Crónicas VAStardas

por Gustavo Zanella

Días y flores

Borges decía que en el Corán no aparecían camellos porque no hacía falta, era obvio que los había. . Por eso decir que mi vecina pegó un covid de padre y señor nuestro se cae de maduro. Todo el barrio, el mundo entero. Los que no, salen a trotar, a tomar cerveza artesanal o a correr la coneja porque el bicho mata a cualquiera, pero hay una cosa que no mata: el hambre.

Es por eso que el barrio se puso peligroso. Salís a comprar, te afanan. Salís a laburar, te afanan. Es gracioso porque la monada no hace distinción. Le da igual una bici, una bolsa con pan, o un celular de cuando Duhalde todavía vendía de la buena. A veces afanan a la gente que hace fila para retirar la vianda que reparte el ejército en un colegio de por acá cerca. Se dice que quisieron afanar a un soldado, pero imagino que es mentira porque los tipos andan con unas ametralladoras que te cagás de solo mirarlas. Desde el vamos vienen como quien invade Kamchatka. Pertrechados, cara de malos. Se los nota de chumbo fácil. A nadie le jode, tienen mejor pinta que la policía, que también liga su vianda y se la come en el patrullero.

El otro día fui hasta Laferrere. El bondi estallaba. Se ponen finos en las cabeceras pero en el medio, vale todo. Viajé colgado. El chofer, un capo. Se dio cuenta que hacía hora y media que esperábamos subir y se copó. Iba despacito y todo, para que nadie se mate en el camino. La gente le agradecía y un vendedor ambulante que ya terminaba le regaló tres turrones para los pibes y la patrona. Cuando consigo subir y acomodarme en el fondo, el chofer grita:

-Guarda que subieron amigos de lo ajeno.
-Eh, amigo, te re poné la gorra- le grita uno al que no consigo ver.
-Vos portate bien que te conozco- contesta el chofer.

La gente agarra sus mochilas. Una señora embarbijadísima que va sentada se abraza a su bolsa. Es de todos colores, de esas del año del ñaupa con las que la abuela nos mandaba a comprar el pan. En Palermo sensible las venden como si fueran de diseño a precio de dólar contado con liqui. Entre el gentío aparece una figura despeinada con el tapabocas mal puesto. Tiene una facha medio rara, como de estudiado desaliño. Me la juego que es el chorizo. Es. Lo saco por la voz cuando saluda a uno que le pregunta que qué hace ahí, que lo hacía viviendo en zona sur.

-No se puede estar, chabón, mucha competencia. El otro día a un pibito que conozco por robarse un celular lo corrieron entre veinte y lo molieron a palo´. Quedó en coma y encima en el hospital pegó el bicho.

La señora embarbijada abre los ojos y está a un paso de santiguarse, pero se contiene. Gira la cabeza y hace como que no presta atención, pero no se pierde una palabra. El tipo lo advierte y se sonríe. Le cuenta al otro que en el último mes estuvo en varias fiestas clandestinas, con Dj, barras de tragos, espuma y gente en malla. En Lugano, en Gerli, en Moreno, en Aldo Bonzi. Le cuenta que había gente del palo, pero también bocha de chetos desesperados por salir y comprar fafafa. También le cuenta que había pibitas de escuelas privadas que en su vida habían pisado el conurbano, pero como estaban desesperadas por barriletear iban a cualquier lado. Les cobraban tres lucas la entrada y las pibas, pum, lo pagaban.
-A mí me llevan para mover algo de faso. De las pastis se encarga otro- Dice -Hasta la pilcha me dan- agrega y le muestra unas zapatillas de astronauta con las que calificás para pagar el impuesto a las grandes fortunas.

La señora se levanta del asiento. Sólo se le ven los ojitos radiografiando al tipo. Les primereo el lugar. La cuerina está inundada del sudor que dejó la mujer. Más que sentarme me sumerjo. Me pongo un alcohol en gel espantoso que me regaló mi vieja que huele a flores y parece gelatina de durazno. El chorizo se ríe a los gritos. El otro le dice que hable bajo.
-Boludo- contesta -Todo el mundo anda en algo. Vos, yo. La vieja esa. ¿Qué se piensan? ¿Que me voy a cagar de hambre yo también? En las fiestas esas está lleno de canas, de hijos de políticos, de esos que aparecen en la tele y cobran nomás por ir. Ya fue, boludo. Una semana me quedé encerrado. Me quemó la cabeza. Viajé en bondi, en tren, salí a bailar, a comer afuera, a jugar a la pelota. Nadie me paró. Cuando alguno se pone en puto para no bardear me pongo el barbijo. Me lo saco al toque. De algo hay que morir. – Antes de llegar a Kathan city lo saluda con un beso y va para la puerta de atrás. Al bajar, ayuda a una flaca que viajaba con tres nenitos de no más de cuatro años. Le hace upa al más grande que le zampa una piña entre risas.

-Eh, amigo, te re poné la gorra- le dice el chorizo.
No pasan 10 segundos que el tipo que quedó arriba me pregunta:
– ¿Loco, me das un poquito de alcohol? – Le doy. Me agradece. Se lo embadurna en toda la cabeza incluso sobre el barbijo. En especial, donde lo besó el otro. Como se da cuenta que lo miro dice
-´Ta dura la calle.
Tiene razón.

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