Entre la complicidad y la perspicacia

Albertina Carri y Esther Díaz potencian el género epistolar

por Emilia Racciatti

Antes de que la pandemia del Covid irrumpiera en el planeta, la filósofa Esther Díaz y la cineasta Albertina Carri no se conocían, hasta que la escritora y editora Liliana Viola decidió convocarlas para que intercambiaran mails sobre la memoria con la intención de montar una performance en el Centro Cultural Kirchner, pero el virus y las medidas sanitarias cambiaron los planes y ese cruce de textos creció en el tiempo, se transformó y tomó fuerza en el libro «Las posesas», que combina elementos de un diario de viaje, un ensayo y una obra epistolar.

Entre la ternura, la picardía y la complicidad, Díaz y Carri establecen una conversación en la que se disponen a contar cómo fueron gestando un intercambio que se convirtió en un vínculo vital para atravesar los días de encierro impuestos por la situación sanitaria.

Los mails escritos durante 10 días dejaron atrás la idea de performance y pasaron a ser un podcast con las voces de las dos protagonistas pero la conversación siguió y la directora de «Los rubios» y «Géminis» convocó a la periodista y editora de Caja Negra Malena Rey para mostrarle los textos. «Malena nos dijo que funcionaba bien hasta una zona y después había otra embrollada», cuenta Carri.

La llegada de Rey implicó un movimiento: el libro sería el intercambio inicial pero también una segunda parte en la que la autora de «Posmodernidad» y «Filósofa Punk» escribiría desde Buenos Aires y Carri lo haría desde Berlín, ciudad a la que llegó en 2021 por una beca.

Hace pocos días fue la presentación del libro en un lugar que fue central en su gestación como el CCK, justamente el exedificio de correo. ¿Cómo fue?

Albertina Carri: Me gustó mucho, tuvo varias instancias: Malena nos hizo una presentación, Liliana nos leyó una carta, yo le leí poemas a Esther, ella dio una clase de filosofía. Cada una hizo lo que le gusta y eso pasó en el libro, esa fue la sinergia, nos alimentamos y nos nutrimos cada una del saber de la otra. Esther dice que yo le amplié el mundo, me parece un piropo encantador, pero ella también a mí. Luego hubo una lectura performativa de Agustina Muñoz y Osvaldo Bossi que fue super emotiva.

Esther Díaz: También se vio tu mano de directora de cine con la incorporación de las luces.

A.C.: Fue una minipuesta que consistía en apagar y encender los veladores. Fue algo que les sugerí en un mail. Cuando terminó, todo el mundo me decía «qué genial lo de los veladores» y recordé que en el libro en una parte hablo de las cartas de Flaubert y digo que lo imagino con la luz cálida, y mientras veía eso sentí que era la puesta en escena de eso que había imaginado y escrito en el libro. Fue todo muy intuitivo.

T: En uno de los primeros intercambios hay una frase de Albertina sobre el olvido no como criminal de la memoria sino como facilitadora del recuerdo y a su vez la idea de que la pandemia fue un tiempo en el que nos encerramos con los recuerdos. En ese marco, ustedes lograron un grado de intimidad bastante rápido. ¿Tienen ese registro?

E.D.: Yo la admiraba como cineasta, pero le tenía un poquito de miedo porque tiene fama de brava la señora.

A.C.: Mirá quién habla. También hay un rasgo que suelo tener que es la osadía y un poco fue osado el gesto de generar esa intimidad con Esther. Podía salir bien como mal. La entusiasmé con un llamado que está en esa primera parte y se siente en esa sinergia de libros, películas, textos.

E.D.: Era una figura que respetaba pero que por las dudas mejor tener lejos porque era brava. Cuando digo que Albertina me abrió el mundo es porque cito a (Ludwig) Wittgenstein que dice que los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo. Las personas que se dejan estar o que se jubilan y no hacen más nada se les va achicando el mundo porque lo ampliás siempre en relación a los demás. Por ejemplo, mi especialidad es la epistemología, era un territorio de Gregorio Klimovsky, el gran epistemólogo de la Argentina en el siglo XX. Esta hija de diarero que nació en Ituzaingó, que empezó a estudiar a los 30 años, se sentía una cucaracha al lado de mis compañeros que hablaban idiomas. En esa época en la universidad no veías gente grande, eran todos muy jóvenes, así que era una extrañeza que estuviera ahí. Un día un profesor nombró a Ortega y Gasset y como no sabía quién era le pregunté al compañero que tenía al lado y me dijo «bruta». Seguí pese a todo así que que a esta altura de mi vida me sigan pasando estas cosas como este proyecto o que me convoque (Martín) Farina para hacer una película como el documental «Mujer nómade» me sorprende. Estaba encerrada todo el día porque estaba haciendo un duelo y me habían jubilado en la universidad. Salía para ir al psicoanalista y para ir al cine. Mi vida era la universidad, me jubilaron, mis afectos más cercanos (mi hija y mi hijo) se murieron los dos en un año y medio. Fue el cine el que me ayudó a romper el techo.

Hay algo muy frenético en ese tiempo de la primera parte. La segunda nos ubica como lectores en otra temporalidad.

A.C..: Es que la segunda parte son cartas con una distancia quincenal, había una distancia real entre nosotras, había pasado un año de la pandemia, y además de las pérdidas personales, estaba la pérdida personal. De hecho creo que la segunda parte tiene algo más melancólico, mientras que en la primera que parece que estamos en Disney.

E.D.: Yo sentía culpa por eso: veía que se estaba viniendo abajo el mundo y yo chocha de la vida tacatacataca escribiéndome con ella. Ahora estoy pagando las consecuencias porque he perdido movilidad de una manera espantosa.

En esa segunda parte también está la inclusión de fotografías, ¿cómo fue esa decisión?

E.D.: Ella fue osada, ya que sin haber estudiado filosofía se puso a hablar conmigo, yo no fui tan osada, al no haber trabajado la imagen dejé que las imágenes corrieran por cuenta de ella.

A.C: Hay solo dos emails privados en el libro, todo lo demás siempre estuvo escrito en un sentido público. Hay uno que nos mandamos cuando se había cerrado el primer intercambio. Cuando decidimos hacer la segunda parte una cosa que hablamos con los editores fue la posibilidad de incluir imágenes entonces cuando hacíamos el intercambio desde Berlín pensamos en las imágenes de referencia. Desde Pasolini hasta esa imagen de la niña gorda que fui que tuve al lado en el escritorio mientras escribía.

¿Cómo fue el trabajo de edición?

A.C.: Acordamos una temática, un formato, esto de las cartas cada 15 días y que íbamos a trabajar la pérdida y nosotras también nos pusimos un corset que es que no tuvimos contacto en el tiempo de escritura de esas cartas. Durante mi estadía en Berlín mi único contacto con Esther fueron esas cartas.

E.D.: Una editora nos ofreció ir leyéndonos pero no quisimos porque sentíamos que iba a romper la intimidad que habíamos logrado. Me gustó eso de esperar 15 días. Lo mismo sentía cuando era chica y mandaba una carta postal. A veces me pasa que no sé cuál de las dos puso una idea. En mi caso me apropié tanto de las ideas que me cuesta discriminar cuál era de cada una.

A.C.: Cerramos ese primer intercambio y seguimos trabajando, ya había quedado sembrada la idea de hacer un libro y durante 2020 seguimos escribiendo cosas, entre ellas, un día me levanté y dije si yo puedo escribir filosofía por qué Esther no puede escribir ficción. Así que seguimos jugando con cosas y en un momento nos dimos cuenta que necesitábamos una tercera mirada que nos dijera qué estábamos haciendo y ahí le propuse a Esther hablar con Malena de Caja Negra. Ella nos dijo que funcionaba bien hasta una zona y después había otra embrollada. Ahí justo me salió una beca y fue una posibilidad de repensar qué hacer.

Empezó siendo un intercambio, fue podcast, ahora es libro, ¿llegaron a pensar, a fantasear con que sea otra cosa?

E.D.: No, hasta ahora no me propuso filmarlo.

A.C.: En el libro doy una opinión muy contundente sobre lo que opino de las adaptaciones, hablo de la gran distancia que hay entre la experiencia de lectura y la de ir a ver una película. Tu cuerpo es completamente otro en la experiencia de ver cine y en la lectura, porque está la intimidad y no se parece en nada a la experiencia del cine que es colectiva, aunque ahora ya casi no hay salas de cine y las cosas se ven dentro de la casa.

El efecto de este encuentro fue un intercambio epistolar, después un podcast y más tarde un libro. En ese trayecto, Albertina le mostró a Esther un Berlín «con sus ojos» y la entusiasmó así que lo que sigue es el viaje de Esther a esa ciudad.

Foto/Fuente: Télam

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