Crónicas VAStardas

Norma

por Gustavo Zanellla

El chófer hace señas. Pueden subir dos. Subimos diez. Voy fundido contra el vidrio de la puerta. Casi lo dejó ir pero en la parada había una veintena de personas y un ambiente de que la espera era para largo. Mala mía, en lo que tardamos en acomodar a la monada cae otro 96 semirrápido vacío donde se puede correr, jugar al paddle y dormir cómodo. Encima, tiene aire, la concha de dios.

El chófer, un pibito moreno y mal hablado, tiene un parlantito Bluetooth. Escucha una radio que pivotea entre reguetón y viejas locas. Los dos tipos que tengo delante y que me aprisionan contra la puerta y me roban el aire para respirar tienen otros gustos. Uno escucha sólo reguetón, como el chófer pero de otro tipo, más antiguo y rabioso; el otro flaco escucha chamamé. Tienen los auriculares puestos. Yo también pero el volumen que usan es contraindicado incluso para sordos. Yo estoy escuchando música fuerte, en el ambiente está la radio del fercho y el run run de los pasajeros puteandose unos a otros por un espacio diminuto. Aun así escucho lo que estos pibes tienen en las orejas. Desde donde estoy veo a la infaltable pareja adolescente pasados de hormonas. Están en el último asiento de dos, previo a la puerta trasera. Antes se le decía apretar, transar, rascar, afilar. Ahora los pibes se achuran, así le dicen, posta,”me achuré a tal” “anoche achuramos”, “no sabés cómo achura Tito”. Entiendo que el transar de mis años mozos se reducía a una serie de piruetas linguales, intercambio de saliva, de chicles y, si uno era habilidoso o había mucha confianza, capaz que hasta se podía rozar una teta o una nalga. Si era navidad y uno tenía un dios aparte capaz que lo paqueteaban. Pero no era la norma. Ahora bien, achurar, lo que se dice achurar, parecería tener un significado menos inocente, más vinculado al acto sexual liso y llano pero sin la intervención necesaria de una cama; algo así como transar pero con pechos y porongas al aire. Bueno, estos pibes bordean eso. No lo impugno para nada y lo celebro, sólo que ya no comparto ese gusto por el exhibicionismo tal vez porque estoy gordito y tengo olor a pata.

Bueno, mientras la pareja se achura y a mí me funden contra el vidrio que da al asfalto de la ruta 21 la voz de una vieja empieza a bardear. Así, de la nada. Parece que los destinatarios son los chiques que se quieren un montón porque se ponen colorados y aflojan al manoseo. Pero la vieja sigue. Y derrapa. No consigo verla. Por el movimiento de baleros entiendo que debe estar en algún lugar de la tierra de nadie, obviamente del lado de los chiquitos porque sino qué sentido tendría impugnar el meta y ponga. Dice que no hay moral, que todo se fue a la mierda desde que legalizaron el divorcio, desde que no hay catequesis en las escuelas, desde que las minas se ponen en tetas en la iglesia y garchan así nomás para poder abortar.

El colectivo entero entra en ese silencio incómodo en el que se evalúa si el que toma la palabra para hacerse oír va a ser gracioso, un denso o simplemente un pelotudo. El silencio dura 3 segundos. La voz de un viejo, al que tampoco llego a ver, la interrumpe:
-No hagás papelones, Norma.
-Vos callate, borracho mal educado.
-Norma, la gente te mira.
-La palabra de Jesús no avergüenza.
-Norma, te voy a dar un saque.
-Violencia de género- grita la vieja.
Está del orto pero al menos se registra actividad sináptica. No pone todos los huevos en una misma canasta. Todavía puede servir para contar tornillos en una ferretería.

Cuando la situación escala al forcejeo entre Norma y el viejo el bondi para en Laferrere. La marea humana es vomitada en la puerta de la estación de tren. Parece que los viejos son arrastrados de prepo hacia abajo. Al cerrar la puerta de atrás comienzan a sentirse los golpes contra la chapa. Los viejos quieren volver a subir. Los bajaron donde no querían. Gritan que van hasta Constitución. Como el bondi aun sigue explotado el fercho no abre las puertas ni de atrás ni de adelante. No sube nadie nuevo. Comienzo a respirar con soltura. El bondi arranca con los viejos abajo. El chófer se dice a sí mismo en voz alta:

-Me estaban quemando la cabeza. Debe ser el calor que los pone así.

Puede que tenga razón.

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