Los CometaBrás La resistencia de lo festivo

Emergentes del under porteño, sus creaciones se caracterizan por fusionar distintos lenguajes y por explorar los límites de la realidad desde una perspectiva crítica y humorística. Apuestan a un teatro que promueva la reflexión colectiva, destacando el papel del arte como un interrogante constante sobre la condición humana.

Leandro Rosatti, Dalila Real,  Teresa López, Damián Calvo y Marcela Trajtenberg conforman Los CometaBrás, un grupo estable de teatro independiente que emergió del underground porteño de la década de los 80. En el Café Einstein, primero, en el Parakultural, después, presentaron “Secuestro Porcino”, cómic musical que fue seleccionado para la programación inaugural del Centro Cultural Ricardo Rojas. A fines del 87, abrieron Medio Mundo Varieté, en plena avenida Corrientes. Allí apostaron por la cercanía con el público, haciendo confluir en un mismo espacio: teatro, danza, artes plásticas y la actuación de bandas en vivo. Mixtura que impulsó a distintas expresiones artísticas a reinventarse en un diálogo constante con la realidad.

Leandro Rosatti, Dalila Rey, Marcela Trajtenberg y un gato bicolor llamado Magóo me reciben entre las bambalinas de Medio Mundo, no el de avenida Corrientes, el que sobrevivió al menemismo, situado en el segundo piso de una antigua casona del barrio de Balvanera, donde funcionó como teatro hasta que la administración porteña le quitó la habilitación. Pasamos a una sala de paredes rojas donde sobresalen las fotos de las obras que crearon a lo largo de los cuarenta años de trayectoria del grupo.

Dalila y Marcela no emergieron del circuito under; se adentraron en él tras participar en la primera puesta de Calígula en San Telmo, “antes de ser fulminada en el Metro de avenida Corrientes”, sostienen. Leandro, el cerebro del grupo, forjó su trayectoria en el under, comenzó en la placita de Palermo, transitó por todos los escenarios de este circuito e incursionó con estilo propio en el comercial. En el 83, Dalila, la voz del grupo, se integró a la compañía encabezada por Leandro. “Una propuesta autogestiva que, lejos de perseguir fines comerciales, apuesta a hacer visible las obras que produce», apunta Dalila y agrega: “Desde entonces empezamos a transitar el larguísimo camino que nos trajo hasta acá”.

El año pasado, estrenaron la obra “Fragmentos del caos”, una pieza teatral que, mediante guiños a la realidad, explora cómo, a través de las grietas de una época fracturada, afloran elementos que permanecieron ocultos o soterrados: el odio, la ambición, la codicia y el poder, en un recorrido signado por situaciones tan sorprendentes como provocadoras: un insólito concurso televisivo que trafica con órganos humanos, una productora artística que contrata escenas musicales con el mensaje de los vencedores y una radio clandestina que informa sobre la búsqueda de un director desaparecido en un futuro no tan distópico. En este entrecruzamiento de tiempos, donde los personajes navegan a la deriva, el humor se convierte en la clave para reflexionar sobre el presente.

-Históricamente el teatro funcionó como el espejo incómodo del presente. ¿Qué está pasando en la actualidad?
Leandro Rosatti: Hablar de teatro es tan diverso y profuso que resulta muy difícil tener una opinión generalizada. En lo que respecta a la incomodidad, creo que estamos ante un teatro que no pretende incomodar ni desafiar al público, sino ofrecer una experiencia confortable. Las obras están bien realizadas, cuentan con buenas direcciones y puestas en escena, y con actores de nivel. Este enfoque responde a la necesidad de gustar al público, ya que la sostenibilidad económica de las producciones depende del éxito de taquilla. Incluso el teatro independiente, que siempre se distinguió por tener un carácter más experimental, se ha tornado mucho más confortable. No podemos decir que son malos productos, pero en cuanto a la búsqueda de trabajar con la realidad, no hay muchas propuestas. De las obras a las que he asistido, que no han sido muchas, solo dos o tres lograron realmente movilizarme en los últimos años.

Dalila Rey: Siempre han coexistido al menos dos tipos de teatro. Por un lado, existe un teatro complaciente, que está perfecto, y un teatro muerto, que no busca complacer ni ser mero entretenimiento. Nosotros pensamos que, de alguna manera, el teatro tiene que dejar algo. Plantearse alguna pregunta sobre la realidad que atravesamos. Nuestra sensación es que tenemos que hablar de la percepción de lo que estamos viviendo. Hacernos preguntas sin intentar dar respuestas, para permitirnos pensar entre todos. Y, de alguna manera, nuestra propuesta con «Fragmentos del caos» es interpelar al público de una manera no trágica, digamos, sino que puedan pasarla bien, pero al mismo tiempo que puedan llevarse alguna reflexión. La propuesta es que podamos pensar entre todos sobre ciertas cuestiones que están pasando, sobre estos mundos que están conviviendo, desde el más futurista hasta este nuevo medioevo.

Marcela Trajtenberg: Creo que la falta de producción televisiva provocó que muchos actores se volcaran al teatro, tanto en el circuito independiente como en el comercial. Pero el teatro experimental, el teatro que incomoda, sigue estando, solo que ahora convivimos con muchos actores que antes no estaban en este medio. Respecto a tu pregunta, en la obra «Fragmentos del caos», que estrenamos el año pasado tras un extenso proceso de producción, de alguna forma se pone de manifiesto ese espejo. Lo curioso es que, lo que en un principio parecía ser una distopía, en la trama fue superado por la realidad.

¿Sienten que, como sociedad, estamos atravesados por una realidad capaz de superar cualquier distopía?
Marcela: Sí, salvo en lo poético. La realidad está marcada por los efectos de normativas como la reforma laboral, que no solo te impide disponer del tiempo laboral, sino también disfrutar del tiempo libre y de la vida misma.

Leandro: Lo que ocurre ahora no es una distopía, es la política de este país. Muchas veces nosotros, que trabajamos con la realidad, producimos obras que son políticas, no desde un lugar ideológico o partidista, sino porque transformamos esa realidad en un hecho poético. Nos ha pasado que alguna obra, que alguna vez presentamos como una distopía, se vuelve real; entonces sentimos que estamos muy actualizados, pero para la desgracia. (ríe)

Dalila: Sí. Y nuestra sensación es que tenemos que hablar de la percepción de lo que estamos viviendo y hacernos preguntas que nos permitan pensarnos entre todos, sin dejar a nadie afuera.

¿Cómo recuerdan la experiencia de Medio Mundo de fines de los 80?
Dalila: Medio Mundo estaba al fondo del Centro Colla y para ingresar había que atravesar un largo pasillo. Al final, un portón daba paso a un salón enorme, donde instalamos un escenario, una pista de baile y un balcón que permitía a los actores entrar desde distintos puntos, incluso desde el público. Hacíamos un disco y, cada tanto, interrumpíamos el baile para presentar un número de varieté.

Leandro: Teníamos un público que venía del under. Y nuestra intención al poner ese espacio fue preguntarnos dónde iba el teatro. Porque entonces la gente joven iba a recitales de rock, iba a la disco, pero no iba al teatro. De manera que, en Medio Mundo, pusimos una pista de baile y la rodeamos con gradas, balcones y un escenario. Trabajábamos con música en general, teníamos muy buenos DJ que ponían temas de Los Redondos y los mezclaban con los clásicos. En paralelo, proyectábamos  películas mudas en súper 8 en forma continuada y teníamos una pantalla de sombras desde la que a veces salían los números. Era un lugar totalmente multimedia que nos permitía hacer puestas impactantes, a veces cómicas, otras trágicas. Un día advertimos que detrás de la pantalla estaba todo el público sentadito, esperando el número como en el teatro. Lo primero que pensamos fue que lo habíamos aburguesado, pero resultó que se había habituado a ver teatro, lo que en definitiva era nuestra intención.

¿Cómo se daba esa interacción con el público?
Leandro: Era un público muy activo e inteligente. Si no les gustaba algo, te lo decían. Y eso ayudó a construir nuestra narrativa artística. También era un público muy diverso. Porque era una época donde se cruzaban las tribus urbanas con las del conurbano y el público culto de los barrios de zona norte. En ese mix, había periodistas, lectores, rockeros, punteros políticos, etc., etc. …

Dalila: Ofrecíamos ciclos de teatro corto gratuitos, cursos de formación actoral. La idea era que algunas actividades financiaran otras para poder sostener el teatro. Algo que ya era complicado entonces. Años después pusimos acá un pequeño espacio para 50 personas, donde hicimos muchas producciones, hasta que el gobierno porteño nos quitó el permiso para funcionar. Esa es la otra cara de la realidad.

¿La experiencia del under de alguna forma podría replicarse en la actualidad? ¿Creen que el público tendría la misma reacción?
Leandro: Sí. Tenemos una estética y una poética que no son habituales en el teatro actual. Y no nos quedamos en el confort o en la complacencia, sino que desafiamos al público: lo invitamos a pensar.

Dalila: El teatro tiende a revalorizar la importancia de reunirse en vivo. Nuestra idea es retomar en este espacio algunos fragmentos de las obras que hicimos acá. Invitar a la gente a hablar de algunos momentos o pasajes de esa obra, entablar una especie de diálogo con el público, que ya no sería público, sino interlocutor.

Marcela: No sería hacer la obra, sino tomar un fragmento de alguna obra, resignificarlo y discutirlo entre todos.

¿Cómo lo pondrán en práctica?
Leandro: Por ejemplo, ahora que estamos en tiempos de nuevas conquistas, podemos retomar «Colón, el huevo conquistador», una obra con mucho humor, relacionada con el viaje de Colón. La idea es deconstruirla obra con el público, haciéndolo recorrer un lugar que fue un teatro y que ya no es.

Dalila: Nos parece interesante tomar este tema porque se parece mucho a la realidad que estamos viviendo en nuestro continente, donde llega un señor y dice «esto es mío» y, si hay habitantes, dice «estos también son míos».

¿Cómo se transita la cultura en tiempos libertarios?
Leandro: Con mucha paciencia. Digamos que tenemos una edad en que, como ya lo vivimos tantas veces, sabemos que esto tarde o temprano acaba. Mientras tanto, nos toca reexistir, es decir, no escaparnos de la realidad, pero tampoco quedarnos atrapados en ella.

Dalila: Inventando nuevas formas de crear y de resistir. Pero estamos hartos. Cada día nos sacan un nuevo derecho y esto genera mucha angustia. Lo bueno es que nos juntamos, hablamos y damos pelea, no paramos. En esta experiencia el grupo siempre nos ha contenido. Pero son tiempos complicados. Tenemos que plantearnos un nuevo mundo, no un medio mundo.

Marcela: Creo que soportamos esta época gracias a que hacemos lo que hacemos; este es un espacio que nos permite sobrevivir, donde podemos reflexionar, crear y compartir.

¿Cómo se trabaja lo colectivo en tiempos de individualismo?
Dalila: A los gritos. Todos hablan. Pero, ¡no me interrumpas porque estaba hablando yo! (exclama jocosa). Los actores, cantantes y bailarines somos muy narcisistas, eso nos da coraje para subirnos a un escenario. Por suerte, lo tenemos muy trabajado en años de (psico)análisis. Claro que no sirve para nada. (ríe)

Marcela: Creo que cuando aceptamos el «no» del otro, es porque el otro también acepta nuestro «no». No estamos dispuestos a que la construcción colectiva se rompa, por eso nos respetamos y admiramos la individualidad de cada uno y el aporte que hace al conjunto. Empleamos un método de trabajo basado en la interacción, por ejemplo, Leandro asume la escritura y, a medida que avanza el texto, lo compartimos y lo debatimos colectivamente.

Leandro: Nos gusta lo que hacemos porque, de alguna manera, el solo hecho de ponerte a pensar en conjunto resulta sanador.

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