Rebeldes, Caretas y Retornos en Perú

por Marcelo Valko        

En 1571, en las alturas de Vilcabamba es capturado, traición mediante, Túpac Amaru, el último inca. Poco después, fue ejecutado por orden del virrey Toledo en la Plaza de Armas de Cuzco. Dos siglos más tarde, un descendiente de la nobleza del incario se rebela contra el imperio español. José Gabriel Condorcanqui se alza contra las tremendas injusticias del coloniaje y, en un todo de acuerdo con el imaginario andino de una temporalidad cíclica, agraria, deja atrás su nombre y su vida anterior y asume el nombre de Túpac Amaru, y el último inca; regresa a la vida. La cultura de la sierra altoandina derrama en él las huellas mnémicas de aquella muerte que regresa. Y asume el nombre, atributos, hazañas y legado de resistencia; incluso terminará ocupando su tormento. Y así, Túpac Amaru comanda la mayor rebelión de la historia contra el coloniaje español; su figura asume tintes legendarios, incluso su asesinato, que retornará una y otra vez a lo largo del tiempo y de las luchas, convirtiéndose incluso en el mito de Inkarry, el regreso del Inca y el comienzo del Pachakuty, cuya traducción más simple es la certeza “de cuando la tortilla se vuelva”. (Remito a una nota anterior: “Condenas, Olvido y Rebeldías”).

Siendo el nombre de Túpac Amaru la encarnación y receptáculo de semejante carga simbólica, no resultó extraño que, tras el Golpe de Estado de Velazco Alvarado, el 3 de octubre de 1968, contra Belaúnde Terry para impedir que éste rifara la Empresa Estatal de Petróleo, las FF.AA. utilizaran la figura de Túpac Amaru como una de sus banderas. El nuevo gobierno anunció postulados de tintes revolucionarios, tales como superar el subdesarrollo, avanzar hacia una independencia económica y devolver dignidad a los marginados. Situémonos en 1968; el mundo era otro, de aceleración, estaba en ebullición el antibelicismo provocado por la Guerra de Vietnam, aún ardían las barricadas del Mayo Francés; Mao; un año antes los rangers bolivianos habían ejecutado a Ernesto Guevara; en Argentina se gestaban las condiciones que a fines de mayo de 1969 provocarían el Cordobazo, dando una estocada fatal a la dictadura de Onganía, donde la propuesta de LLA de comer carne de burro sería una ocurrencia de “muy mal gusto”.

En esta ocasión no me incumbe historiar el gobierno del general Velazco Alvarado, sí en cambio, dar un bosquejo de cómo se utilizó la memoria de Túpac Amaru como emblema y apoyatura de las reformas agrarias, expropiaciones producidas y del intento de empoderamiento campesino, transformándose en el prototipo del indio que se alzó contra los opresores. Se crea el SINAMOS (Sistema Nacional de Movilización Social), que tenía por objeto estimular la intervención del pueblo peruano a través de organizaciones autónomas. Se resaltan propuestas como “La Reforma Agraria se hizo para los campesinos, para ellos se hizo y ellos deben ser los actores principales del proceso”. Ahora bien, la radicalización de las organizaciones de base y la natural desconfianza hacia lo militar e incluso lo estatal pronto rebasarán el corsé burocrático con el que se buscaba encauzar esta transformación desde el gobierno. En esa revolución que buscaba hacer historia desde arriba, el problema era bien complejo. ¿Cómo incluir y llegar a las mayorías excluidas de los medios de comunicación, esas mayorías que Hobsbawn califica como “rebeldes primitivos”? En principio, existe un obstáculo obvio: los medios masivos del periodismo. Esa misma prensa que, tanto en gobiernos represivos como en regímenes de democracia neoliberal, justifica, sostiene y legitima cualquier medida que no suscite inquietud ni modifique un ápice del status quo. En el Sinamos convergen una serie de personajes fundamentales, que van a colaborar en responder a la pregunta de cómo incluir y llegar a las bases. Uno es el antropólogo Darcy Ribeiro, que fue ministro de Educación en Brasil y asesor de Salvador Allende; otro que desempeña un rol destacado es Jesus Ruiz Durand, un joven de 28 años que comprende que para llegar a todos los lugares de la variada geografía peruana necesita algo simple y contundente. Así nace el afiche velasquista del Sinamos, donde improvisa y adapta el discurso estético para que cumpla y se convierta en un vehículo de conciencia social. Ruiz Durand rememora en una entrevista: “Era 1968, vivíamos una especie de cumbre de inquietudes juveniles. Había, pues, una efervescencia de la creatividad y la renovación, y todo estaba a flor de piel”.

Como fruto de esa transformación, crean un nuevo arte alejado de la estética del realismo socialista utilizado por soviéticos y chinos; logran algo mucho más blando, cercano a la estética cubana, como medio para promocionar las reformas sociales y políticas. Recurren a afiches para pegar en la calle, en las paredes de mercados, estaciones de tren, clubes, chicherías, lugares de reunión de la gente donde el afiche es uno más. Son carteles rústicos, económicos, de gran tiraje, que utilizan el modelo de las viñetas de cualquier historieta. Es un afiche que nace como cruza entre el modelo cubano y el Pop Art, empleando colores fuertes, figuras nítidas que se comprenden por sí mismas o con un mínimo anclaje verbal para evitar la dispersión propia de la polisemia de la imagen. Figuras de campesinos blandiendo un machete, una mujer junto a una vaca, un comunero erguido y, como fondo, el flamear de una bandera peruana. Frases, siempre en mayúscula, como: “Reforma agraria. Base de una nueva sociedad”; “¡El Patrón ya no comerá más de tu pobreza!”, “Revolución es Participación. Participación es Revolución”; “Ya nadie te sacará de tu tierra, hermana, esta es tu revolución”.

Si bien todos los afiches poseen una configuración impactante, sobresale el logo del Sinamos diseñado por Ruiz Duran, donde estiliza el rostro de Túpac Amaru conformando la letra T y una A en blanco y negro, como otro en color acompañado de un anclaje verbal contundente: “190 años después, Túpac Amaru está ganando la guerra”. El logo, luego, seguirá su propio viaje como emblema de numerosas formaciones políticas y revolucionarias del Continente, como el Movimiento Nacional de Liberación Tupamaro de Uruguay, donde la letra T sobre la estrella de cinco puntas rememora el rostro estilizado del inca diseñado por Sinamos. Otra organización que lo asimila, deglute y convierte en su propio icono es el Sandinismo, convirtiéndolo en el sombrero alado de Augusto Sandino, el general de hombres libres. No deja de ser curioso que el ignoto y fugaz presidente Castillo, como el actual candidato Sánchez, que pasaría a segunda vuelta en las elecciones peruanas, utilizaran como emblema el amplio sombrero indocampesino. Es sabido que en las campañas electorales pesa más lo emotivo inconsciente que una decisión lógica.

Para hacerse una idea de la magnitud del vértigo y la movilización política de la sociedad vivida en aquellos años, baste destacar que un libro, en realidad una novela, conseguirá la liberación de un comunero condenado a 25 años de prisión por enfrentarse a la arbitrariedad de mineras y terratenientes, preso en la casi inaccesible Colonia Penal El Sepa, en la selva peruana. Se trata de Héctor Chacón, en quien se inspira el escritor Manuel Scorza para crear al Nictálope, el personaje mencionado en la saga de sus novelas que narran las luchas de los comuneros contra los abusos de toda clase de empresas, entre ellas Cerro Pasco Corporation. Chacón fue indultado por Velasco Alvarado. Años después, tanto Alberto Fujimori, Alejandro Toledo como Ollanta Humala en distintos actos proselitistas aparecerán caracterizados como El Inca, ese mismo Inca que regresa a imponer por fin la justicia. Sin embargo, sus caretas y disfraces de usurpadores de la memoria pronto dejarían al desnudo sus verdaderos rostros e intenciones.

El Sinamos fue disuelto tras el golpe que el general Morales Bermúdez dio en contra de Velasco en 1975 y, más temprano que tarde, el nuevo gobierno de facto asume un rumbo acorde al norte habitual al que están acostumbrados los ejércitos sudamericanos. Ese nuevo régimen, que aún mantendrá el nombre de Revolución Peruana, terminará, incluso, colaborando activamente con el Plan Cóndor. Pero eso es otra historia. Al momento de su derrocamiento, Velasco, al que le habían amputado una pierna en 1973, estaba gravemente enfermo y falleció en 1977. Tanto su velorio como su entierro se convirtieron en inmensas manifestaciones populares. El féretro fue llevado a pulso en medio de tumultos, ya que más de medio millón de personas se congregaron para despedirlo. Seguramente, en algún otro artículo, hablaré sobre los problemas y el laberinto semántico en que el Sinamos se enredó con los vocablos “indio” vs. “campesino”, propios de una “Revolución” que vino de arriba y, por eso mismo, no logró bajar y consolidarse. Lo fundamental es tener presente que la historia es larga y las estrellas todo lo ven, no siempre sueñan tiritando azules a lo lejos, y habrá rendición de cuentas. Es lento, pero viene…

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