Crónicas VAStardas

por Gustavo Zanella.

Pibita

Parada del 96. Kathan city. El calor transforma el asfalto en yogurt. Los de la verdulería que está del otro lado de la ruta revolean sandías y melones cual Cirque du Solei. Uno está en cueros. Tiene un pantalón corto arremangado que le queda casi como una zunga. El flaco debería irse a curar el ojeado porque en la parada hay una flaca que se lo manduca con la mirada. Usa un tapabocas que tiene estampada la cara de Leo Mattioli sosteniendo una rosa. Está petrificada. Así se queda los cuarenta minutos que compartimos de espera. Con todo el disfraz pandémico no le cazo la edad, pero debe andar en la veintena. El movimiento es sutil pero no lo suficiente. Con el brazo se roza el costado de los pechos de un modo un tanto masturbatorio. Apuesto a que sí.

En algún momento llegan dos Australopithecus Afarencis a los gritos de que tienen porro viejo y no les prende. Me piden fuego. Tengo, pero los saco cagando porque tengo un mal día. Podrían haberme matado de tres balazos, pero están demasiado cansados, borrachos o algo así. Hablan alguna variante de indoeuropeo o de koishan, el idioma ese que hablaban los albañiles de oriente medio antes de levantar las medianeras de la torre de Babel.

Uno de ellos no se tomó muy a bien que no les diera lo que querían. Tambaleando se sienta en uno de los banquitos del refugio y me bardea. El otro, al parecer más rescatado, saca del bolsillo un barbijo de hospital todo mugroso y se lo pone. Se queda con el otro en la mano porque tiene que terminar de armarse un fasulin largo y finito como un Virginia slim. El bardero me habla enojado y mueve los brazos como queriendo acentuar lo que dice. Lo tengo a más de dos metros. Prefiero fumarme el sol a que me tenga a tiro. En un momento, me escupe, pero como tiene la boca tapada el gargajo se le queda dentro. No lo registra. El barbijo grisáceo se llena lentamente de un manchón de humedad ocre.

Pasan ocho colectivos. Ninguno para. Algunos llevan unas cuantas personas de pie. No se detienen. Otros no llevan a nadie. No se detienen. Cualquier excusa es buena. Tal vez su aspiración gremial sea que les paguen por ir de punto a punto sin llevar a nadie. Hay un círculo del infierno reservado para ellos. Un primo de mi viejo fue chofer cincuenta años. Cuenta que en aquellos años los respetaban. Hoy les cortan los dedos. Algo habrán hecho.

Al fin, uno se detiene. Abajo quedan los Australopithecus y la chica onanista. Hay aire acondicionado y está hasta las bolas de gente. Viejos, mujeres embarazadas con tres pibes, discapacitados, gente mateando, unos rehabilitados de la falopa pero no del evangelio, vendiendo pastafrola y galletitas, unos locos que venden plantas. Si no me pego un covid zarpado tengo que peregrinar hasta la capilla de comandante Andresito en Misiones.

En el centro de Kathan city bajan la mitad y cuando llegamos a la frontera con Laferrere Town no queda nadie. En el metrobus sube una parejita joven que se nota que no son del paño porque sacan un aspersor de alcohol y se lo tiran a medio bondi. Tiene olor a peonias de Bourguignon. El pibe metódicamente le pasa carilinas embebidas a todo cuanto tiene a su alrededor. Cuando las descarta las pone en una bolsita de papel madera y se la guarda en la mochila. Por la pulcritud de ambos y el buen corte de pelo que llevan parecen mormones, pero no tienen el cartelito en la solapa. Si no lo son serán evangelistas o algún mambo de esos. La pinta de tocarte el timbre un domingo a la mañana los vende. Se dan la mano y se quedan dormidos del lado del sol. Ella transpira de un modo infame.

En Evita city sube una flaca abortera feminazi full causas progres. Barbijo verde campaña aborto legal. Pañuelo naranja separación estado-iglesia colgado de la mochila escrita con liquid paper. También tiene el violeta que creo que es algo de maltrato animal o veganismo, un liberen a Mandela, un aguante Malcolm X, un pin de Naruto y unos ganchos de alfiler que serían la envidia de Johnny Rotten. Tiene rapados los costados del pelo y usa unas calzas re calurosas de todos los colores. El barbijo es cualunque y medio que me decepciona que no utilice ese espacio para dar un mensaje de conciencia social. Otra vez será. La remera es del principito, la secuencia del elefante y la serpiente. Hay que sacarse la careta, es un sombrero, pero cada uno consume la falopa que consigue.

La cosa es que la piba tiene toda la actitud. La imagino de esas flacas que se le plantan a la policía más y mejor que mucho barra brava de Aldosivi. Me hubiese gustado tener una novia así.

Cerca de la autopista se despiertan los presuntos mormones. La relojean con desaprobación y hablan de ella en voz alta. La piba los escucha. Tiene re calada esa forma de mirar con desprecio. Cuando llegamos a Constitución el bondi abre la puerta y empezamos a bajar. Antes de saltar la pibita se agarra el tapabocas verde con la leyenda y le grita a la mormona

-También es por vos, hermana.- Y se va.

Altos ovarios.

Foto de portada: Diego Izquierdo / Télam

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