Cuba SÍ
por Sylvia Valdes
El 14 de mayo llegó a La Habana el director general de la CIA, John Ratcliffe. Seguramente para tratar de convencer a los dirigentes de la Revolución Cubana de que acepten 100 millones de dólares para salir de sus problemas estructurales de falta de petróleo y otros inconvenientes derivados del feroz bloqueo y seguir las instrucciones de EEUU. Propuesta que, naturalmente, no fue aceptada.
Las fuerzas armadas están en plena disposición combativa; el pueblo, organizado política y militarmente, está ocupando —o está presto a ocupar— sus puestos de combate. Como siempre, desde siempre, bajo la dirección del partido, de Raúl Castro y del presidente Díaz-Canel, Cuba se apresta para el combate.
El sábado pasado, 28 de mayo, se realizó en Buenos Aires una marcha de apoyo a la libre determinación de Cuba, bajo las consignas: «Petróleo para Cuba» y «Basta de bloqueo a Cuba». La iniciativa de CAPAC (Club de Periodistas Amigos de Cuba) fue acompañada por numerosos militantes que marcharon por la avenida Corrientes desde Callao hasta el Obelisco porteño, donde se realizó un acto que recibió el apoyo de numerosos organismos políticos, gremiales y de Derechos Humanos.
Desde el triunfo de la Revolución, la hostilidad contra Cuba se organizó bajo una múltiple estrategia simultánea. Por un lado, asedio material mediante el bloqueo económico, sabotaje, terrorismo, aislamiento financiero y agresiones diplomáticas. Por otro lado, la instauración de una ofensiva semiótica destinada a erosionar la legitimidad del proyecto revolucionario, dentro y fuera de la isla. La coerción económica necesita fabricar una interpretación moral que invisibilice sus causas y transfiera la responsabilidad del sufrimiento hacia las propias víctimas. El bloqueo fabrica su relato: una guerra cognitiva como forma superior de intervención imperial.
No se trata de propaganda convencional. No apunta exclusivamente al contenido de las ideas. Penetra hábitos afectivos, automatismos culturales, estructuras del deseo y formas de reconocimiento social. Su objetivo estratégico consiste en impedir la consolidación de una conciencia histórica autónoma, capaz de identificar las contradicciones estructurales del capitalismo dependiente y del imperialismo. El problema central nunca residió únicamente en las reformas económicas o en la nacionalización de los recursos estratégicos. El verdadero peligro es la dimensión pedagógica del ejemplo cubano.
Las corporaciones monopolísticas en comunicación han producido durante seis décadas una narrativa homogénea basada en la repetición de tópicos estandarizados. La isla aparece frecuentemente representada como un espacio congelado en el tiempo, prisión geográfica o escenario exótico de carencias permanentes. La estetización de la precariedad cumple aquí una función política precisa. La pobreza derivada del bloqueo se transforma en espectáculo cultural despolitizado. El sufrimiento concreto de la población se convierte en mercancía visual consumible por audiencias globales. La violencia estructural desaparece detrás de imágenes románticas o miserabilistas cuidadosamente administradas. Esta canallada se intensificó con la expansión de plataformas digitales y redes sociales. La guerra cognitiva contemporánea ya no depende en exclusiva de los grandes medios centralizados. La economía digital favorece mensajes inmediatos, reacciones impulsivas y narrativas fragmentarias. En ese entorno, la complejidad histórica queda desplazada por consignas virales. Cuba se transforma en objeto privilegiado de campañas coordinadas donde boots, influencers financiados, operadores políticos y plataformas transnacionales convergen en la producción de tendencias colonialistas. Varios sectores intelectuales reproducen estas matrices neocoloniales. Bajo discursos falsamente progresistas se repite muchas veces el vocabulario de los centros imperiales. Por eso debemos definir con precisión estrategias concretas para defender a Cuba más allá de los discursos. Debemos superar el aislamiento de algunos sectores políticos y agruparnos en la lucha porque, defendiendo a Cuba, defendemos todo el territorio latinoamericano.
