Democracia: Instrucciones para su uso

por Rafael Gómez

Hace casi dos meses escribí una nota titulada El Circo Electoral. Las  elecciones de junio se  sucedieron sin cambios esenciales en la estructura del poder. Además, las propuestas –igual que las caras de muchos de los candidatos- siguen siendo las mismas. De modo que vale la pena volver a examinar el asunto. Una de las imágenes de la nota anterior era que al acabar los comicios el circo mediático de las campañas se transformaba en un cerco. Terminado el espectáculo de la contienda electoral, las osas, los tigres, los magos, las equilibristas, las hienas, los perros, los payasos, los pingüinos, las monas, los sapos, los enanos, las gordas, los transformistas, los charlatanes e iluminados, que antes nos respetaban y entretenían con ilusiones, promesas, mundos igualitarios, sensibilidad social, estados de bienestar y malabarismos económicos -compitiendo entre ellos en generosidad y convicciones, seducciones y monerías-, tienden entre el malestar y el bienestar, entre nosotros y ellos: un cerco. El cerco no es ninguna metáfora. Es exclusión. Vivimos –al menos el 80% de la población- en los márgenes de una sociedad opulenta que nos excluye. Barrios cerrados, countries , torres como countries en propiedad horizontal, cercas en los edificios públicos. Trabajo –si lo hay- precario o enajenado. Sistema de salud colapsado. Corralitos financieros. Inflación. Educación diferenciada para ricos y pobres . Un cerco nos separa del futuro promisorio insinuado en el espectáculo mediático electoral. Y es la clase política amparada en la legitimidad del voto quien construye y seguirá construyendo ese cerco. ¡Votamos para que nos pongan barreras! ¿Cómo funciona el sistema? La carpa del circo es la democracia representativa; léase, el poder del pueblo a través de sus representantes. Muy bien. ¿Pero surgen los representantes del poder del pueblo? Amable lector o lectora, ¿quién cree usted que eligió a los candidatos a legisladores de la Ciudad en la elección de junio? No fue el pueblo, se lo puedo asegurar. Los nombres de los candidatos son productos de roscas partidarias, corporativas, y negociados que muy poco tienen que ver con los intereses de los ciudadanos. Ese es el primer fraude a la democracia representativa. Hay un segundo fraude. ¿Cómo se hace para imponer estos candidatos, es decir, para que la gente los vote? Se monta el circo, claro. ¿Pero, además de la fantasía del espectáculo, qué hay entre bambalinas? Sondeos de las empresas encuestadoras, que sirven para fabricar las imágenes de los candidatos, montañas de dinero y compromisos para ocupar espacios en los medios, pactos secretos entre los contendientes, dramaturgos y escenógrafos. ¿Es esto el poder del pueblo o la manipulación del pueblo? Y hay un tercer fraude. El clientelismo, propio del aparato partidario. El voto por dinero, electrodomésticos, planes sociales, o alguna ventaja concreta. En estos tres fraudes –y algunos otros- se basa la legitimidad que tanto ufana a nuestros “representantes”. Y, legitimidad de por medio, nuestros gobernantes devuelven “favores”, transan con empresas, arman negociados, aumentan las diferencias entre ricos y pobres… O sea: tienden el cerco. Así funciona el sistema. ¿Qué se puede hacer entonces? Se lo pregunto a usted y me lo pregunto a mí mismo. Creo que la respuesta sana debiera ser: construir una democracia verdadera. ¿Y cómo se hace eso? No sabemos. Lo que sí sabemos es lo que no queremos. Y no queremos –supongo que usted estará de acuerdo- en cargar con una clase política parasitaria que nos cerca la vida. Saber lo que no se quiere es el mejor comienzo para construir lo que queremos. Si no queremos a los políticos, no los votemos. Eso ya es empezar a andar por un camino mejor. No crea usted que los necesitamos, ellos nos necesitan a nosotros. El circo nos propone el conformismo. El “Esto es lo que hay…”. ¡Cómo esto es lo que hay! Si esto es lo que hay, entonces hagamos algo mejor; o acaso hemos llegado al cenit de la humanidad, al punto más alto de la evolución del hombre. ¿Ya hemos alcanzado nuestros sueños? ¿Vemos la felicidad dispersa en las calles? Otro desprendimiento del conformismo es: “La doctrina del mal menor”. Esta doctrina, anclada en lo más siniestro del sistema que es la dominación por el miedo y la ignorancia, ha hecho estragos. “Vote al menos malo”. En realidad el mensaje es “Vote”, no importa a quien. Si usted vota el circo continua. Los políticos rotan en sus cargos y el cerco crece. ¿Qué puede hacer? Diga no. No los vote. Será el mejor comienzo para construir una democracia de verdad.

La doctrina del mal menor

Todo el mundo me dice que tengo que elegir entre A y B. A me jura que me sacará los ojos. B me asegura que sólo me sacará uno. Yo pienso: “Con un ojo todavía puedo ver”. Elijo a B y me quedo tuerto. Más tarde, nuevamente debo elegir entre A y B. A promete sacarme el ojo que me queda y arrancarme además la lengua. B, siempre más moderado, me tranquiliza diciéndome que sólo me sacará el ojo que antes me había perdonado. Reflexiono: “Me quedo ciego, pero por lo menos aún podré hablar”. Elijo a B. Sucesivas elecciones terminan con el resultado que se puede prever: ni ojos, ni lengua, ni manos… Lo gracioso del caso es que mi elección ha sido siempre, no sólo legítima, sino verdaderamente racional y razonable. Sin embargo con esas elecciones “serias”, “inteligentes”, y “realistas” me quedé manco, ciego y mudo. ¿Pude hacer otra cosa? Siempre que alguien me recomendó participar en grupos o asambleas vecinales, integrar redes solidarias, juntarme con otros para tratar de resolver un problema concreto del barrio, y no resignarme a elegir entre A y B lo miré (antes de perder mis ojos) y le dije (mientras tuve lengua): “Es muy lindo lo que decís, pero…” o “¡Dejáte de joder con esos utopismos, esto es la vida real!” o “¿Sabés lo que pasa?, si no elegís le estás haciendo el juego a A.” o “Crecé, pibe. Aceptá al mundo como es y sé adulto”. Ahora estoy escribiendo esto con mi pie derecho. Dicen que en la próxima elección A promete sacarme las piernas. B también promete sacarme las piernas, pero a cambio me regalará unos botines. ¿Será así la democracia representativa que tenemos?; como los botines, digo. 

VECINOS MEMORIOSOS