El patriarcado no se puso en cuarentena

Un monstruo grande y pisa fuerte

por Mariela Acevedo*

“Alguien twittea SAQUEO y se mueve toda la tecnología informática para encontrar al culpable; pero nunca encuentran al sorete y cagón que escribe en las redes “TE VOY A MATAR, HIJA DE PUTA”. Una piba violó el aislamiento para visitar a su novio y la encuentran al toque y sale su cara en todos los medios; cuando un tipo viola la perimetral para matar, cuando lo encuentran siempre es tarde”. El anónimo circula en la red social y nos confirma algo que intuimos: nuestras muertas importan poco y el patriarcado no está en cuarentena.

Para escribir esta nota fui guardando en las últimas semanas todas las referencias y noticias que fuimos compartiendo, horrorizadas de contar asesinadas, de denunciar que el aislamiento social, preventivo y obligatorio por la pandemia expone a mayor violencia a quienes conviven con sus agresores. Y también fui recopilando los datos. Según los observatorios de violencia de género “Ahora que sí nos ven” y el que coordina La Casa del Encuentro, desde el viernes 20 de marzo —día en el que iniciamos oficialmente la cuarentena— hasta la semana del 20 de abril hubo más de 20 femicidios en todo el país, una muerta cada 30 horas. Alrededor de noventa mujeres asesinadas por motivos de género en lo que va del año. Furia Trava, medio independiente del colectivo travesti trans, denuncia que en los meses de 2020, se registran al menos dos travesticidios/transfemicidios y más de 20 “travesticidios sociales”: muertes vinculadas a situaciones de vulneración de derechos básicos a la salud, la vivienda, el trabajo.

La cantidad de casos abruma. La búsqueda de impacto de los titulares, también: refieren a las muertes violentas de mujeres (y en algunos casos de sus hijes también) en manos de sus parejas y ex parejas, padres de familia, señores, pibes, tíos, vecinos. Las edades de las víctimas van de los dos meses a los sesenta años, las geografías recorren todo el país, aunque lidera el conurbano, Santiago del Estero y Misiones. En ocasiones la muerte intenta ocultar el abuso o violación de la víctima. En muchos casos los victimarios tenían antecedentes de violencia previos. No alcanzan las tobilleras para monitorear a los violentos y el botón antipánico no ha resultado una estrategia útil. La cuarentena, con desempleo angustia y aumento del consumo de desinhibidores como el alcohol, potencia estas conductas violentas preexistentes e intensifica la crueldad sobre los cuerpos de niñas, niños, mujeres cis y trans quienes son las principales víctimas de los hombres violentos.

Los tres primeros meses del año se habían registrado alrededor de setenta casos de femicidios, cifra que se dio a conocer el 8 de marzo. La cuarentena agravó la situación y aunque durante estas semanas en la ciudad de Buenos Aires no se registraron femicidios, sí aumentaron las denuncias por violencia. Dos líneas canalizan las demandas: la 144, de alcance nacional y la 137 en el ámbito de la Ciudad. Además en CABA existen dieciséis Centros Integrales de Mujeres (CIM) que funcionan en quince comunas. La página del gobierno de la Ciudad afirma que brindan asesoramiento y atención personalizada; sin embargo, hace unas semanas el equipo del legislador porteño Santiago Roberto (Frente de Todes) reportó que tras el intento de acompañar a una víctima de violencia de género, sólo uno de los CIMs respondió el llamado, para informar que “se encontraba cerrado y restringida su atención al acompañamiento telefónico”. De manera que se decidió iniciar un pedido de informes a la Legislatura, que se encuentra pendiente, sobre el funcionamiento de los CIMs, que incluye la indagación por los recursos económicos, los criterios de asignación, los canales y mecanismos de asesoramiento y supervisión y la situación de las contrataciones de las trabajadoras de las líneas de atención, que estarían precarizadas y no contarían con elementos básicos de cuidado de la salud. El relevamiento del legislador Roberto señala: “La mayoría de los CIMs son conveniados con organizaciones sociales, sus trabajadoras están sumamente precarizadas, realizando tareas de alto estrés, no contando siquiera con ART. Ese rasgo estructural del sistema hace que sea inviable, en este contexto de aislamiento, solicitar que se expongan a realizar su tarea en el lugar de trabajo. Pero sobre todo porque no se les brinda ni los elementos de protección sanitaria, ni los instrumentos de atención correspondientes para la realización de la contención por vía remota”.

El Ejecutivo, a cargo de Horacio Rodríguez Larreta, tiene treinta días para responder, pero sabemos que no somos un tema prioritario. Las violencias son múltiples, se superponen, se vuelven estructurales y nos obligan a pensar en forjar redes comunitarias, poner en marcha estrategias microfísicas de poder que nos permitan encontrarnos en el aislamiento. En este sentido, se han puesto en marcha espacios autogestivos, apuntalados por donaciones de compañeras y trabajo donado, que una de las cosas que denuncian es la falta de políticas públicas o su ineficacia. Podríamos sintetizar diciendo que aunque hay campañas, no parecen sostenerse con acciones y mucho menos con presupuesto, sino con voluntarismo, declaraciones y alianzas poco fiables. Por ejemplo, el Ministerio de las Mujeres, género y diversidades de la provincia de Buenos Aires, a cargo de Estela Díaz, ha entablado diálogo con la pastoral de la Iglesia católica para asistir a las mujeres que sufren violencia de género en los barrios. La reunión del Estado y la Iglesia fue repudiada por distintas organizaciones de sobrevivientes de abusos sexuales de la curia, que recordaron además que se trata de la institución histórica más regresiva en torno a derechos sexuales y reproductivos de la ciudadanía.

En la Ciudad Buenos Aires, la noticia de la postergación de la apertura del Postítulo Docente de Educación Sexual Integral del Instituto Superior de Formación Docente Joaquín V. González, encendió las alarmas: las escuelas son el espacio de detección de las violencias y abusos que suceden en los hogares. Suspender en este momento un postítulo en ESI que tiene diez años de trayectoria, es una señal más de un patriarcado que no se pone en cuarentena y que articula aislamiento, violencia, precarización y ausencia de políticas públicas o desfinanciamiento de las existentes.

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*Mariela Acevedo es feminista, doctora en Ciencias Sociales, licenciada en comunicación y docente. Administra el portal Feminismo Gráfico y es editora de Revista Clítoris. Escribe, da clases y realiza tareas de investigación en el campo de la comunicación, la salud, los géneros y las sexualidades.

Foto de portada: Télam

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