Poesía, migración y memoria

El aquelarre afrodescendiente que incomodó a Buenos Aires

por Melina Schweizer

El Centro Cultural Paco Urondo de la UBA fue escenario de la presentación de Aquelarre de Negras – Unidas por la lucha, un poemario afrodescendiente y antirracista impulsado por mujeres migrantes, mayoritariamente dominicanas. Entre tambores, poesía, memoria y denuncia política, el evento convirtió la sala universitaria en un territorio de resistencia negra frente al racismo estructural en Argentina. Más que una presentación literaria, fue una intervención cultural en la que el cuerpo afrodescendiente dejó de pedir permiso para existir.

A las cinco de la tarde, el Caribe entró bailando al Paco Urondo. No fue una metáfora ni una frase poética para decorar una crónica cultural. Fue exactamente eso: cuerpos afrodescendientes ocupando el espacio universitario argentino con tambor, danza, memoria y presencia política. El Ballet Folklórico Dominicano de ADUA —Asociación Civil de Dominicanos Unidos en Argentina— abrió la presentación de Aquelarre de Negras —Unidas por la lucha bailando mangulina mientras el frío porteño quedaba suspendido afuera, como si Buenos Aires hubiera sido obligada a recordar que también es negra, migrante y afrodescendiente.

Lo que ocurrió el miércoles 7 de mayo en el Centro Cultural Paco Urondo no fue la mera presentación de un libro. Fue una intervención política, cultural y emocional en la que la literatura funcionó apenas como excusa visible de algo mucho más profundo: la necesidad urgente de disputar memoria, representación y existencia dentro de un país construido sobre la fantasía blanca de sí mismo.

Argentina todavía arrastra una de las operaciones de borramiento racial más eficaces de América Latina. Durante décadas, el relato oficial insistió en la idea de un país europeo, blanco y homogéneo, mientras expulsaba simbólicamente de la historia nacional a comunidades afrodescendientes, indígenas y migrantes racializados. Ese proceso no fue accidental: fue parte de la construcción del Estado argentino moderno. Y precisamente por eso un libro como Aquelarre de Negras incomoda tanto.

No solo porque habla de racismo. Sino porque demuestra que las mujeres negras y afrodescendientes producen pensamiento, literatura, teoría y memoria política incluso en contextos culturales que intentan permanentemente reducirlas a folclore, exotismo o invisibilidad. Y esa incomodidad apareció desde la entrada misma del evento.

La maleta roja y la memoria migrante
Antes de ingresar al salón, una vieja maleta roja, iluminada por una lámpara cálida, recibía a quienes llegaban. La imagen funcionaba como una declaración política inmediata. Porque las maletas, para las comunidades migrantes, no son solamente objetos. Son archivos emocionales. Son la condensación material de una vida obligada a desplazarse. Y en un contexto global donde las políticas antiinmigrantes, las redadas migratorias y los discursos fascistas vuelven a expandirse, la figura de la valija adquiere otro espesor: el de los cuerpos que aprenden a vivir siempre preparados para partir otra vez.
La vieja maleta roja hablaba exactamente de eso. De la diáspora afrodescendiente. Del exilio. Del desarraigo. De las vidas enteras que terminan comprimidas dentro de una sola valija cuando las fronteras deciden que ciertos cuerpos sobran.

Genealogía afrodescendiente contra el borramiento
En el salón, otro altar esperaba silenciosamente. Un viejo piano sostenía fotografías familiares, figuras africanas, flores, libros, telas y objetos cotidianos que funcionaban como fragmentos vivos de la genealogía afrodescendiente.
La escena parecía sencilla, pero contenía una carga política enorme. Las familias afrodescendientes y migrantes muchas veces construyen memoria juntando restos. Fotografías salvadas de mudanzas. Objetos heredados. Peinados. Canciones. Libros. Pequeñas piezas dispersas que sobreviven incluso cuando el racismo estructural intenta romper la continuidad de esas historias. Ese piano funcionaba como un archivo.

La literatura como resistencia política
Aquelarre de Negras – Unidas por la lucha, tardó seis años en completarse. Seis años atravesados por precarización laboral, migración, racismo cotidiano, militancia y supervivencia emocional. El dato importa porque desmonta otra ficción habitual del mundo cultural argentino: la idea de que producir literatura es una actividad desligada de las condiciones materiales de existencia.
La antropóloga Lea Geler leyó el libro como una intervención cultural contra la matriz colonial y heterosexista que organiza nuestras sociedades. Alejandra Egido fue todavía más lejos: definió el poemario como un “aviso social”. Preguntó algo que dejó flotando una incomodidad colectiva en el salón: “¿Puede un poemario que no nombra directamente la violencia estar advirtiéndonos de ella?”.
La pregunta era brutal porque revelaba otra cosa: el racismo no siempre necesita aparecer explícitamente para organizar la experiencia cotidiana de las personas afrodescendientes. A veces está en la ausencia. En el silencio. Al entrar a espacios donde nadie se parece a vos.

El cansancio racial y la pedagogía del agotamiento
Uno de los momentos más fuertes de la jornada llegó con la intervención de la Dra. Karem Candelario, quien habló sobre el agotamiento emocional que implica explicar permanentemente el racismo estructural a personas que no desean comprenderlo.
Candelario señaló ejemplos concretos: estudiar medicina usando únicamente cuerpos blancos como referencia anatómica, entrar a espacios académicos donde nadie comparte tus rasgos físicos o soportar la exotización cotidiana del cabello afrodescendiente. “Después de que la décima persona te pregunte lo mismo, ya estás cansada”, dijo. Ese cansancio no es individual. Es estructural. Es el desgaste de existir permanentemente bajo observación racial. Y justamente ahí el poemario adquiere otra dimensión: deja de funcionar solo como obra literaria para convertirse en espacio colectivo de reparación simbólica.

Argentina y el mito blanco
Durante décadas, Argentina construyó un relato nacional basado en europeización y blanqueamiento simbólico. El mito de “los argentinos descendemos de los barcos” no solo invisibilizó poblaciones indígenas y afrodescendientes: también produjo una idea de ciudadanía donde lo negro aparece permanentemente asociado a extranjería, marginalidad o excepción.
Por eso la presencia afrodescendiente dentro de una universidad pública adquiere una dimensión política tan potente. No se trata solamente de ocupar un edificio. Se trata de disputar quiénes tienen derecho a producir conocimiento legítimo.

Toque Afro y el tambor como memoria política
Después llegó Toque Afro San Telmo: Batucada. Tambor. Sudor.
Reducir esa intervención a un espectáculo artístico sería quedarse en la superficie. Porque el tambor negro históricamente nunca fue solo música. Fue comunicación entre esclavizados. Fue ritual. Fue resistencia. Fue organización comunitaria. Fue memoria colectiva cuando la palabra escrita estaba prohibida o inaccesible.
Y esa dimensión política apareció claramente en el evento. Mientras gran parte de Buenos Aires criminaliza la pobreza, persigue vendedores ambulantes y transforma el espacio público en territorio hostil para cuerpos racializados, Toque Afro insiste en ocupar la calle con presencia comunitaria afrodescendiente. Además, realiza jornadas solidarias semanales para personas en situación de calle, articulando cultura y organización social en medio de una crisis económica cada vez más brutal.
En ese contexto, el tambor dejó de ser entretenimiento para convertirse en otra cosa: una afirmación colectiva de existencia.

Shelly Sony y el derecho a la vulnerabilidad
El cierre musical de Shelly Sony terminó de transformar el clima del salón. Interpretó Reina de Arena, adaptación musical de un poema de mi autoría. Después de los tambores, las discusiones sobre colonialidad, las memorias migrantes y la tensión política acumulada durante toda la jornada, la canción produjo algo difícil de explicar: vulnerabilidad compartida.
Y quizá ahí apareció otra de las ideas centrales del evento. El fascismo necesita cuerpos agotados, aislados y emocionalmente endurecidos para sobrevivir. Por eso construir comunidad afrodescendiente dentro de una universidad pública también funciona como forma de defensa de la vida.
La jornada entera pareció girar alrededor de esa intuición: que reunirse para escribir, bailar, cantar, discutir y recordar colectivamente también es una forma concreta de resistencia política frente a un mundo cada vez más hostil hacia cuerpos negros, migrantes y disidentes.

Más que un libro: una infraestructura cultural negra
Quizá uno de los aspectos más importantes de la jornada fue mostrar que Aquelarre de Negras no aparece aislado. Detrás del libro existe una red de producción cultural afrodescendiente que viene creciendo en Argentina desde hace años.
Ahí aparecen espacios como Malungo Libros, impulsado por Roberto Ruiz Sena —reconocido como el primer librero afrodescendiente del país— y el Colectivo Editorial Flota Negra, que trabajan sobre circulación de literatura afro, pensamiento antirracista y construcción de memoria negra independiente. Esto importa porque las voces afrodescendientes históricamente fueron expulsadas de los grandes circuitos editoriales argentinos.
Construir editoriales propias, librerías comunitarias y redes culturales independientes deja entonces de ser solamente una tarea artística. Se transforma en disputa política. En una lucha por la permanencia. En el derecho a narrarse sin pedir validación blanca.
Y quizá esa fue la escena más potente que dejó el Paco Urondo aquella jornada: cuerpos negros ocupando el centro de la conversación cultural argentina sin pedir permiso, sin suavizar el conflicto y sin aceptar nuevamente el lugar decorativo al que históricamente intentaron reducirlos.
Aquelarre de Negras no llegó para integrarse cómodamente al paisaje cultural porteño. Llegó para romper el silencio blanco que durante demasiado tiempo intentó fingir que esas voces no existían.

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