Entre la emoción y el algoritmo
por Gabriel Luna
Vamos hacia una concentración cada vez mayor del capital. ¿Qué quiere decir eso? Pues que estamos jodidos. Quiere decir que la riqueza se concentra cada vez más en menos manos, y que son cada vez menos los que toman las decisiones sobre el destino de este país. Porque la democracia aquí es una representación teatral; aquí los gobiernos no hacen lo que le conviene al pueblo, sino lo que les conviene a los dueños de la riqueza. Se trata de un régimen piramidal que se sostiene aplastando la base y que va hacia dónde quieren los sectores de la riqueza concentrada.
Entonces, la pregunta que se impone y que todos debemos o deberíamos hacer es: ¿Hacia dónde vamos? Vamos hacia donde crezca la riqueza de estos sectores. Respondemos. Es decir, vamos hacia donde crezca la desigualdad, porque esa es la medida de la riqueza. La riqueza es una comparación concreta de capital entre estos sectores y el resto mayoritario de la sociedad. Y cuanto más ricos son estos sectores, más pobre es la mayoría de la sociedad.
De modo que el destino que nos espera a la mayoría de los mortales —más de un 90 % de la población— es la pobreza. ¿Qué podemos hacer al respecto?
En principio, darnos cuenta de cómo funciona el sistema. Porque hay un sistema montado para instalar con anestesia esta creciente acumulación y su consecuente pobreza. No sería posible sin un sistema. Se habla muy poco de esto. En los medios corporativos y masivos de comunicación casi no aparece. Sólo se puede encontrar el tema en los medios independientes. Y si aparece en los medios masivos, está fuera de contexto, tergiversado o señalado como teoría conspirativa (o conspiranoica). Lo mismo ocurre en las plataformas digitales. No se habla de esto en profundidad, y si se habla, no se difunde. El secreto es parte de la efectividad del sistema.
Entrando en materia
¿En qué consiste el sistema? ¿Qué es lo que hace? Es sencillo, pero no tanto. Se trata de moldear al consumidor más adecuado para los sectores de riqueza concentrada. Esto es un consumidor más emocional que inteligente, más veloz que reflexivo, más atraído por la superficie que por la profundidad. Un consumidor inmerso en una cultura de gratificación instantánea.
Así funciona el sistema de la riqueza concentrada. Genera consumidores dóciles y narcisistas funcionales, atrapados en la velocidad de los sucesos diversos, con falta de síntesis y de reflexión, y buscando la gratificación inmediata.
¿Cómo se consigue todo esto? El sistema empieza a funcionar en la edad temprana cuando los estudiantes entienden que para avanzar deben dejar de cuestionar y de conectar ideas por su cuenta; solo deben repetir los conceptos determinados que el docente quiere escuchar, y hacer lo que se espera de ellos. El pensamiento propio y la crítica les traen problemas. Se busca la homogeneidad y la obediencia. Y entonces el sistema impone la cultura de la gratificación inmediata a través del consumo. Esto también implica una caracterización de las personas a través del tener. ¿Tener o ser? planteaba el analista y filósofo Erich Fromm en los 70’, cuando todo esto empezaba y amenazaba ciertos valores construidos por el hombre durante siglos. ¿Era el hombre una entidad en sí? ¿O era simplemente lo que tenía, lo que había comprado? A más de cincuenta años del planteo de Fromm, hoy está establecida una cultura consumista. El sistema lo ha conseguido. ¿Pero en qué consiste? ¿Qué cosa realmente es el sistema? Es un conjunto de cosas, elementos o conceptos, ordenados para producir precisamente esto: la cultura consumista y la gran acumulación y concentración de capital. Explicación. Los medios de comunicación masivos son parte del sistema. Las grandes plataformas digitales son parte del sistema. Las corporaciones sostienen el sistema. El Gobierno forma parte del sistema. La Educación sin recursos es funcional al sistema. El neoliberalismo y la ultraderecha son las ideologías del sistema. Los algoritmos y las emociones son utilizados por el sistema. Y las computadoras personales, los celulares, los televisores, tabletas y demás pantallas, son los instrumentos del sistema para llegar hasta nosotros.
¿Cómo funciona todo esto? El sistema toma nota de tus gustos, emociones, búsquedas y actividades las 24 horas durante años; los algoritmos procesan los datos, y el sistema sabe entonces lo que te interesa, lo que puede interesarte y, además, cómo vendértelo. Ya de por sí este solo proceso interactivo, multiplicado por millones de usuarios, va generando una cultura de gratificación inmediata. Pero hay más. La ideología neoliberal y la meritocracia fomentada en las pantallas toman al consumo como medidor del éxito. Serás mejor cuanto más tengas, parece decirle el sistema a Fromm. Y siempre que te lo hayamos vendido nosotros.
Argentina y la hegemonía
La cuestión es hegemónica: los dueños de la riqueza, cada vez más concentrada, están en la cúspide de la pirámide y toman las decisiones sobre el destino del país. No es una abstracción; acá los cuatro grandes dueños, muy lejos del resto, son: Marcos Galperín, Paolo Rocca, Alejandro Bulgueroni y Eduardo Eurnekian.
El primero, Marcos Galperín, con una riqueza de 8.000 millones de dólares, es dueño de una plataforma digital de comercio electrónico, Mercado Libre, de otra plataforma financiera, Mercado Pago, para hacer cobros y pagos, y de una plataforma de streaming para ver películas y series. Los otros dueños tienen una siderurgia y una petrolera, y no es casualidad que los principales rubros económicos del país, además de la agricultura y la ganadería, se orienten en estos sentidos, en particular hacia las plataformas digitales.
La cuestión hegemónica se extiende si consideramos la riqueza concentrada en el mundo. Los principales dueños son todos estadounidenses: Elon Musk, Larry Page, Sergey Brin, Jeff Bezos y Mark Zuckerberg. Y el rubro predominante son las plataformas digitales de comercio electrónico, motores de búsqueda, IA, redes sociales, streaming. Concretamente: Alphabet, Google, Amazon, X, Meta, Facebook, Netflix… No es casual que la tendencia de la riqueza concentrada en nuestro país esté determinada por estas últimas empresas y los dueños estadounidenses. Esto marca también una hegemonía entre determinados países liderada por EE.UU. La riqueza de Elon Musk fue en 2025 de 835.000 millones de dólares y se estima hoy en 1,2 billones (1.200.000 millones), que es ciento cincuenta veces mayor que la riqueza de Galperín. ¿Esto marca una dependencia? Por supuesto. Las metas de Galperín son Amazon y Netflix. Y nuestro presidente Milei pondría, si se lo solicitan, el país entero bajo el mando y capricho de Elon Musk. No hay de qué extrañarse. Ya lo ha puesto bajo el designio de Donald Trump, como es de público conocimiento, y nadie se lo ha solicitado. La fortuna de Musk es casi el doble del PBI argentino, es decir, de todo lo que produce el país en bienes y servicios durante un año. Y mayor que el PBI de 170 países. La fortuna de Musk es cuatro veces mayor de lo que se necesita para solucionar el hambre en el mundo —es decir, la pobreza extrema— que afecta a 720 millones de personas. ¿Termina en Musk el problema?
No. Hay sólo 100 personas —según la revista Forbes— que tienen riquezas superiores a 25.000 millones de dólares cada una, equivalentes en total al ingreso anual de 6.000 millones de personas que habitan en 193 países del mundo, sin contar los habitantes de China y EE.UU. ¿Es peligrosa la concentración de tanta riqueza en pocas manos?
¿Cómo se sostiene el sistema?
Sí. Y, sobre todo, el sistema hegemónico que pretenden EE.UU., donde los ricos gestionan para producir el máximo incremento de sus propias ganancias sin importarles los intereses de la humanidad. Este sistema se aplica a países liderados por EE.UU. Se trata de la ideología neoliberal o de ultraderecha, donde los ricos aumentan sus ganancias al margen de los intereses de los estados o del pueblo. Está claro que el sistema no funciona para el bien de la humanidad. La concentración de la riqueza en plataformas digitales —como está sucediendo— no sirve para producir exactamente los bienes necesarios para frenar la pobreza. Al contrario. La pobreza aumenta a la par de la concentración.
¿Hay otro sistema aparte del hegemónico?
Sí. El sistema multilateral o multipolar, que considera los intereses de todos los participantes. Un ejemplo de esto son los BRICS, un conjunto de países como Brasil, Rusia, India, China, etc., que coordina y considera la posición política y las necesidades económicas de sus miembros. Los BRICS, que se oponen a la hegemonía de EE.UU., están actualmente conformados por 11 países con una población que ronda los 3.500 millones de habitantes, un 42 % de la población mundial. Y esto es lo que ha impedido hasta ahora que el planeta colapse bajo la acumulación desenfrenada y absurda del capitalismo hegemónico y su correspondiente pobreza.
Sin embargo, el peligro continúa. Entre la emoción y el algoritmo está la guerra. EE.UU. ejerce su hegemonía en muchos países, pero debe hacer guerras para sostenerla. Sólo en lo que va del siglo, ha provocado 19 guerras; ha provocado más de 100 guerras durante el siglo XX, y tiene alrededor de 750 bases militares distribuidas en el mundo para seguir haciendo guerras. Es la única forma de sostener la hegemonía y su receta capitalista.
Lamentablemente, nuestro país, que no ingresó a los BRICS, Milei mediante, es además un satélite de EE.UU. e Israel, Milei mediante, y es responsable de las guerras y del genocidio actual en Oriente Medio.
Nuestro país y nosotros somos responsables.
Imagen de portada: «Sin seguro», de Rómilo Macció
