Museo de la Subversión
El documental de Francisco D’Eufemia que recupera las vitrinas con las que la última Dictadura cívico-militar-eclesiástica quiso justificar el terror se estrenará el 5 de noviembre en la Sala Leopoldo Lugones del Complejo Teatral San Martín.
por Cristina Peña
A partir de cintas filmadas en 1985 en el interior de un museo antisubversivo de los cuarteles de Palermo, D’Eufemia reconstruye el dispositivo de propaganda militar que sobrevivió y se mantuvo activo al regreso de la democracia.
En 1985, mientras el Juicio a las Juntas comenzaba a exponer públicamente el sistema represivo de la última Dictadura argentina, un grupo de periodistas extranjeros ingresó a un espacio improbable: el llamado Museo Antisubversivo de los cuarteles de Palermo. Allí, entre vitrinas, objetos secuestrados y maniquíes, los militares exhibían su propia versión de la represión ilegal.
Esas imágenes, registradas ya en democracia, son el punto de partida de Museo de la Subversión. El documental de 70 minutos se estrenará el 5 de noviembre en la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín.
El material de archivo permite observar, sin intermediarios, la construcción discursiva con la que las Fuerzas Armadas presentaban como una “guerra” lo que la Justicia argentina reconocería como un plan sistemático de secuestros, torturas, desapariciones y apropiación de niños. A esa visita guiada, el film suma documentos y testimonios de Pablo Llonto, Mariana Sirimarco, Rafael Calviño, Alejo Ponce de León, Yanina Toledo y Julia Risler, y la narración de Belén Blanco.
Vitrinas para fabricar un enemigo
Los llamados museos de la “lucha contra la subversión” fueron montados durante la Dictadura en dependencias militares y policiales. Investigaciones históricas y antropológicas han documentado la existencia de espacios de este tipo en Buenos Aires, Campo de Mayo, Córdoba y Tucumán, aunque no todos tuvieron la misma denominación ni dependieron de la misma fuerza. En sus vitrinas se acumulaban armas, publicaciones políticas, libros, discos, equipos de radio, banderas y objetos personales incautados durante operativos represivos.
La investigadora del Conicet y antropóloga Mariana Sirimarco —una de las entrevistadas del documental— estudió estos dispositivos como escenarios destinados a narrar la derrota de un enemigo construido por el propio régimen. En el caso tucumano, su investigación advierte, además, una zona gris: el Museo Histórico Policial fue incorporado posteriormente al inventario de estos espacios, pese a no haber llevado formalmente el nombre de “Museo de la Subversión”. Esa precisión ayuda a comprender que no se trató de una institución única, sino de una constelación de exhibiciones con rasgos y dependencias distintas.
Lejos de preservar el patrimonio, esos montajes funcionaban como operaciones de propaganda. El objetivo era presentar la represión estatal como una gesta defensiva y dotarla de pruebas materiales: el “botín” expuesto debía demostrar la existencia y la peligrosidad del adversario. Los maniquíes, vestidos para representar de forma estereotipada a militantes y guerrilleros, completaban una puesta en escena que convertía la violencia clandestina en el relato triunfalista.
Una persistencia incómoda en democracia
El hallazgo central de la película no reside sólo en mostrar que esos museos existieron, sino en revelar que uno de ellos continuó recibiendo visitantes en 1985. La coexistencia entre el Juicio a las Juntas y una visita organizada por los propios militares expone la tensión de los primeros años democráticos: mientras avanzaba la rendición de cuentas por los crímenes de Estado, las Fuerzas Armadas conservaban capacidad institucional y sostenían públicamente su interpretación del pasado reciente.
D’Eufemia define esos museos como parte de las “operaciones psicológicas” del régimen y señala que su función era doble: convencer a la sociedad de que se libraba una guerra contra la infiltración marxista y, al mismo tiempo, producir cohesión dentro de las tropas. El director propone que el espectador ingrese en aquel clima a través del archivo, sin borrar el carácter perturbador de los espacios ni la distancia crítica necesaria para leerlos.
La película tuvo su estreno mundial en la Competencia Argentina del 8.º Festival Internacional de Cine de Entre Ríos (FICER), donde fue presentada como una obra que recupera el poder residual de los militares durante la democracia. En 2026 también integró la programación del Festival Internacional de Cine de la Provincia de Buenos Aires (FICPBA), en la sección dedicada a los 50 años del golpe de Estado.
Egresado de la ENERC en la especialidad de Montaje, Francisco D’Eufemia dirigió anteriormente el documental de found footage Canción perdida en la nieve (2015), el western gauchesco Fuga de la Patagonia (2016) y el thriller rural Al acecho (2020). En Museo de la Subversión comparte el guion con Fernando Krapp y Julia Straface, además del montaje con esta última.
La producción es de Ramón Irreal y la producción ejecutiva, de Nadia Martínez. La dirección de fotografía corresponde a Joaquín Neira y Pablo Bernst; la dirección de sonido, a Natalia Toussaint; y la música original, a Jackson Souvenirs.
Más que reconstruir una curiosidad marginal de la dictadura, el documental indaga cómo el terrorismo de Estado quiso fabricar una memoria de sí mismo. Las vitrinas, los objetos y los maniquíes aparecen entonces como piezas de una pedagogía autoritaria: una forma de legitimar la persecución y volver visible al enemigo mientras las víctimas reales permanecían desaparecidas.
