Hasta siempre, Taty Almeida
por Mariane Pécora
La fila empieza antes de la puerta. Dobla la esquina, se desarma un poco sobre la vereda, vuelve a ordenarse. Hay pañuelos blancos, abrazos demorados, gente que viene sola y gente que llega en grupos pequeños, como si nadie quisiera hacer de esa despedida algo estridente. En la sede de FOETRA, la despedida de Taty Almeida se tornó en una procesión civil: varias cuadras de personas esperando para entrar, quedarse un momento y salir con los ojos mojados o la mandíbula apretada, como se sale de los lugares donde una entiende que también vino a despedir una parte de sí misma.
Lidia Stella Mercedes Miy Uranga —Taty para todos— murió el 14 de junio de 2026, a los 95 años, en el Hospital Italiano. Pero esa información, seca y necesaria, dice poco. Dice menos todavía de la mujer que durante medio siglo transformó la desaparición de su hijo Alejandro Martín Almeida, secuestrado en 1975, en una forma tenaz y pública del amor y de lucha incansable. Presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, Taty hizo algo raro y decisivo. Logró, como todas las Madres de Plaza de Mayo, que su dolor se hiciera grito compartido.
Afuera, la espera tiene algo de vigilia y algo de celebración popular. La fila avanza entre conversaciones en voz baja, saludos repetidos, alguna canción que aparece y se apaga, un llanto breve, otro abrazo. Cientos de personas pasaron por el velatorio y, en algunos momentos, la cola ocupó hasta tres cuadras.
Adentro, el clima no tiene la rigidez de los funerales solemnes. El féretro, a cajón cerrado, está acompañado por pañuelos y pequeños objetos dejados por quienes se acercan. Suena música. Hay tristeza, claro, pero hay algo parecido a una corriente de continuidad: la sensación de que esa despedida no viene a clausurar una historia, sino a ponerla en otras manos.
El hijo que dijo “ya vengo” y dejó una escritura
Pero en esa escena del adiós había otra presencia, más antigua y más feroz, que se asomaba. Alejandro, su hijo, tenía 20 años, trabajaba en Télam, estudiaba Medicina y fue secuestrado el 17 de junio de 1975 por la Triple A. Taty contó muchas veces que, antes de salir, él le dijo: “Espérame, ya vengo”. La frase quedó suspendida en el aire y nunca terminó de cerrar. En ese “ya vengo” se partió aguas: de un lado quedó la mujer de mundo, conservadora, formada para no rozar la política; del otro empezó a asomar la madre que iba a aprender, a fuerza de ausencia, a nombrar el terror y después a combatirlo.
Con el tiempo, además de buscarlo, Taty empezó a leerlo. Entre los papeles que Alejandro había dejado aparecieron poemas. Eran su mejor reflejo. En ellos su hijo hablaba del miedo, de la ternura, de la muerte posible, de los compañeros. Y en ellos, también, Taty encontró una manera de oírlo y entenderlo.
Uno de esos textos —quizá el más conocido— funciona hoy como un puente. Entre el hijo desaparecido y la madre que lo siguió nombrando en cada ronda. Entre el muchacho que escribió esos versos sin saber el destino que lo esperaba y la mujer que los fue leyendo durante años para que la muerte no tuviera la última palabra.
Poemas para seguir buscándolo
Taty solía leer en voz alta versos de Alejandro. El más citado empieza como una despedida imposible y termina como una herencia política y afectiva:
«Si la muerte me sorprende lejos de tu vientre, porque para vos los tres seguimos en él, si me sorprende lejos de tus caricias que tanto me hacen falta, si la muerte me abrazara fuerte como recompensa por haber querido la libertad, y tus abrazos entonces sólo envuelven recuerdos, llantos y consejos que no quise seguir, quisiera decirte mamá que parte de lo que fui lo vas a encontrar en mis compañeros.
La cita de control, la última, se la llevaron ellos, los caídos, nuestros caídos, mi control, nuestro control está en el cielo, y nos está esperando. Si la muerte me sorprende de esta forma tan amarga, pero honesta, si no me da tiempo a un último grito desesperado y sincero, dejaré el aliento, el último aliento, para decir te quiero”.
Alejandro Almeida
No fue el único. Los poemas reunidos en el libro Alejandro, por siempre… amor le ofrecieron a Taty otra clase de intemperie y también otro refugio: si no podía recuperar el cuerpo, podía seguir entrando en su escritura. Allí Alejandro no aparece únicamente como víctima del terrorismo de Estado. Aparece como un joven que pensaba, amaba, dudaba, escribía y estaba dispuesto a jugarse la vida por sus ideales. Tal vez por eso esos textos sobrevivieron, no como documento, sino como conversación inconclusa.
Una despedida a la altura de una vida pública
La despedida de Taty Almeida habla, también, de la dimensión pública de una vida que nunca se dejó absorber del todo por la tragedia. Durante décadas, su voz fue una de las más reconocibles del movimiento de derechos humanos en la Argentina. Tenía firmeza, sí, pero también una forma particular de la ternura; una pedagogía sin solemnidad, un humor inesperado, la capacidad de hablar en una escuela, en una universidad, en una marcha o en un acto sindical sin cambiar el tono.
Taty repetía una frase que ya forma parte de la educación sentimental de la democracia argentina: “La única lucha que se pierde es la que se abandona”. Afuera, sobre la vereda, la fila parece contestarle en silencio. La despedida pública se hizo donde ella había pedido: en un sindicato, no en un palacio estatal. También en eso hubo una definición. Como si la geografía del duelo tuviera que decir, además, algo sobre el lugar desde donde Taty había elegido pararse.
Foto de portada: Jorge Form
