¿Qué puede una obra en 2026?
El premio que vuelve como una pregunta
En la Casona de los Olivera, ese edificio que parece absorber el tiempo y devolverlo en forma de ecos, el 23 de julio a las 17:30 h se abrirá una puerta que es más que una inauguración: es el regreso del Premio Prilidiano Pueyrredón, el ritual mayor de UNA Visuales. Un concurso que funciona como termómetro, como mapa y como campo de batalla simbólico para estudiantes y graduadxs que buscan, en la escena del arte contemporáneo, un lugar donde su obra pueda respirar.
La edición 2026 llega con una particularidad: la cantidad de postulaciones fue tan grande que la lista de seleccionadxs parece un manifiesto coral. Más de setenta nombres que, puestos uno al lado del otro, dibujan una comunidad heterogénea, insistente, vibrante. Una comunidad que no se define por una estética, sino por una urgencia: mostrar.
La Casona como dispositivo
El traslado del premio a la Casona de los Olivera no es un dato logístico: es una declaración. Ese espacio, incrustado en el Parque Avellaneda, tiene la capacidad de convertir cualquier muestra en una conversación entre arquitectura y obra. Sus paredes, que ya vieron pasar generaciones de artistas, ahora se preparan para recibir piezas que cruzan disciplinas, lenguajes y materiales. Pintura, instalación, fotografía, video, objetos, híbridos que no encajan en categorías tradicionales.
El premio, dicen desde UNA Visuales, facilita el contacto con el público, la crítica, los medios y los espacios del arte. Pero también habilita otra cosa: la posibilidad de que quienes participan se vean entre sí, se reconozcan, se discutan. Que la escena emergente se mire al espejo y descubra qué está produciendo hoy, en este país, en este clima, en este momento.
La lista como territorio
Leer los nombres seleccionados es como recorrer un mapa afectivo del arte joven argentino. Stephanie Reiter, Paloma Rodríguez Silva, Elisa Michel, Catriel Unzain, Paula Diduch, Lucía Giovannetti… y así hasta Gabriela Rusinek, que aparece dos veces, como si el listado insistiera en que hay artistas que se duplican, que se desbordan, que no entran en una sola línea.
Cada nombre es una promesa y una incógnita. ¿Qué obra presentará Tadeo Eljuri? ¿Qué materialidades explorará Rocío Levantesi? ¿Qué gesto político habrá en la pieza de Azul Abregú? ¿Qué silencios trabajará Miriam Clara? El premio funciona como un catálogo anticipado de preguntas.
El 13 de agosto como momento de tensión
El anuncio de ganadorxs será el 13 de agosto a las 18 h. Ese día, en la Casona, se condensará algo más que la expectativa de un premio: la tensión entre lo que se elige y lo que queda afuera, entre lo que se legitima y lo que se desplaza. Los concursos, incluso los más queridos, siempre son también máquinas de producir relatos sobre el valor.
Pero el Prilidiano tiene una particularidad: no clausura nada. Quienes no ganan siguen formando parte de la escena que el premio ayuda a visibilizar. La muestra, abierta hasta el 20 de septiembre, será un largo período de circulación, observación y debate.
El detrás de escena también importa
Del 8 al 20 de junio estuvieron abiertas las convocatorias para montajistas y recepcionistas de obra. Un detalle que suele pasar desapercibido, pero que revela algo fundamental: el premio no es solo la obra, sino el trabajo que la sostiene. Montar, recibir, cuidar, registrar. El arte como sistema, no solo como objeto.
Una edición que se siente como síntoma
En un país donde las instituciones culturales atraviesan transformaciones, recortes, resistencias y reinvenciones, que UNA Visuales sostenga este premio es un gesto político. No en el sentido partidario, sino en el sentido más profundo: afirmar que la producción artística importa, que las imágenes importan, que las preguntas que hacen lxs artistas importan.
El Prilidiano Pueyrredón 2026 no es solo una muestra. Es una escena en movimiento. Un territorio donde se ensaya el futuro del arte argentino, con todas sus contradicciones, sus búsquedas y sus potencias.
