El tambor que no se apaga
por Lucía Pereyra
Rubén Rada murió y, sin embargo, algo siguió respirando. Montevideo quedó suspendida en una especie de penumbra luminosa, como si el aire hubiera cambiado de densidad. No era silencio: era un murmullo profundo, un eco que venía de lejos, de los barrios afro, de las esquinas donde el tambor aprendió a ser corazón. La noticia —su muerte a los 83 años, tras un mes de internación por una neumonía bilateral, según informó su familia— no cayó como un golpe, sino como un apagón breve. Y enseguida, casi sin transición, el país volvió a encenderse.
En el Barrio Sur, los tambores comenzaron a sonar sin que nadie los convocara. Un hombre bajó con su tamboril como quien baja con una ofrenda; una mujer se acercó con pasos lentos, como si caminara hacia un altar; un niño golpeó el cuero con torpeza, pero con una convicción que no necesitaba técnica. El candombe, ese pulso que nació en la esclavitud y sobrevivió a todo, volvió a ocupar la calle. No para despedirlo: para acompañarlo. Para recordarle —o recordarnos— que la muerte no tiene poder sobre el ritmo.
En el Río de la Plata, el candombe es una frontera porosa. Cruza de Montevideo a Buenos Aires como cruzan las historias: sin papeles, sin permiso, sin pedir disculpas. En la capital argentina, Rada vivió doce años, grabó discos, actuó en televisión, se volvió parte del paisaje cultural. Su música era un puente: un tambor que conectaba orillas, un idioma que no necesitaba traducción. Cuando murió, también en Buenos Aires hubo quienes sintieron que algo de su propia memoria se apagaba.
Pero Rada nunca fue solo música. Fue humor, fue personaje, fue máscara y fue verdad. Fue el niño que cantaba en comparsas, el joven que inventó el candombe beat con El Kinto, el hombre que mezcló jazz, rock, plena, bossa nova, como si la mezcla fuera una forma de libertad. Fue también un gesto: esa sonrisa que parecía decir que la alegría es una forma de resistencia. Que reír, en ciertos contextos, es político.
El velatorio oficial en el Palacio Legislativo tiene la solemnidad que corresponde a una figura nacional. Pero la verdadera despedida ocurrió afuera, donde los cuerpos se movían como si obedecieran a una fuerza antigua. No era una multitud: era una comunidad. Y en esa comunidad, Rada seguía vivo como un latido que se transmite de tambor en tambor.
