido referente identitario, ordena la utilización de ropas y peinados, proscribe los trajes y bailes de indios “que solo sirven para representarles los que usaban sus antiguos Incas, recordándoles memorias que influyen en concitarles más y más odio a la nación dominante, fuera de ser su aspecto ridículo y poco conforme a la pureza de nuestra religión, pues colocan en varias partes de él al Sol”. Los retratos de sus Incas pasan a alimentar las hogueras de la represión. No debía quedar nada, e incluso ordena el empleo obligatorio del castellano prohibiendo el quechua, un idioma que en su momento fue una lengua franca que facilitó la Conquista. Busca destruir la identidad de todo un pueblo. El terrorismo simbólico apunta a la negación de memoria, de la palabra y también del futuro, incluso apelando a una antigua práctica cercana a la magia. Areche ordena que la casa natal del rebelde “sea arrasada o batida y salada”. Un escribano real da fe de que el solar donde nació Condorcanqui es desmantelado piedra por piedra por los soldados que, a continuación, esparcen enormes cantidades de sal gruesa con el fin de esterilizar el suelo natal que concibió semejante rebelde. ¿Acaso el suelo del Corregimiento de Tinta produce algo más que papas? Las actitudes de unos y otros parecen confirmarlo. Para la temporalidad agraria de los Andes, Túpac Amaru es un fruto o tubérculo que regresará; un sueño eterno de esperanzas que, para los realistas, es una pesadilla. Para neutralizar esa planta que crece en lo profundo, es necesario neutralizar el espacio que le dio vida. Necesitan matar la semilla, amedrentar la tierra, esterilizar el suelo. Debe castigar esa maldita tierra paridora. La idea que subyace busca impedir que ningún semejante brote y florezca en ese terreno. Procuran impedir, por todas las formas, el regreso del Inca esterilizando la potencia germinativa del suelo natal que concibió aquella cabeza rebelde. Realmente se trata de un exorcismo sobrenatural que apunta a anular aquel portal por donde vino al mundo. Destruirlo y esterilizarlo de nuevos nacimientos, de nuevos retornos; por eso se ensañan con la tierra misma que generó semejante rebelde que decidió asumir el nombre de Túpac Amaru, el del último Inca, capturado en Vilcabamba en 1572, y así continuar el ciclo de retornos, rebeldías y justas revoluciones. La historia de los que vuelven una y otra vez es larga; las estrellas no duermen y habrá rendición de cuentas. Es lento, pero viene…
