«Todas las Juanas, la Juana»

por Mei Kisz

Al entrar a la sala, vemos a una mujer anciana que habla, de pie, sobre una silla. Es Giovanna Marturano, partisana, antifascista y comunista italiana. Una Juana que habitó el mundo entre 1912 y 2013. En la escena predominan el rojo y la incitación a buscar una vida más vivible. Giovanna es la primera en presentarse. Luego seguirán otras siete. Juntas, son “Las Juanas, una herejía cósmica”, una obra escrita y protagonizada por Agustina Toia, con dirección de Severo Callacci. Esta producción, declarada patrimonio cultural en Argentina, actualmente presenta su cuarta temporada los sábados a las 20:00 horas en el Teatro La Carpintería, ubicado en Jean Jaures 858.

El unipersonal construye un universo íntimo que se expande a partir de la vida de ocho figuras históricas: Juana Manso, Juana la Loca, Juana de Arco, Juana Azurduy, la Papisa Juana, Giovanna Marturano, Juana de Ibarbourou y Sor Juana Inés de la Cruz. A través de sus historias, la obra traza un recorrido por mujeres que desafiaron su tiempo: poetas, rebeldes y guerreras que lucharon por sus ideales y atravesaron la violencia, el encierro y el silencio.
La obra, que combina el trabajo físico con el poético, cuenta con una escenografía, a cargo de Lucas Comparetto, que resulta funcional y permite que el espacio se modifique levemente a partir de la acción de cada una de las Juanas.

Algo que tiene su paralelismo en la realidad: cada Juana, de una forma u otra, con su mirada crítica y su defensa del deseo, modificó el entorno que la contenía. Así, el espectáculo propone una experiencia en la que las voces del pasado resuenan en el presente como un eco que interpela desde la memoria, la identidad y la resistencia a cada persona que asiste a la función. Porque, como señala Agustina Toia, dramaturga y actriz de la obra, citando a Giovanna Marturano, la propuesta busca encontrar más aquello que nos une que aquello que nos separa: “Porque si no pensamos en lo que nos une, seguiremos en este mundo lleno de guerras”.

Mei: Hay algo muy potente en la obra y es lo real detrás de toda la propuesta. ¿Cómo fue la búsqueda?

A: Hemos hecho un trabajo de investigación. Nos acercamos a las tierras de las Juanas, a sus patrias y a sus lugares lo más que pudimos. Fuimos a Rouen, donde prendieron fuego a Juana de Arco; al Vaticano a buscar los pasos de la papisa Juana; fuimos al claustro de Sor Juana Inés de la Cruz, en México. El trabajo fue un desafío hermoso. Así, las vidas de estas Juanas fueron un punto de partida. Y sus historias se trenzan también con la mía. Porque trabajar con estas mujeres históricas es una excusa para hablar del universo femenino.

M: ¿Cómo es el trabajo para prestar el cuerpo a cada una de las Juanas?

A: Venimos, como compañía, del teatro físico. Yo me formé también en biomecánica, en la antropología. Entonces hay una idea de prestar la carne y la energía a estas mujeres y, para hacerlo, se necesita plasticidad. Porque es pasar de una Juana de Arco de 19 años en una hoguera a una anciana que está en sus últimos minutos de vida a una mujer que sale de su tumba. Cada una tiene su universo. Pienso que lo que hago en cada función es invocarlas para que pasen por mí y sean ellas. Y la actriz —yo— desaparece para que aparezca Juana de Arco en la hoguera o Giovanna Marturano hablando al pueblo en una plaza.

M: Y cada Juana modifica su entorno.

A: Una mujer me dijo: «Todas somos Juana. Todas las Juanas, la Juana». Y esto mismo se traduce en toda la obra: la escenografía, los objetos. Es como si todo naciera de un mismo magma, de ese huracán en el que las cosas quedan desperdigadas. Todo se mezcla y se resignifica. Es un juego permanente desde la premisa de hacer con lo mínimo lo máximo. Es como un intento por agarrar el grito de las Juanas para decir todo lo que generan. Y entre ellas es como si se pasaran una posta.

M: Me fui pensando cuánto hay de estas Juanas en cada una de nosotras.

A: Es la herejía cósmica. Ese grito de la sangre que pedía salir en mí como artista y que está en todas.

M: Una de las Juanas dice: “Lo que nos une es más grande que lo que nos separa”.
¿Qué es aquello que une a las Juanas, más allá del nombre?

A: Lo que las une es lo que las atraviesa: las palabras, la letra, las guerras, la patria, el deseo de liberar a sus pueblos, el campo de batalla, las plazas. Lo político y lo poético. La locura. Hay cuatro Latinoamericanas y cuatro Europeas. Hay un trenzado entre aquí y allá. La Iglesia, como a Sor Juana y a la Papisa; la guerra, como a Azurduy y a de Arco.
Y la propuesta es, como dice Juana Marturano, buscar aquello que nos une.

M: Y el final, con esa voz de Juana Manso, es como una arenga para unirnos. Dice: “Algún día emanciparemos al hombre y a la mujer de sus vanidades, como que me llamo Juana Manso, pero de manso no tengo nada”.

A: Es un grito de guerra. Ella escribió hacia 1800 el primer tratado sobre la emancipación de la mujer, en el cual abogaba por que la mujer se educara y pudiera habitar otros contextos sociales. Yo tomo ese tratado como un grito y lo actualizo. De esta manera, invita a abrirnos. Porque el desafío es unirnos desde lo humano.
La actualidad está mediada por las nuevas tecnologías, por la IA. Por eso, la búsqueda es pensar un poco más allá de las diferencias entre hombres y mujeres, que las hubo históricamente y las hay. De eso habla las Juanas. De pensar lo humano.

M: Esa es una de las particularidades del teatro: cuerpos en comunión asistiendo a una escena.

A: Lo teatral invita a que eso humano suceda. Es un encuentro del actor, la actriz en este caso, con el público. Es algo real, que nos une. Como a estas Juanas que traen sus voces, a través de las cuales podemos ver cómo a lo largo de la historia las mujeres han vivido lo mismo en relación a la educación, a la sociedad, a la familia, a las instituciones y a todo un compendio de cosas que siguen resonando.

M: Y, por lo menos en la función a la que yo fui, había un público silencioso. Nadie se movía. ¿Qué se siente hacer una obra tan potente, poética y política entre todo ese silencio?

A: Cuando pasa eso, la sala se convierte en un templo. Y yo siento esa energía. Porque no es fácil estar ahí en cuerpo y alma sola en escena. Es como un magma que sostiene. Pero no siempre pasa. Hay funciones en las que se ríen, se cuentan anécdotas mutuamente. Y cuando hay silencio, me encanta porque hay atención. Digo, a – tensión. Sin tensión. Están ahí y me acompañan. A mí y a las Juanas. Y ese es el gran desafío del arte: invitar a una experiencia que permita olvidar por un rato nuestras vidas, ver el mundo de otra manera, escuchar otras palabras y sanar un poco los corazones.

M: Cualquiera que vaya a ver la obra puede sentir cercanía o identificación con alguna de las ocho Juanas. Pero vos les prestás el cuerpo a todas. ¿Cuánto de estas Juanas queda en vos después de las funciones?

A: Las Juanas me han acompañado mucho. La imagen que tengo es que en mi corazón están las ocho sentadas en ronda. Porque son mis abuelas, mi madre, mis amigas. Es ese aquelarre que está ahí presente. Es algo que está en mí pero no es mío. Esas palabras, esos gritos que buscan salir.
Y, a la vez, cada una de estas Juanas tiene algo mío.
Somos las Juanas.

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