Por qué decimos: no expropien Zivals

por Cristina Peña

La tarde del sábado 31 de octubre, a las cinco en punto, la esquina de Corrientes y Callao pareció volver a ser lo que siempre fue: un punto de encuentro. No una parcela en un plano de obra pública, no un inmueble identificado con un número catastral, sino un refugio sentimental de la cultura porteña. Frente a la histórica librería y disquería Zivals, cientos de personas respondieron a una convocatoria tan simple como poderosa: abrazar el edificio para pedir que no sea expropiado por el proyecto de la futura Línea F de subte.

Músicos, lectores, coleccionistas de vinilos, escritores, vecinos y clientes de varias generaciones fueron llegando desde temprano. Algunos cargaban discos bajo el brazo; otros, libros comprados hacía años en esa misma esquina. Muchos llevaban simplemente recuerdos. La consigna era clara: «¡Zivals no se expropia, Zivals no se va!».

Cuando la ronda humana terminó de cerrarse alrededor del local, lo que se escuchó no fue un discurso político, sino algo mucho más raro en estos tiempos: una defensa de la memoria.

Una esquina que es mucho más que un comercio

Desde 1971, Zivals acompaña la vida cultural de Buenos Aires. Fue una de las primeras tiendas del país en reunir libros y música bajo un mismo techo y, con el tiempo, se fue convirtiendo en una parada obligada en la avenida Corrientes. Allí convivieron el ritual de revolver bateas, el consejo del librero que recomendaba una novela inesperada y la conversación infinita sobre rock, jazz, tango o literatura.

Durante cincuenta y cinco años atravesó la llegada del casete, del CD, de internet, del streaming y de los libros digitales sin renunciar a su identidad. Por eso, la discusión que se abrió con el proyecto de expropiación excede largamente la cuestión comercial. Quienes participaron del abrazo insistieron en que no se trata sólo de proteger un negocio sino un espacio cultural que forma parte de la identidad porteña.

La voz de Fernando Laviz

En el centro de la escena estuvo Fernando Laviz, alma visible de Zivals y heredero de una historia familiar ligada a los libros y la música.

«Lo que está en juego no es sólo la continuidad de un comercio. Son 55 años de historia, decenas de puestos de trabajo, un proyecto cultural vigente y un lugar de encuentro que pertenece a la memoria afectiva de la ciudad», afirmó Laviz en el marco de la convocatoria.

También insistió en que la defensa del local no implica rechazar la construcción de la Línea F. Según ha sostenido públicamente, existen alternativas técnicas para preservar el edificio sin alterar el proyecto general del subte. La discusión, dice, no es entre progreso y cultura, sino sobre la posibilidad de compatibilizar ambos valores.

Los testimonios de la vereda

Las crónicas publicadas sobre la convocatoria describen una concentración atravesada por la emoción.

Una mujer que dijo haber comprado allí su primer disco de Luis Alberto Spinetta recordaba que después volvió con sus hijos y ahora lo hace con sus nietos. Un hombre sostenía la primera versión en vinilo del álbum Bicicleta, adquirido en los años ochenta. Un músico independiente contaba que, antes de las plataformas digitales, ver un disco exhibido en Zivals equivalía a sentir que había ingresado al escaparate de la fama vernácula.

No son citas textuales, sino escenas y sentimientos reiterados en las distintas coberturas del abrazo: la idea de que Zivals fue durante décadas una extensión del living de miles de porteños.

El mural de Charly que mira la ciudad

Sobre las cabezas de los manifestantes, como un guardián improbable de la memoria rockera, sobresale el gigantesco mural dedicado a Charly García que corona el edificio.

La obra, realizada por el artista Martín Ron e inaugurada durante los festejos por los 55 años de Zivals, ocupa unos 195 metros cuadrados y recrea una imagen emblemática de Charly vinculada al imaginario de Clics Modernos. El mural incorpora referencias visuales y la célebre frase «No bombardeen Buenos Aires», transformando la esquina en una nueva postal cultural de la ciudad.

Desde la vereda, la figura parece observar el flujo constante de colectivos, taxis y peatones. Durante el abrazo, muchos levantaron la vista hacia el mural como si también él estuviera participando de la manifestación.

Una pregunta para la ciudad

La controversia sobre Zivals plantea una pregunta incómoda y profunda: ¿qué pierde una ciudad cuando pierde uno de sus lugares emblemáticos?

Las estaciones de subte pueden construirse. Los edificios pueden reemplazarse. Lo que resulta mucho más difícil de reconstruir es la trama invisible de afectos, hábitos y recuerdos que se acumula durante medio siglo en una esquina.

Por eso, quienes se reunieron aquella tarde no abrazaron solamente un local. Abrazaron una forma de entender Buenos Aires. La ciudad de las librerías abiertas hasta tarde, de las conversaciones sobre discos importados, de las recomendaciones transmitidas de generación en generación. La ciudad que todavía cree que la cultura no es un obstáculo para el desarrollo, sino una de las razones por las cuales vale la pena desarrollarse.

Y por eso, cuando el aplauso final resonó sobre Corrientes y Callao, el mensaje fue sencillo:

No porque Zivals sea un edificio.
No porque Zivals sea una marca.
Sino porque Zivals es memoria.

 

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