Crónicas VAStardas
Aquí, allá y en todas partes
por Gustavo Zanella
Borges decía que morir es una costumbre que suele tener la gente y razón no le faltaba, más si justo te toca vivir bajo dictaduras o democracias medio pelo donde podés ser todo lo libre que quieras mientras no reclames laburo y un cacho de pan para darle a la patrona y a los pibes. Pienso en eso ni bien me entero de que se murió un vecino, Cristian. 35 años. Esposa y dos hijos.
—Se dejó morir —dicen en el barrio.
—Se le secó la vida —dice una vecina con algo más de poesía.
Lo despidieron del laburo a principios del año pasado cuando la cosa empezó a ponerse más fulera que de costumbre. La pateó como un campeón, pero no salía nada. Remiseó, pedaleó cual delivery del Tour de France, hizo de albañil, pintor, mecánico. Cavó zanjas, lavó copas, taló árboles. Le ponía garra, corría, pero nunca alcanzaba la coneja y además, tenía que competir por esas changas con otros en la misma que él o con pibes más jóvenes que hacían más por menos porque recién salían de la escuela y no les quedaba otra que laburar en las condiciones que fuera.
Al principio él era puro empuje, como todos. Hasta que las deudas le reventaron la indemnización y las tarjetas. Consiguió vender un auto podrido y sin papeles que tenía tirado en el fondo de la casa, pero le duró menos que nada. Empezó a deprimirse, a no poder salir de su casa, a no hablar. Después dejó de salir de la cama. La familia lo arrastraba al médico como podía, pero no había tratamiento que le diera en el clavo y, en honor a la verdad, tampoco le ponían mucha onda porque los hospitales públicos están estallados y si en la década ganada hacían milagros con alambre y aspirinas, ahora lo que hacen es curar el empacho y la culebrilla antes de mandarte a tu casa, pero eso sí, la tinta china la tenés que llevar vos.
Cuando dejó de comer, lo internaron. Estuvo una semana adentro. Cuando lo estabilizaron, lo mandaron de vuelta. A la semana espichó. No hace falta ser psiquiatra; con ver 3 ó 4 TikToks de salud mental, uno ya sabe que el tipo tenía una depresión galopante. Por alguna razón, nadie lo dice. Por ahí porque se cae de maduro, por ahí porque todos estamos un poco así y nos hacemos los boludos, por ahí porque decirlo, ponerlo en palabras, sería como conjurarlo y darle entidad, como le pasa a Harry Potter con Voldemort o a Frodo y Sam con Sauron.
La familia no tiene un mango para enterrarlo. Fueron a la municipalidad y les dijeron que hay lista de espera porque los cementerios municipales están superpoblados y, además, no tienen gente suficiente para cavar las tumbas. ¡También ajustaron en eso! Cuando preguntaron qué harían con el muerto, mientras tanto, les dijeron —casi en tono de gauchada— que lo aguantarían un par de días en la morgue, pero que no se dejaran estar. Así que sale colecta porque, aun en el mejor de los casos y con viento a favor, aunque consiguieran enterrarlo o cremarlo sin costo, hay que pagar impuestos y tasas. Curioso destino el del cuerpo humano que, disfrazado de humita en chala para los gusanos, todavía está sujeto a devenires tributarios. ¡Mala nuestra por no ser ricos!
El asunto empeora porque no es el momento ni el lugar para mangueo alguno. No estamos mucho mejor que él. La monada pone lo que puede, unos $1000, otros $500. Una vecina que fue un par de veces a leerle la palabra del Señor porque, según ella, “Él todo lo cura y todo lo puede porque es el Dios de la esperanza”, dice que no tiene, pero promete pasarse la noche rezando por su “almita”. Y agrega –sin que se le pregunte– que el finadito no fue muy receptivo con la “buena nueva”. Dejando entrever que esa fue la razón de su muerte. Pero como las opciones están abiertas… también podría deberse a un dios sorete, a un gobierno crápula o a una miríada de votantes con graves problemas cognitivos, pero sería al pedo sugerirlo, porque la vieja no deja de ser como la misma gente que bombardea países porque se lo dijo dios. La única diferencia es que esta vieja no puede pagar los medicamentos para la presión arterial y los otros pueden darse el lujo de gastarse millones en proyectiles para cañonear los jardines de infantes de Alí Babá y Simbad el Marino.
Uno solo aporta un billete importante. Un vecino al que las malas lenguas sospechan un poco narco, un poco pirata del asfalto, asalta bancos, sicario, chorizo de autos de alta gama, puntero del PJ en la mañana y de la Libertad Avanza por la tarde. No hace mucho esfuerzo por sacarse el San Benito, pero el tipo en el barrio siempre fue prolijo. Quizás no muy discreto en navidad cuando tira unos fuegos artificiales que se importan desde Ucrania o pone cachaza en un centro musical hifi, wifi, wuachiguau gamer 4k. Cuentan que fueron juntos a la primaria con Cristian, el muerto. No tenían mucha relación, parece, pero al narco se lo nota compungido, angustiado; podría haber sido él, o cualquiera de nosotros, los que estamos con una enfermedad más o menos costosa y a punto de caer en la indigencia.
Dice que si falta algo para la mujer o los hijos de Cristian, que le avisen, pero con tiempo, porque el martes va a ir a la marcha del 24 con la familia. Cuando le comentan lo de los impuestos y el tiempo de espera, el tipo saca el celular y hace una llamada larga. Nadie se quedó cerca a escuchar, quizás no fuera del todo sano. El tipo dice que está difícil la cosa, que va a seguir intentando. Por ahí es para ayudar de verdad, por ahí para hacerse el importante. Da igual.
El martes a la mañana enterraron a Cristian en el cementerio de Villegas. Cero trabas. Y hasta con un féretro de una madera mejor que las de los cajones de manzanas que te dan cuando morís en la calle y nadie te reclama. Suerte, influencias, apriete. A nadie le importa. Cuando alguien se acerca a agradecerle, el turbio dice:
—Todos merecemos una muerte digna.
Mientras escucho de fondo el llanto de los deudos, pienso, pienso. Pero es inútil. Se los juro por la virgencita: ya no sé qué pensar.
