Cartas de amor en un museo policial…
por Marcelo Valko
En febrero de 1969, la revista Todo es Historia publica como nota de tapa: Di Giovani, el idealista de la violencia. Se trata de un artículo de una treintena de páginas de Osvaldo Bayer. En el índice de la revista, su director Félix Luna hace una reseña sobre el protagonista de la nota, a quien califica como “un guerrillero urbano. Un hombre que odiaba el mundo en que vivía y quería destruirlo por la violencia para construir uno mejor; un militante que murió en su ley”. En 1969, la temperatura política de Argentina comenzaba a calentarse y en apenas unos meses el hervor social produciría el Cordobazo, uniendo luchas obreras y estudiantiles, siendo fatal para la dictadura de Onganía. La violencia estaba en el aire y se reflejaba en el interés de los lectores… Un buceador de la historia con el olfato periodístico de Bayer advirtió que la vida de Di Giovanni, tan breve como intensa, fusilado a los 29 años, tenía tal actualidad que excedía por mucho el formato de la nota de una revista. Por otra parte, en su búsqueda de información sobre el anarquista, desempolvando archivos, descubrió un enorme material. Un año después, aquel artículo con el mismo título empleado por Todo es Historia se transformaría en su primer libro editado por Galerna.
Más que hablar sobre Di Giovanni, me interesa reseñar las derivaciones posteriores que tuvo uno de los capítulos más breves de la exhaustiva investigación de Bayer: El anarquista, el amor, la mujer. Allí se refiere a la relación que mantuvo con América Josefina Scarfó, conocida como Fina, su joven amante de 15 años a quien doblaba en edad, y en particular a las cartas de amor que el ácrata le escribió y que permanecieron “detenidas” durante 68 años en el museo de la Policía Federal. Las cartas “cayeron” durante el allanamiento a la Quinta de Burzaco donde se había ocultado la pareja; también requisaron una cantidad de publicaciones y una montaña de volantes incendiarios. Todo el material confiscado fue llevado a dependencias policiales que finalmente capturan a Fina Scarfó, a su hermano Paulino y a Di Giovanni, a quien todavía en 1957 el diario El Pueblo califica como “el hombre más maligno que jamás pisó tierra argentina”. Las cartas reflejan el espíritu vertiginoso de esa clase de gente que no se sienta a esperar que la historia ofrezca condiciones objetivas y subjetivas para alcanzar el poder. El lema de Culmine, el periódico fundado por Severino, lo pinta de cuerpo entero: “De la propaganda a los hechos. Creía en la violencia individual como un instrumento capaz de construir una sociedad más justa”. En alguno de sus editoriales plantea: “A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita de la rebelión del brazo y de la mente”. (Ese espíritu se refleja en las funciones de la agrupación teatral La Polilla “Un hombre peligroso”, que se exhibe en la ciudad de Buenos Aires.
Detenido en la penitenciaría de Las Heras, un tribunal militar por unanimidad condena a muerte a Di Giovanni y también a su cómplice Paulino Scarfó. La sentencia fue firmada por el general Uriburu y su Ministro de Guerra. El día previo, le permiten a América despedirse brevemente de Di Giovanni, quien le pide: “Besa a mi hijo, a mis hijas. Sé feliz. Adiós, única dulzura de mi pobre vida. Te beso mucho. Piensa siempre en mí. Tu Severino”. Entre tanto, en la vereda de la Casa Rosada, a Catalina Romano, madre de Paulino, de poco le sirvió permanecer arrodillada pidiendo clemencia por su hijo. Severino fue fusilado en el amanecer del 1° de febrero de 1931; Paulino al día siguiente corrió la misma suerte. La dictadura de Uriburu montó un show de la ejecución de Di Giovanni dándole amplia difusión, permitiendo que asistan numerosos periodistas de La Razón, Última Hora, Crítica y El Mundo para que dieran cuenta del escarmiento ejemplar. El reportero Roberto Arlt dejará una tremenda crónica que titula: He visto morir… La joven Scarfó de 18 años, está desolada. En apenas 48 horas perdió a sus dos personas más queridas. “Quedó sola, en un mundo absolutamente enemigo”. Años después, tendrá hijos y, junto con su pareja, fundará la librería y editorial libertaria Américalee, permaneciendo fiel a sus ideales.
Pero vayamos a las cartas de amor. Bayer, al investigar el tema, descubre que las cartas se encontraban en el museo policial. Uno podría preguntarse: ¿por qué estaban allí? ¿Eso tiene sentido? Y no…, pero así de desquiciada es la violencia del mundo. Años después de publicado el libro y estando en contacto con América, ella le expresa a Osvaldo su deseo por recuperarlas. Corría el año 1999, gobierno de Menem. Dado que estaban en poder de la Policía Federal, Unamuno, director del Archivo General de la Nación, le explica que era necesario contar con la autorización de Corach, Ministro del Interior. Tras varias gestiones, Bayer y Scarfó logran la entrevista. “Vengo a buscar algo mío”, dijo América. Las cartas son personales, íntimas; no tienen nada que sea de interés para la policía. En ellas Severino confiesa: “Tengo fiebre en todo mi cuerpo. Tu contacto me ha atestado de todas las dulzuras”. Por su parte, Carlos Vladimir Corach, tras asegurar que haría las averiguaciones pertinentes, sorprende a Bayer al explicarle que su padre había sido socialista y por eso: “Yo me llamo Carlos Vladimir Corach. Carlos, por Marx y Vladimir, por Lenin”. Creer o reventar… Tal vez quedaba en él algún lejano resabio de las enseñanzas paternas; lo cierto fue que Corach, que luego sería acusado de recibir sobornos para favorecer grandes empresas (y obviamente sobreseído), entregó aquellas cartas amarillentas por el paso del tiempo, pero de ningún modo marchitas. Y así fue como, tras 68 años, América recobró una posesión que solo le pertenecía a ella. Seguramente en la soledad de su casa, las habrá leído una por una, y una por una habrán caído sus lágrimas recordando un amor tan apasionado como trágico; leer, por ejemplo: “El amor, el amor libre, exige aquello que otras formas de amor no pueden comprender. Y nosotros dos, rebeldes divinos (jamás nadie podrá llegar a nuestras cumbres), tenemos derecho a desagotar el pantano de la moral corriente y cultivar allí el inmenso jardín donde mariposas y abejas puedan satisfacer su sed de placer, de trabajo y de amor”. América falleció en Buenos Aires en el invierno de 2006.
Es lento, pero viene…
Foto de portada: Obra teatral: Un hombre peligroso
