Relato Indómito

UNA

por Marta García
Se levanta a la misma hora, pero no el mismo día. Tampoco lo hace siempre en el mismo lugar. A veces amanece dentro de un ataúd de cemento y otras en nuestra casita de pan y café. En ocasiones está viva. En otras, muerta. Y así me va sorprendiendo cada día con sus múltiples formas de estar y de no estar, que nunca suceden simultáneamente.
Hoy, sin embargo, amaneció a la par, viva y muerta. La que en este momento hace tostadas está viva. Lo sé porque la estoy viendo dentro de la cocina. Y la que salió está muriendo en alguna parte. Lo sé porque recién vengo de allí.
Mientras le pongo manteca a la tostada que me alcanza, me pregunto cuál de las dos será. Dudo entre morder la tostada como si aquí no pasara nada o ir afuera a ver qué le pasa.
Decido ir a buscarla con la tostada que me ha dado y unir su última acción viva a su primer momento muerta.
Al llegar afuera, no la encuentro dentro de ningún lugar, como si el afuera hubiera perdido sus construcciones. Su ausencia y mi búsqueda empiezan a perder sangre. Vuelvo a casa a curarme las heridas.
Y la encuentro. Con una tostada en la mano, la misma que yo tenía. Y ya no sé de quién es la muerte y de quién la vida. Lo que sí sé es que desde ese momento hay mañanas en que se muere ella y en otras me muero yo, sin hacer tanto melodrama. Y cuando alguna de las dos amanece viva en la cocina, se va apurada con una tostada en la mano a buscar a la que se está muriendo afuera.
Y así salimos de nuestra casita de pan y café cada día. A ganarnos la vida y a perderla. Como si fuéramos dos.

Foto: Arthur Tress

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