Atados al mástil de un imperio en declive
Alineamiento con Estados Unidos e Israel en un mundo que se fragmenta
por Juan Pablo Costa
Hay decisiones que se presentan como elecciones ideológicas, pero que tienen consecuencias económicas muy concretas. El alineamiento del gobierno de Javier Milei con Estados Unidos e Israel —reforzado en las últimas semanas mientras el conflicto entre Washington, Tel Aviv e Irán escala a niveles inéditos— es una apuesta estratégica que condiciona el acceso al financiamiento, la estructura del comercio exterior y el margen de maniobra de la política económica argentina por años. En un mundo que avanza hacia esquemas multipolares, subordinarse automáticamente a una hegemonía en declive tiene un costo económico que el Gobierno prefiere no discutir.
La hegemonía que se resquebraja
Para entender las implicancias del alineamiento argentino, hay que partir de un diagnóstico honesto del contexto internacional. El conflicto en Irán —que comenzó como una operación israelí de alcance limitado pero que rápidamente escaló hasta involucrar directamente a fuerzas norteamericanas— muestra con crudeza los límites de la hegemonía occidental. Los objetivos militares se han redefinido varias veces en el transcurso de los combates, pasando del supuesto desmantelamiento del programa nuclear iraní a la contención de misiles, y de allí a la desestabilización del régimen. Este patrón revela una falta de objetivos estratégicos y cierto grado de peligrosa improvisación norteamericana.
Estados Unidos financia su aparato militar y su política exterior con deuda y, por lo tanto, con la fortaleza y hegemonía del dólar a nivel global. Sin embargo, su déficit fiscal ya supera el 6% del PIB y el dólar, aunque sigue siendo la moneda de reserva dominante, enfrenta una erosión sistemática. Los bancos centrales del mundo compraron más de 1.045 toneladas métricas de oro en 2024, el tercer año consecutivo por encima de ese umbral, según la World Gold Council —una señal de desconfianza estructural ante la capacidad de EE UU de honrar sus compromisos y sostener la fortaleza de su moneda—.
En paralelo, los BRICS —que pasaron de cinco países fundadores a representar hoy más del 35% del PBI mundial medido en paridad de poder adquisitivo— avanzan en la construcción de mecanismos alternativos de pago y financiamiento. El sistema BRICS Pay, discutido en la cumbre de Kazán en 2024, busca consolidar un sistema alternativo a SWIFT para las transacciones entre los países miembros. El Banco de Desarrollo de China sigue siendo una fuente de financiamiento más ágil que el BID, la CAF o el propio FMI. Son tendencias que no se revierten en el corto plazo, independientemente de quién esté en la Casa Blanca.
El costo del alineamiento automático
Cuando Milei decidió, en diciembre de 2023, rechazar el ingreso a los BRICS —al que Argentina había sido invitada y cuya adhesión estaba fijada para el 1° de enero de 2024—, la decisión fue presentada como una cuestión de valores. La realidad es que esa decisión también tiene un precio. Los BRICS ofrecían acceso a un mecanismo de financiamiento diversificado, una alternativa a la dependencia exclusiva del FMI y a las condicionalidades estructurales que acompañan cada nuevo acuerdo. Al retirarse, el Gobierno resignó ese margen de maniobra.
El acuerdo firmado recientemente con el Tesoro norteamericano, analizado con detalle en notas anteriores, ilustra el problema de fondo. Argentina asumió compromisos concretos —apertura de mercados, adopción de normas regulatorias estadounidenses, simplificación del acceso de productos norteamericanos— a cambio de señales de apoyo financiero que el propio Secretario del Tesoro, Scott Bessent, presentó como condicionadas. El acuerdo firmado con el Tesoro norteamericano tiene además un problema estructural de fondo: Estados Unidos compite con la Argentina en soja, maíz, trigo, energía y minerales. Entre economías competitivas, el libre comercio siempre favorece al más grande.
La escalada de la guerra en Irán agrega una dimensión adicional: el riesgo de quedar expuestos a sanciones secundarias. En un escenario de fragmentación económica global, los países que se alinean con el bloque occidental pueden verse obligados a cortar vínculos con socios comerciales clave. China es el segundo socio comercial de Argentina. Cualquier presión para reducir el intercambio comercial o liquidar el swap de monedas por razones geopolíticas tendría consecuencias directas sobre la disponibilidad de divisas y la restricción externa, el talón de Aquiles histórico de nuestra economía.
La alternativa BRICS
Decir esto no equivale a idealizar a los BRICS como una panacea ni a China como un socio sin intereses propios. Sería un error analítico y político. El bloque tiene contradicciones internas significativas: las disputas territoriales entre India y China son reales, las asimetrías de poder entre sus miembros son enormes y el proceso de desdolarización —aunque en marcha— es gradual y enfrenta resistencias estructurales. La propuesta del Banco de la Reserva de India para una moneda digital BRICS, que integra la agenda de 2026, es un indicador de la dirección del proceso, pero no de su velocidad.
Lo que sí es cierto es que el bloque ofrece diversificación: de mercados, de fuentes de financiamiento, de socios tecnológicos. Para una economía con restricción externa crónica como la argentina, reducir la dependencia de un único vector de acceso al financiamiento internacional —el FMI bajo tutela norteamericana— es en sí mismo un activo de política económica. La posibilidad de acceder al Nuevo Banco de Desarrollo sin las condicionalidades estructurales del Fondo, la potencialidad de los mercados de capitales en yuanes para sectores como el litio o la energía, o simplemente la diversificación de la canasta de socios comerciales son elementos que tienen un valor económico concreto.
Además, como viene demostrando la evolución del comercio bilateral en los últimos veinticinco años, existe con China una complementariedad económica que simplemente no existe con Estados Unidos. China importa lo que Argentina produce y exporta lo que Argentina necesita. Esa estructura de intercambio no es perfecta —la primarización de nuestras exportaciones es un problema real—, pero es una base para la negociación desde la que es posible exigir valor agregado, transferencia tecnológica e industrialización de recursos naturales. Con Washington, esa negociación empieza desde un conflicto de intereses estructural.
El caso argentino: restricción externa y autonomía
La restricción externa es el nudo gordiano de la economía argentina. No hay modelo de desarrollo posible sin resolver el problema de la generación de divisas. Y en ese marco, la política exterior no es un asunto de cancillería: es una dimensión central de la política económica. Cada decisión geopolítica que cierra una fuente de financiamiento, estrecha un mercado de exportación o expone al país a sanciones secundarias tiene impacto directo sobre la disponibilidad de dólares.
El gobierno de Milei-Caputo construyó su estabilidad macroeconómica sobre tres pilares: la apreciación cambiaria, el financiamiento externo —FMI más deuda de mercado— y el ajuste recesivo. Los dos primeros dependen de condiciones internacionales que la guerra en Irán torna más inestables. Una suba sostenida del petróleo presiona sobre la cuenta corriente. Un endurecimiento de las condiciones financieras globales —el denominado fly to quality en contextos de crisis— encarece el costo de la deuda soberana y reduce el acceso a nuevos créditos. En criollo: La guerra que el Gobierno festeja como una demostración de la solidez de sus alianzas puede convertirse en el catalizador de la próxima crisis cambiaria.
Los vencimientos de deuda de 2026 y 2027 son abultados, como ya señalamos en columnas anteriores. El Gobierno necesita renovar pasivos en un mercado que ya muestra señales de escepticismo —el riesgo país persiste en el orden de los 600 puntos básicos— y en un contexto internacional que se complica. Depender del respaldo político de Washington en ese escenario no es una política financiera: es una apuesta en el casino.
El no alineamiento como política de desarrollo
La experiencia histórica comparada habla por sí sola. Los países que lograron industrializarse en el siglo XX no lo hicieron mediante subordinaciones automáticas a potencias extranjeras: lo hicieron defendiendo sus espacios de política económica y diversificando sus vínculos externos. Corea del Sur negoció duro con Estados Unidos mientras protegía su industria naciente. Brasil sigue siendo el verdadero premio mayor de la región para cualquier potencia global precisamente porque nunca entregó gratuitamente su autonomía estratégica.
El Gobierno ha elegido un camino diferente. Rechazó los BRICS por convicción ideológica, firmó acuerdos asimétricos con Washington por necesidad electoral y celebra la guerra en Irán como una demostración de valores compartidos con sus aliados. Mientras tanto, la restricción externa sigue sin resolverse, los vencimientos de deuda se acercan y el mundo avanza hacia una multipolaridad que el oficialismo prefiere ignorar. Las consecuencias de esa elección no las pagará el Gobierno, sino el país.
Para la Argentina, el no alineamiento implica defender pragmáticamente un margen de maniobra que permita negociar con todos desde la soberanía: exigir complementariedad económica real como condición de cualquier acuerdo, aprovechar la demanda china de litio, energía y alimentos para impulsar industrialización con valor agregado, y acceder a fuentes de financiamiento diversificadas que reduzcan la dependencia de las condicionalidades del FMI. Es, en suma, subordinar la política exterior al interés nacional y no al revés.
