Fabi Maneiro: “El teatro es un lugar de resistencia”

Durante un taller para narradoras que dictó Fabi Maneiro, y ante la propuesta de inspirarse en “Romances turbulentos de la historia argentina”, de Balmaceda, elegir un “prócer”, y narrar un romance clandestino, Selva Palomino decidió trabajar con Julio Argentino Roca. Para ello indagó sobre la relación de este hombre con Ignacia Robles, una niña de 14 años. En su investigación, encontró dos versiones sobre el hecho. Hay documentos que afirman que él la secuestró durante una semana y también los hay que dicen que fue entregada por sus padres. “En lo que todos coinciden es en que la sociedad toda fue cómplice silenciosa de esa situación. Todos sabían dónde estaba la casa verde, la del balcón con flores, la que Roca alquilaba para sus gustos”, cuenta Fabi Maneiro.

Foto: Iván Lifschitz

Una vez finalizado ese taller, la inquietud de Selva por narrar parte de la historia desde la voz de las mujeres que fueron parte de la vida de Roca continuó. Así, sumó a su escrito la historia de Carmen Robles, la hija negada por Roca que buscó ser reconocida tras la muerte de su padre. El escrito de Selva se volvió, entonces, una obra narrada en dos tiempos: el de la madre (1868) y el de la hija (1914). Y, gracias a ese desdoblamiento temporal, evidencia rupturas y continuidades en las relaciones de poder que se sucedieron en el devenir de la historia. Porque, como sostienen en la sinopsis de la obra, los sucesos nos llevan a desmitificar a los hombres que «escribieron» con sangre nuestra historia. Y esa desmitificación es la que permite desnaturalizar las lógicas de dominación que reaparecen cíclicamente a través de los tiempos.

Apenas Fabi Maneiro vio el escrito de Selva, le propuso hacer la versión teatral. Así, con las actuaciones de Luciana Procaccini y Gabriela Villalonga, realizan una obra que habla de la historia y dialoga con el presente. En principio, las resonancias se ven a través de la figura de Roca, a quien Milei citó como inspiración en 2024 en un homenaje a los caídos en Malvinas y a quien celebran desde la Casa Rosada cuando llaman “gesta heroica” a la Campaña al desierto. Pero además llegan al presente ecos del pasado en los modos en los que operan las relaciones de poder. “El abuso, la manipulación, esta herencia política, social, cultural, la violencia de género, el patriarcado. Lo privado en lo público, en la vida de los políticos. Lo vemos en la obra en la vida de Julio Argentino Roca y de las mujeres que lo padecen, pero es muy actual”, dice Fabi Maneiro, ahora directora de la obra que tiene como nombre “El grito y el silencio” y puede verse los viernes a las 20:00 horas en Andamio ´90, ubicado en Paraná 660.

Foto: Iván Lifschitz

La producción aborda, por un lado, la visión de la mujer violentada, poseída por un pasado que la atormenta. Por otro lado, la visión de la mujer que lucha por recuperar su identidad. Así como también profundiza sobre la mujer y su rol en la sociedad. Fabi Maneiro cuenta que si bien enseguida reconoció la potencia del texto no imaginaba lo que generaría en las personas: “Al ser un hecho real pero poco conocido, la gente sale con ganas de investigar, de conocer más”. Y eso se relaciona con la importancia del teatro en la sociedad. Porque la obra no solo se posiciona desde una perspectiva poco contada, sino que también impulsa el deseo de conocer en profundidad y desde otros puntos de vista a aquellas personas cuyas hazañas nos han enseñado desde la escuela primaria en los libros de historia.

¿Qué riesgos conlleva trabajar con personajes reales?
Implica una responsabilidad importante. No es un personaje imaginario en donde todo lo que imagines o crees alrededor de ese mundo, como artista, va a estar bien. En este caso hay un universo real en el que hay que moverse, más allá de las licencias teatrales.

Ustedes dicen que es una historia contada a dos tiempos, pero más bien parece contada a tres tiempos. Porque la madre está en 1868 y la hija, en 1914. Pero también cada persona que la ve puede encontrar rastros de esto que se ve que llegan a la actualidad.
En una primera instancia, en esa síntesis argumental en la que dice lo de los dos tiempos, no había puesto quién era el personaje masculino. Me parecía que así se ampliaban las posibilidades. Porque puede ser cualquiera, en cualquier tiempo. El punto es el poder, el abuso de poder, y las dos mujeres que lo padecen. Y eso se repite.  Y ahí surge la figura de Roca que es atractiva e importante. 

Un tema que aparece también es la idea del cuerpo como territorio, como aquello a conquistar.
La idea aparece porque en el texto aparecía esto de que tanto con el territorio argentino como con el territorio que es el cuerpo de la mujer, yo —yo, Roca— hago lo que quiero. Argentina —dice Roca en la obra—  es argamasa entre mis manos, le doy forma a mi gusto, a mi antojo. Y lo mismo hacía con las mujeres.
Y en la obra eso aparece simbólicamente con cosas muy sutiles como la sombra, que crea un impacto más fuerte que si se denuncia en el texto.

Otra imagen muy fuerte y simbólica es cuando, al final, se apaga la luz de la silla que está en el centro, la que suele usar Roca, y las mujeres enuncian en conjunto, aunque en tiempos diferentes.
Ellas, en el texto, no tienen vínculo. El vínculo está creado en la dramaturgia desde el minuto uno. La obra empieza y termina con esta relación entre ellas, que es una relación simbólica. Hay una vinculación permanente entre los espacios y los tiempos.

Lo que sucede en la obra es que cada una hace de la mujer que personifica, pero también hace, por momentos, de Roca. ¿Cómo trabajaron el hecho de que las dos hagan de la misma persona?
Ignacia Robles, esta chica abusada a los 14 años, hace al Roca que la atormenta. Ese Roca está dentro de ella. Y Carmen Robles, la hija no reconocida, lo hace a Roca después de muerto que se presenta convocado por ella. Se personifica. Está fuera y ella lo enfrenta. Entonces es y no es la misma persona. Ambos son Roca, pero cada una lo hace en referencia a la relación con su personaje.

Y hay otra figura que es la del tribunal. Un tribunal muy político que no puede contradecir a Roca.
Esos jueces que hacen la vista gorda. La sociedad toda fue cómplice. Todos sabían dónde estaba la casa verde, la del balcón con flores, la que él alquilaba para sus gustos. Lo mismo pasó en el momento en el que Carmen le hizo juicio post mortem a Roca para ser reconocida como hija. Los jueces, aún después de muerto, lo seguían defendiendo. Entonces el paralelismo: los jueces hacen la vista gorda, son cómplices. Como la sociedad.

Y Roca, en la obra, ¿por qué se resiste a ir al teatro?
Lo desprecia. Porque el teatro enfrenta con una realidad que él no quiere ver. Es un espejo. Por lo menos este tipo de teatro. Y el texto que él nombra, “Los pilares de la sociedad”, también. Él no quiere verse en ese espejo porque mueve cosas.

Tampoco es fácil entrar en una sala, exponerse a que pasen cosas movilizantes. Una sale distinta.
Hay que ser valiente. Y en este momento de virtualidad, de inmediatez, sobre todo después de la pandemia, el único refugio de ceremonia, de encuentro —más allá de lo religioso— es el teatro. Es una resistencia. Es estar sentado al lado de otro, metiéndote en el mismo universo, saliendo, comentando. El teatro abre los sentidos.

Y tener un tiempo para eso, en un presente en el que la posibilidad de pensar y soñar está condicionada por la urgencia, no es menor.
Además, en los momentos de crisis es en los que más se produce. Pasó con Teatro Abierto y va a seguir pasando. Porque han cercenado otros campos artísticos. No se hace cine, no se hace ficción. Y los actores, que buscan seguir en acción, hacen más teatro. Entonces el teatro se vuelve un espacio de resistencia en el que se generan muchos proyectos en un momento en el que  las expresiones artísticas en general, y el teatro en particular, son necesarias porque cortan con el individualismo

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