Atada a un sentimiento

por Helena Pérez Bellas

El jueves llegué a casa y me encontré con un reguero de sangre que empezaba en la puerta y zizagueaba con interrupciones pero decidido hacia mi habitación. Vi que la perra dormía en un rincón y no mostraba ningún signo de dolor o abatimiento, me quedaba el gato. Los gatos cuando sufren se esconden, no quiero dotarlos del carácter superior tan de moda que se les adjudica, pero si tienen eso de replegarse ante la enfermedad. Cuando finalmente dí con el animal me encontré con que estaba con la mitad del cuerpo bañado en sangre. Largaba unos quejidos extraños al tacto y tenía los ojos idos. Lo que vino después fueron tres días de internaciones ambulatorias y vigilia, una vigilia desmedida, alterada, dolorosa. me levantaba cada tres horas en el mejor de los casos y cada una en el peor. Me daba terror convivir con el cadáver del gato toda una noche. El gato vivió. Un milagro de la vida. Yo en el medio me animé a preguntarme si todo eso que sentí durante tres días y cada una de sus horas habla bien de mí o dice cosas que no quiero saber. La soledad que tengo. Lo aferrada que estoy a todo. Los rasgos de desesperación que oculto en respuestas taxativas y directas. Si se muere el gato me muero yo, pensé en un momento. No lo dije y escribir no es decir, porque cuando escribo no prometo ni juro nada. Pero lo que sé, por lamentable experiencia, es que la gente se muere y vos seguís. Muchas veces pensé si en la lotería de la vida a mi me tocó enterrar a mis padres antes de los 35 años la vida debería permitirme irme a voluntad. Decir eso es exponerte a que te pregunten ¿vos te querés matar? No, yo quiero estar con mi familia.

Para mi cumpleaños mi amigo Francisco me recibió con una cena y un gran libro. Recién llegaba de mi primera experiencia en Salta, volvía cargada de energía, nuevas amigas, perspectivas políticas nuevas, encuadres diferentes y un cronograma tímido pero firme que proyectaba diez días de clases ininterrumpidas que fueron dadas hace poco menos de dos meses. Sabía sin embargo que me faltaban algunas cosas y una de esas cosas era el último libro de Bifo. Fenomenología del Fin (Caja Negra 2017) era uno de esos libros. Bifo es una referencia para los que buscamos una manera de entrarle al capitalismo y fogueamos esa experiencia en el 2001. Sabía que era un libro duro pero necesario, verdadero como el abandono de Guattari a la izquierda neurótica y perfecto para dar en clase junto a otra gran obra que advierte un fin inminente, 24/7 Capitalismo Tardío y el Fin del Sueño (Paidós 2015). Ninguna de estas lecturas es alegre, por el contrario son descarnadas y no contienen en sus páginas ningún rasgo de agitación o romanticismo. Son testamentos de juventud, no son advertencias, son verdades que se tornan inapelables cuando entendemos que hablan de que la vida, como la conocíamos, no existe más y que ante eso no hay defensa, no hay pelea y tampoco hay rebeldía. No se trata para Bifo de un proceso revolucionario que está por desembocar en el fin de algo. Bifo habla del fin de todos nosotros y el triunfo del capital. Algo fue aniquilado y ese algo no es (nada más) nuestra fuerza de trabajo. Es nuestra psiquis, nuestra sexualidad, nuestra manera de hacer amistad y relacionarnos, de encontrarnos, de darnos una mano y no metafóricamente, de darnos una mano y brindarnos a un tacto prolongado, curioso y pausado. Bifo parece decir que la gente hipersexualizada se calienta, mira pornografía, tiene sexo online y luego efectivamente algún encuentro sucede. Pero no dura, se rompe, se boicotea, no cristaliza, no se sostiene. La condición de amar se hace en la valentía pero se desarrolla en el tiempo. No hay tiempo para quererse en una vida de tres o cuatro trabajos fragmentados entre sí, de una cadena de deudas en tarjetas de crédito, en el medio de un stress emocional constante y en una paranoia que se reproduce en cada red social que nos lleva exactamente una y otra vez al mismo grupo de personas. Lo que hay son encuentros azarosos y enunciaciones de resistencia. Pero nadie se resiste a las redes sociales de la misma manera que nadie resiste realmente el avance del fascismo. No hay con qué. Aniquilada la sensibilidad y aniquilada la sensitividad, desmantelada la civilización moderna, muertos los grandes relatos, lo que queda son espacios donde el sujeto neoliberal impera. Ya no alcanza con ser fuerte, el hoy requiere de un ser despiadado.

Relacionarse es nunca saber lo que va a pasar. En una época en donde la cortesía no abunda y la automatización se hace presente eso es muy complicado. Internet parece decir todo de las personas y las conversaciones prolongadas en una red social parecen reproducir la vida y anular todo tipo de riesgo que aparece cuando uno efectivamente se conoce con el otro. El deseo es descifrar una ambigüedad y hoy todo parece plano, se dice tanto, se enuncia tanto, se cuenta tanto, que no parece haber misterio. Sin misterio, sin cortesía, sin ambigüedades, poco y nada queda para el romance. Todo parece una película pornográfica, sabemos lo que va a suceder. En el encuentro sexual entre seres humanos nunca se sabe qué va a pasar y ahí es cuando se descifra el deseo. No se puede hablar de deseo sin ambigüedad de la misma manera que no se puede ejercer el sexo sin cortesía. Una cosa posibilita a la otra y una cosa alimenta a la otra. Dónde queda, ni el romance, el misterio si alguien envía constantemente fotos en clave sexual y falsamente erótica. Si las habilidades para descubrir los misterios que lleva consigo cada persona en la intimidad se resienten, si se deja de intentar llegar al otro no como gesto heróico sino como actitud rebelde al nada dura, si lo único que parece imperar es la relajación por mandato para los tensos y la calma por imposición para los apasionados, que queda de la vida. Poco y nada. Cómo se ejerce la vida política y se ofrece una salida al estado neoliberal de la vida si las marchas o la calle o tomar la calle o copar la calle o lo que sea en la calle, parece un llamado a un club de solos y solas de una resistencia, ¿a quién?, que jura que está en pie y lucha, pero luego se separa, licua esa fuerza y vuelve a repetir lo mismo con consignas que están más vinculadas a la desesperación que a la perspectiva de nuevas ideas. Si el socialismo empieza por casa, la construcción de una vida nueva y luminosa también. Hay que estar presente en la vida cotidiana de los afectos para una vida política nueva y rica. Hay que dejarse afectar por los otros y en ese proceso cambiar. No hay que pretender la automatización del sentir, ni la calma constante, ni bajar a los tiros la intensidad ajena. Hay que llenar a la gente con gestos, con cortesía, con actos de generosidad. Querer y al que no pueda querer todavía quererlo por los dos. Luego la política se ordena alrededor de eso. Y no al revés como se viene pretendiendo.

Empecé a entender cuánto amor hay en mí cuando murió mamá. Ya pasó un tiempo estimado y la cosa no baja, por el contrario sube. Hermanos no tengo, ironías de la vida mis padres tampoco, cuándo papá murió a los 26 y mi mamá poco antes de los 35. Tuve que aprender a vivir otra vez en un marco que por un lado desacredita cínicamente a la familia pero margina a quienes no la tenemos. No estoy ajustando cuentas con nadie pero a mí nadie me pregunta que quiero hacer en navidad o año nuevo. No es una queja, soy huérfana pero no estúpida. Pero en esta época de superioridad vincular y de deconstrucción constante y de anuncios heroicos de que tal cosa se va a caer o la van a tirar o a esta altura vaya a saber qué carajo quieren hacer, las cosas para mí que, por fuerza y vida, cambiaron y se reformularon en una estética de una familia de una, todo me parece ridículo y nada, pero nada, realmente cambia. Todos los días leo un intento de ataque, por palabra y con suerte con algún rasgo de lo que parece era una idea, contra la familia que se asume heterosexual, normada e impuesta. Nadie la vive realmente, yo sí. No lo recomiendo ni ante la estupidez imperante. Es que creo que la gente que está de vuelta de todo y va a tirar algo sin dar nada a cambio, en realidad vive en un simulacro. La vida real les pasa por el costado, como yo que me vuelvo invisible en Navidad o en Año Nuevo, porque por más que la gente diga, jure, intente rebeldías afectivas, la realidad dice otra cosa. La vida dice, pide y reclama para sí otra cosa. Y debe ser por eso que fundida como estoy, con las cuentas de los hospitales de cada cáncer que sigo pagando, con la deuda del ABL que tengo que pagar antes de convertirme en la enemiga pública número uno de la ciudad de Buenos Aires, con todo eso y más cosas, puse una cifra demencial para salvar al gato. Lo único que me falta. Y ese es un nivel de amor que logro mal que mal encarrilar como corresponde. Que hace de alguna manera un bien o eso creo. Después las personas, las personas son complicadas. Estoy aprendiendo a vivir con las herramientas que tengo, sin armas y con los límites que el mismo análisis reconoce. Cuándo termina el duelo, Fabiana, pregunté veinte veces en el mismo diván. No se sabe. Termina cuándo termina. Me preocupa más eso que la fecha del próximo paro nacional. Me preocupa más no perder la perspectiva del dolor ajeno o de la angustia ajena, que se me hace siempre poca cosa, pensamiento que me invade, me da rabia, con el cual peleo de manera constante y en general siempre pierdo.

Alguien me dijo ayer, con toda esa experiencia, con todos esos miedos espantás a cualquiera. Me entró la bala, me queda preguntarme si me la merecía. Pero… no sé si a cualquiera, no sé si a todos, no sé si a algunas. A mí me espanta esta experiencia, a mí antes que a nadie, me espanta la idea de vivir sin protección alguna en un marco en donde el fascismo, me guste o no, avanza. A mí me espanta estar tan expuesta en una histerización constante en donde todos los días hay que ejercitar una indignación nueva. A mí me espanta que no se puede parar un segundo, un minuto, un día, una semana, que no se inicie un diálogo donde haya un atisbo de sinceridad y donde los que son buenos y puros se pregunten si no son también parte de este problema. A mí me espanta asustar, no necesito que me lo digan. En los desbordes, en el amor acumulado que tengo, en eso que quiero seguir dando y voy buscando a quién y a veces me equivoco o incluso a veces me usan. Pensé, en el último funeral, esto es lo que definitivamente va a derrotarme. De hecho fue un deseo. Que esto me aniquile el sentir para siempre, para que nunca más nada me toque. Pero no pasó. No pasa. Y eso es una mezcla de miedo y esperanza con la cual convivo. Aparentemente y contra todo pronóstico sigo viva.

Internet mediante, testamento de juventud que parece el fin real del siglo XX, posverdad, capitalismo como una jaula que lleva a otra jaula, los diarios, las virtudes públicas y los vicios privados, la forma nueva de la crisis que es vivir en crisis, no mostrar signos de debilidad ni de miedo, no entregarse, especular con cada segundo de la vida del otro, mentir, incluso difamar. Parecen gritos desesperados de gente que quiere, de corazón incluso, ser querida pero ya no sabe cómo hacerlo.

Qué queda en todo esto. Las ruinas. Una como puede construye sobre eso sus cosas, sus esperanzas, sus sueños, los anhelos, las formas de la alegría, la práctica constante y cotidiana para amar.

Si un día salvo un gato, otro día salvo a una persona.

2 comentarios en “Atada a un sentimiento”

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