Violentas nuevas derechas latinoamericanas
por Sylvia Valdés
Las “nuevas derechas” en América Latina amenazan la democracia y no solo han polarizado la sociedad. Han puesto el poder en manos de élites que no están dispuestas a permitir el desarrollo de sistemas fundamentados en la equidad ni a recuperar el estado de bienestar. A mediados del siglo XX los gobiernos de Juan Domingo Perón en Argentina, Lázaro Cárdenas en México, y Getúlio Vargas en Brasil provocaron un terremoto conceptual al no encajar en los términos de izquierda y derecha, por lo cual se los caracterizó como “populistas”. Estos líderes no asumieron el criterio marxista de lucha de clases y plantearon una oposición pueblo-oligarquía, impulsando una fuerte intervención en la economía y la ampliación de derechos sociales y laborales.
Entre 1945 y 1980 se consolidó más claramente el sistema ideológico latinoamericano. La Guerra Fría y, sobre todo, la Revolución Cubana (1959) reconfiguraron las identidades políticas: la izquierda quedó asociada a proyectos revolucionarios y partidos marxistas, mientras que la derecha fue vinculada a la propiedad privada y el capitalismo. El marxismo definió los ejes centrales de las ciencias sociales y se extendió a la izquierda social. Las derechas apoyaron a los regímenes militares anticomunistas, como ocurrió en el Cono Sur. De modo que, al volver a la democracia institucional, las derechas políticas no se identificaban todavía como tales, ante el desprestigio de su pasado. A partir de los años ochenta y noventa se produce un nuevo giro histórico. El colapso del modelo desarrollista y la crisis de la Deuda impulsaron el ascenso del neoliberalismo, que vino de la mano de una serie de Dictaduras en el continente, amparadas por EE.UU. e implementaron el Plan Cóndor para someter al patio trasero (América Latina). Esto posibilitó que, los empresarios privilegiaran sus derechos y los asumieran como tales, promoviendo privatizaciones, apertura económica, reducción del Estado y precarización laboral. Las consecuencias sociales del neoliberalismo fueron y son aún desastrosas. Por eso, desde comienzos del siglo XXI, se produjo la llamada “marea rosa” de gobiernos progresistas latinoamericanos, que cuestionaron la vía neoliberal y emprendieron economías sociales para el bienestar o buen vivir y se identificaron como las nuevas izquierdas. La presidencia de Hugo Chávez en Venezuela trajo una ola de esperanza y la ilusión de iniciar una Latinoamérica progresista y unida que hiciera realidad los ideales de los libertadores Simón Bolívar, Artigas, San Martín. Se dijo NO al ALCA en 2005 y se inició el proyecto del ALBA y el UNASUR, que no logró concretarse en un banco sudamericano. En 2006 surgen los BRICS, impulsados por China, y una nueva esperanza se enciende, pero no logran reemplazar a la UNASUR. No ofrecen un modelo único, sino alternativas de financiamiento frente a la dependencia del FMI y del Banco Mundial.
En esos contextos emergen las nuevas derechas latinoamericanas que defienden la economía de mercado y la libre empresa, pero mientras la derecha tradicional y convencional admite los principios de la democracia liberal, las extremas derechas cuestionan, sin sujetarse a la institucionalidad, por lo que exacerban la polarización social y agudizan el autoritarismo. En una suerte de retorno al pasado más siniestro de la región que se inicia con la caída de Salvador Allende en Chile. Las bases sociales de estas nuevas derechas son heterogéneas. Sin duda incluyen al gran empresariado, pero también incluyen a sectores medios y segmentos populares movilizados a través de las redes sociales, medios de comunicación tradicionales y hasta discursos religiosos neopentecostales, como sucede en Centroamérica y en Brasil. La ideología del “emprendimiento” alcanzó a sectores populares, informales y subocupados, que creen dar, con micronegocios, los pasos iniciales para alcanzar el soñado ascenso social. En forma paralela, el éxito del modelo brutal de seguridad, como, por ejemplo, el implementado por el gobierno de Bukele, ha convertido la gestión pública del orden público en una referencia regional en contextos de fuerte inseguridad, se alimenta así la imagen de que la “mano dura” salvará a todos, sin importar la situación en la que quedan los derechos humanos y las democracias.
En todo caso, las nuevas derechas latinoamericanas se ofrecen como alternativas modernas, cuestionan a los líderes y partidos anteriores (la “casta” para Milei), asumen posturas críticas del manejo económico del pasado, libran una “lucha cultural” abierta contra las izquierdas (los “zurdos”), atacan al feminismo y a los movimientos identitarios (la izquierda “woke”) e incluso a los migrantes de países vecinos como Chile y Perú. En paralelo, reivindican al Occidente “judeocristiano”, la familia tradicional y la historia de las clases dominantes, hasta el punto de reconocer regímenes como el de Pinochet en Chile o el de Videla en Argentina. Desde el poder persiguen a los opositores, niegan la pluralidad política, criminalizan la protesta social y, en la actualidad, se subordinan a la Doctrina “Donroe”, corolario de la Doctrina Monroe, adoptada por Trump.
Las nuevas derechas desafían el futuro de América Latina al amenazar las democracias y polarizar la sociedad con el privilegio del poder en manos de élites que no están dispuestas a permitir el desarrollo de sistemas fundamentados en la equidad, la sujeción a los derechos sociales y laborales, la redistribución de la riqueza y la soberanía nacional. Libran una abierta lucha de clases contra sectores medios, trabajadores y organizaciones sociales y populares.
Las nuevas derechas no constituyen un bloque homogéneo, sino que presentan modelos de organización económica y política diferenciados. El caso de Javier Milei en Argentina, expresa el libertarismo radical de inspiración anarcocapitalista, que postula la reducción total del Estado y el fomento único de la empresa privada. Nayib Bukele, en El Salvador, representa un modelo de capitalismo centralizado y autoritario, donde la seguridad pública legitima una concentración significativa del poder. En esa derecha radical también estarían Jair Bolsonaro en Brasil, y Noboa en Ecuador.
Académicos ecuatorianos han demostrado que es posible hablar de un cuarto modelo de nueva derecha latinoamericana como reacción al correísmo. Desde 2017 se identificó la segunda época plutocrática del país, que ha derivado en un capitalismo oligárquico con hegemonía dinástica bajo el gobierno de Daniel Noboa, en el cual una élite económica y política consolida su poder, subordina instituciones estatales y articula la gobernabilidad con una relación íntima entre el poder civil y militar, bajo el comando de estrategias de seguridad de los Estados Unidos a través de convenios militares de cooperación suscriptos con la potencia del norte. José Antonio Kats en Chile, Keiko Fujimori en Perú y Abelardo de la Espreilla en Colombia. En República Dominicana, Luis Abinader encarna la derecha convencional (en la que igualmente entrarían Santiago Peña de Paraguay y Rodrigo Paz de Bolivia) que sostiene un capitalismo tecnócrata e institucional, orientado a la estabilidad macroeconómica y la gestión eficiente. Estabilidad y eficiencia que nunca llegan.
