Crónicas VAStardas

Síndrome de China

por Gustavo Zanella

Lukita, dice, cuando se presenta a sí mismo. Treinta y pocos. Petisón. Bigote. Boina de viejo, campera setentista. Morral. Anteojos. Habla con todos los de la fila del bondi; no hay quien no lo conozca. A todos saluda con un beso y les pregunta por sus familiares, llamándolos por su nombre. También con los colectiveros, raza parca si las hay, que también lo reconocen. No solo tiene una memoria prodigiosa, sino que no olvida una cara. Es esa clase de persona amable que dice buen día, por favor y gracias, que cede el asiento a viejos, embarazadas y mujeres con bolsas. Siempre sonriente, optimista y buena onda. Pura ganancia, dirían esos progres incautos, pero no, Lukita es una rara avis de la infiltración ideológica. Escucha, escucha y escucha. Parece que presta atención y lo hace, pero agazapado. Espera. Tal vez sea su mayor virtud, la paciencia; porque no te la larga a los 5 minutos de conocerte, se cuida bien de no hacer saltar la perdiz, porque sabe que de otro modo no tendría cabida. Lo vi esperar meses antes de mostrar su jugada. Lukita es, en suma, un evangelista motivado, militante, enfocado en una sola cosa: salvar tu alma, aunque no quieras. Por eso, a diferencia del común de sus paisanos espirituales, no es particularmente espamentoso, ni insistente. No anda con una biblia bajo el brazo. No predica magias improbables a los gritos. Lukita, en todo caso, te deja hablar y, como un lacaniano entrenado en detectar la emergencia del inconsciente en el discurso, en cuanto te pesca un mínimo de desazón y extravío existencial, te la manda a guardar: «¿Probaste con el señor?» y, como ya lo conocés, venís hablando con él hace tiempo o te dio el asiento un día que estabas fusilado, no lo mandás a cagar por respeto y porque no hay quien no tenga un amigo falopero medio cargoso. No tiene pinta de ser de esos creyentes que cambiaron la cocaína química por la cocaína pastoral, sino más bien de ser un creyente de esos que siempre creyeron, porque sí, porque para ellos el orden natural del universo es creer como ellos creen, así, creativamente, sin lógica, fundamentos, prueba empírica, teología establecida o coherencia intelectual. Sin fisuras, ni espacio para la duda. Toda religión, todo ejército y todo movimiento político en la historia toda de la humanidad han deseado entre sus filas a alguien como Lukita. Y por eso, cuando los líderes de esas religiones, ejércitos y movimientos políticos deciden cambiar un ápice sus ideas, fundamentos y objetivos, a los primeros que mandan a ver crecer las flores desde abajo es a la gente como Lukita, que, incapaces de percibir los matices, siempre están al pie del cañón para inmolarse.

Como tardó años en hablar conmigo, ya lo tenía junado, así que cuando arrancó no le di pelota. Insistió un par de veces hasta que se aburrió. Una vez lo crucé en Parque Patricios. Nos reconocimos. Levantó la mano para saludar e intentó decir mi nombre, se dio cuenta de que no lo sabía, se puso colorado y siguió su ruta. Menos mal.

La cosa es que si a cada chancho le llega su San Martín, a Lukita también. Se le acercó a un par de pibes que son nuevos en la fila del bondi. Arañan los veinte. Son bastante inclasificables dentro de cualquier prejuicio: podrían ser cultores del reguetón, la cumbia 420, el alfonsinismo, las peleas de gallos o la masa madre artesanal. Aparecieron a principios de marzo. Arrancaron el CBC de distintas carreras, van a distintas sedes, pero coinciden y viajan juntos. Como no están muy duchos con eso de moverse en la Capital, lo hacen en grupete. Lukita los viene tanteando hace rato. Primero arrancó con un saludo, a la semana siguiente con un qué tal, hasta que promediando abril les empezó a tirar la lengua. Empiezan a charlar, le ofrecen un pucho; no fuma, pero lo acepta igual para no despreciar. Le da pitadas cada tanto y no traga el humo. Es casi un mormón sin uniforme de oficina.

Los pibes hablan, medio atolondrados, sobre lo dura que está la calle, sobre que no hay un mango, que no consiguen laburo, que los viejos están en la lona, que capaz que dejan de estudiar antes de haber dado el primer parcial. Uno más avispado habla sobre la situación internacional, sobre la guerra, sobre el sionismo y Palestina, que algunas cosas las leyó en los panfletos que levanta en la facultad para tomar apuntes del lado que está en blanco o las escuchó de un youtuber viejo que le recomendó un profesor de Sociedad y Estado. Lukita dice como al pasar que hay que tener cuidado con lo que se lee y dice la gente de la universidad, porque es toda gente loca que cree en cosas equivocadas. ¿Mirá si ganan los judíos, o los musulmanes o los chinos? No vamos a poder creer en cosas de verdad. Los pibes se le cagan de risa.

—Amigo —le dice uno—, los chinos tienen la posta, todos van a la escuela, todos comen, todos van a la universidad y tienen laburo. Ojalá esto fuera China.
—Pero no los dejan creer en Dios —agrega Lukita.
—Me chupa un huevo —contesta uno—. Quiero zapatillas y paneles solares para que mi vieja no llore cada vez que llega la boleta de la luz.
—No pueden tener más de un hijo y no los dejan decir lo que piensan.
—A mi tío lo echaron del laburo por decir lo que pensaba cuando le cortaron las vacaciones y no vive en China —dice una de las chicas del grupete que tiene una remera de una bandita de K-pop— Lo de los hijos me da igual porque no quiero ninguno. Mi hermano tiene 3 y vienen a comer todas las noches a casa porque no les alcanza para todos.
—La mujer de mi viejo trabaja en un frigorífico —agrega otro—. Dice que la mejor carne se la llevan los yanquis y los de Israel por monedas y que a nosotros nos dejan lo peor. Yo prefiero comer a creer.
—¡Nooooo, cómo vas a decir eso! —Es la primera vez en años que lo escucho contradecir a alguien. Los pibitos lo inundan con datos random sobre la sociedad china que parecen un punteo sacado de Wikipedia. En algún punto confunden China con Corea del Sur, Japón y Vietnam, pero están encaminados y no da pincharles el globo. En un momento, Lukita se da por vencido; por ahí entiende que su retórica como arma de fe no puede con la potencia industrial y demográfica más grande de la historia humana; por ahí se dio cuenta de que cruzó el umbral de edad donde ya no captás las lógicas de las generaciones que te siguen.

Lo imagino a Lukita pensando en cómo acomodarse al mundo que viene. Peor será para los chinos cuando vean a Lukita y no sepan qué hacer con gente como él. O sí.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *