Crónicas VAStardas

por Gustavo Zanella

Banda sonora

Se ha dicho hasta el cansancio que donde terminan las palabras comienza la música. Eso es más cierto en los conurbanos, donde el piberío se divierte como vive:  al límite.
Por eso, en las raras épocas de vacas más o menos gorditas, el que puede se compra un equipo de música a todo culo y se lo hace saber al barrio sacando los parlantes a la puerta. ¿No te gusta? Lo charlamos en la calle.
En el mío se escuchan, fáciles, tres o cuatro géneros por cuadra. Folclores varios, cumbias. Tuve un vecino que escuchaba tangos pero se murió. A dos cuadras hay uno que solo escucha punk de los 90, pero se está haciendo viejo y sólo lo pone al mango cuando se junta con los amigos en la esquina a tomar unos vinos. La posta del sonido la tomaron los pibes que ahora ponen reguetón o algo que se llama salsa choke, que se baila hasta en el jardín de infantes de acá a la vuelta.
Si es fin de semana, la cosa arranca temprano. Más en verano, cuando se desayuna cerveza y vino. Tengo suerte porque los amantes de la música evangelista viven unas cuadras más allá, pero recuerdo cuando estudiaba griego antiguo y los vecinos ponían Grupo Sombras, La Renga y Leo Dan a toda castaña. Era como una revelación pero al revés, en lugar de saber más, sabía menos.
A veces se carajean de casa en casa pidiéndoles que bajen el volumen, pero luego ponen ellos mismos lo suyo a un volumen mayor. A veces la cosa pasa a mayores y alguno no implicado aprovecha y, mientras los otros se cagan a trompadas, copa la parada con unas polcas paraguayas que son el heavy metal del Bermejo para arriba. Como dice el tango: «nunca faltan encontrones cuando el pobre se divierte». Se dice que alguna vez hubo facas y fierros. No me consta y sin embargo tampoco me extraña.
Durante la semana no ocurría porque la gente laburaba, pero cuando la malaria volvió, volvió la música porque no da estar sin laburo, en casa, mirando el techo y mascando bronca. Eso sí, la siesta se respeta.
Hubo un tiempo en que se escuchaba la radio, pero pasó hace mucho. Sólo se pone para escuchar el partido. Suele ocurrir que vecinos de cuadros enfrentados, los días de clásicos, ponen cada uno su programa partidario y entonces uno pasa por la calle y es un quilombo de griteríos, goles y puteadas.
En una época quise competirles y poner también la música al palo: cantos gregorianos y música afrocelta. La señora del almacén le preguntó a mi vieja si nos habíamos vuelto umbandistas y a los pocos días un vecino me invitó a una ceremonia en un culto de esos donde se invocan espíritus. No, gracias don, recién tiré.
En realidad, el problema no es el volumen. A todos nos gusta que la música nos invada el cuerpo y la verdad, si no te gusta, no tenés sangre. El problema es la definición. A fuerza de ponerlos al mango los parlantes se desconan y sólo queda un vaho de sonido indistinguible. El otro problema es la mezcla. Saltar de un género a otro sin ton ni son. También pasa que hay casas en donde siempre se escucha lo mismo. No un mismo disco sino temas sueltos, uno tras otro en una rotación perpetua, como en loop, como si sólo existieran los grandes éxitos de cuatro o cinco bandas y jamás se hubiese grabado otra cosa.
Cuando los celulares bajaron de precio a principios de los 2000 hacían guerra de bandas en el bondi y en las esquinas. Pasabas y la monada discutía cual teléfono sonaba más fuerte. Cuando pasó la novedad volvieron a los parlantes de toda la vida.
Frente a mi casa hay una quinta. La usan en verano para fiestas. Los chabones pasan música a un volumen tan pero tan alto que hasta incluso el barrio entero se escandalizó. Se hizo la denuncia un par de veces pero pasó lo de siempre. Viene el patrullero, se lleva el billete y el volumen sigue igual. Los del móvil agradecidísimos mientras ellos mismos, cuando paran en la esquina, ponen la música al palo para no dormirse.
Los primeros días de la cuarentena cundió el silencio pero duró un suspiro. Cuando se adivinó que la cosa era para largo la vida siguió más o menos igual. Los pibes sin colegio, ni conectividad ni notebook ni nada de nada empezaron a matar el tiempo como haría cualquiera: juntándose con amigos hasta tarde y amenizando con reguetón. Barbijos, mejor no preguntar. Demasiado caros para gente que morfa salteado.

Hace unos días salí a hacer las compras disfrazado de astronauta. Venía caminando por la banquina de la ruta con bolsas en la mano. De pronto el silencio se rompió con un sonido que venía de lejos. Se acercaba. Se notaba que era un auto. Era un punchi punchi electrónico que fritaba las neuronas. Era un Audi o uno de esos autos que valen más que la vida de alguien. Arriba iban unos adolescentes creciditos que no pasaban los veinte. Se notaba que no eran de la zona. Eran como seis o siete, todos apilados y a los gritos. Cuando llegaron a donde estaba, una piba rubia con cara de enajenada sacó medio cuerpo por la ventanilla y me gritó «quedate en caaaasssaaaa, gatoooo», mientras agitaba una lata de cerveza. Todos rieron y el auto aceleró.
-Estos chetos -pensé- ojalá no frenen en la esquina equivocada.

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