Entrevista con Alejandro Kaufman

Las consecuencias de la pandemia son aún impredecibles

por Mariela Acevedo

Luego de un verano marcado por el debate en torno al regreso a clases en pandemia iniciamos el año escolar en la Ciudad sin concretar aún la vacunación a docentes y personas mayores o de riesgo. De esto y otras cuestiones, hablamos con Alejandro Kaufman, un pensador de nuestro tiempo, profesor en la Universidad y ensayista. Kaufman reflexiona sobre la vida contemporánea —entre los medios y los miedos— y la forma en la que el virus trastrocó nuestras certezas. Twittea y polemiza, aunque su rastro se esfuma: escribe y borra en la red, tal vez porque para conocer su pensamiento haya que ir a buscarlo a las publicaciones —intervenciones diseminadas en participaciones radiales y audiovisuales en la web, en revistas y libros digitales y en papel— en donde sus ideas se van encadenando con paisajes, escenas, figuras de nuestra época. En esta conversación, Kaufman nos cuenta lo que estos meses de cuarentena y COVID—tiempo alargado, detenido y expandido a la vez— nos habilita a pensar.

Reflexionar sobre el virus
El covid como evento global fue una oportunidad para pensar una cantidad de cosas como la formación social, las jerarquías, las maneras en las que organizamos la vida: lo que entendemos sobre cuidar el cuerpo, quiénes y cómo cuidamos y cómo se cruza eso con la afectividad… Me animé a contactar a Alejandro —que fue mi profesor en la facultad— luego de reconocer su voz en un programa radial hace unas semanas. Quería preguntarle cómo había vivido estos meses de encierro. Tras un intercambio de correos apuntamos un encuentro: usa un verbo para describir el efecto de la pandemia en su entorno personal: “arrasador”, sintetiza de forma contundente. A pesar de que parece que todo ha pasado, aun seguimos en pandemia. Alejandro me cuenta que no modificó sustancialmente su rutina adoptada en el aislamiento: Sale muy poco, sigue extremando los cuidados. Y es cauto a la hora de hablar de lo que podría suceder.

– Al principio del ASPO advertías que el pánico era más peligroso que el virus, ahora que ya ha pasado casi un año y parece que vamos hacia una apertura, ¿qué balance harías de lo que nos enseñó la pandemia y el aislamiento?

-La idea de que el pánico era —o es— más peligroso que el virus contiene como consecuencia algo que ahora vemos, que es el agotamiento del primer estímulo de vigilia, para dar paso a un estado de fatiga e indiferencia. El pánico es problemático por su peligrosidad propia, dado que supone un comportamiento de huida ciega, y por el agotamiento que anula la capacidad de respuesta. Ante la calamidad, sólo la organización social y técnica frente a los peligros permite enfrentarlos. Esto es algo que sin duda sucede a la vez, entre otros diversos fenómenos concomitantes e impredecibles. La pandemia es, ha sido y será —quién sabe por cuánto tiempo— una experiencia singular, de magnitudes generalizadas y de consecuencias impredecibles de todo tipo: desde el destino de los viajes aéreos y el turismo, hasta la crisis cognitiva y urbana que tuvo lugar; desde el duelo no realizado por las muertes, en términos colectivos, hasta la desestabilización padecida por los saberes y las instituciones de la salud, así como su prestigio y legitimidad. Por otra parte, hubo instancias de la estatalidad y la política que también se vieron desafiadas de modo inédito, y habrá todavía que ver el curso que adopten los efectos de la pandemia sobre los poderes instituidos.

-Durante el verano comenzó a circular una mirada condenatoria sobre las prácticas juveniles a las que se señala como causantes de un rebrote. ¿Cómo ves esa especie de grieta generacional?

-El hecho de que en esta pandemia se produjeran consecuencias diferenciadas por edades dio lugar a diversos comportamientos, que al distinguir entre grupos sociales, ocasionaron estigmatizaciones y culpabilizaciones que tanto pudieron darse de un modo como podrían haber sucedido de alguna otra manera. Transitamos tiempos de transformación de sentido en relación con todas las edades, debido a un conjunto de variables que comprenden desde el adelantamiento de la condición de sujetxs de derecho a edades más tempranas, como también la extensión de la expectativa de vida, en un contexto de crecimiento demográfico y crisis del trabajo. Lo deseable es desarticular categorías de estigmatización y reponer el devenir de los acontecimientos, así como es necesario también definir los efectos de las estigmatizaciones sobre los comportamientos sociales, tales como un supuesto de inmunidad o susceptibilidad vinculado a la edad, que interactúa con muchos otros aspectos como la problemática de la escolaridad, o la condición existencial de la ancianidad.

-¿Te parece que los medios de comunicación tienen responsabilidad en la forma en la que se comunica la gestión de la pandemia?

-Es difícil generalizar sobre los medios de comunicación. En principio quedaron librados a su suerte por las características de inestabilidad cognitiva que produjo el suceso pandémico. En este punto se abren múltiples interrogantes por la combinación entre aislamiento y acceso mediático a la información. Esta combinación no tiene antecedentes comparables. Históricamente las muertes en las epidemias eran accesibles en forma directa por la población, mientras que en 2020 se produjo una dislocación entre la experiencia directa y una sobresaturación informativa continua, sobre todo en cuanto a los datos estadísticos de contagios, muertes y recuperación, en forma simultánea y global. Este megaespectáculo, relativamente homogéneo, referido a datos macabros y difundido hasta la saturación en forma continua, da cuenta como ninguna otra cosa del estado de indiferencia al que se ha arribado, tal como venía sucediendo desde hace años con los medios, sólo que en este caso con las características peculiares de la pandemia. El estado de alteración sensible, cognitiva y afectiva que los medios han establecido desde hace un año pone en tela de juicio su funcionalidad preventiva y educativa respecto de las necesidades sanitarias, y más bien ofrece un problema superpuesto a todos los demás.

-Y, ¿cómo podríamos comunicar sobre la pandemia en este contexto?

– El problema principal que cruza a todos los demás es que el acontecimiento pandémico irrumpió como una calamidad inesperada, veloz, generalizada y de apariencias cambiantes, todo lo cual origina un estado de incertidumbre para el cual las sociedades contemporáneas no tienen recursos afectivos para lidiar con todo ello. Nuestras sociedades se basan en configuraciones de administración de las poblaciones y abordajes sociotécnicos, todo lo cual entró con la pandemia en una crisis cuyos efectos estamos muy lejos de encontrarnos en condiciones de evaluar. De ahí que entiendo conveniente que concibamos el acaecimiento de una crisis cognitiva, un estado de desestabilización de nociones comunes, interpeladas por las circunstancias. Me parece decisivo definir qué podemos saber y comprender de lo que sucede, antes que especular o dar por ciertas distinciones carentes de fundamento o de dudosa verificabilidad.

Sputnik… el nombre maldito
Alejandro sonríe y disfruta frente a la construcción paranoica que se hizo sobre la Sputnik. “No lo pueden tolerar” me dice. Ese nombre implica reivindicar algo de ese pasado comunista, que aunque parezca lejano vuelve. Es como…(piensa) hay pasados horrorosos de los que no se puede decir “bueno, pero esto sí estuvo bien”; quedan cancelados. Sputnik, ese nombre nos remite a un momento…y a un pasado que los rusos nos traen para pensar la lógica de lo que implica la comunidad y la lógica del capitalismo: la vacuna funciona si se la aplican muchos, a diferencia del antídoto, en el que te salvas vos solo. Eso parece que viene a discutir la guerra de vacunas: las vacunas son para todos, no para los que pueden pagarla.

-El capitalismo —o el neoliberalismo— se resume en la idea de que mueran los que tienen que morir. Eso es el capitalismo —dispara tajante, sin matices—. Ese es el inconfundible estilo “Kaufman” que busca sacudir el pensamiento dormido, revisar la forma en la que aceptamos el incremento de muertes traducidas en números que se televisan, se mapean, se ponen en duda y son interrumpidos por publicidades y programas de entretenimiento.

– ¿Qué deberíamos poder pensar en este estado de incertidumbre?

– Hoy tenemos que pensar que hemos estado, estamos y estaremos —no sabemos hasta cuándo— ante una calamidad con efectos caóticos y de gran padecimiento afectivo de las poblaciones, más allá de los enunciados explícitos. En términos generales necesitamos definir qué podemos saber específicamente y con qué niveles de certidumbre sobre lo que sucede, y qué enunciados necesitan ser sometidos a crítica, qué podemos saber y decir, y qué conviene suspender o callar porque sólo es confusional o directamente falso.

¿Hay algún argumento razonable para la vuelta a la presencialidad? Los indicadores epidemiológicos actuales son peores que los de cualquier país en el que se volvió atrás con la presencialidad. El ciclo 2020 no se perdió y el 2021 podría ser mejor con la experiencia transitada. El riesgo de exponer a millones a ver cuántos se contagian sólo puede garantizar sufrimiento, incertidumbre y muertes. Si estamos en condiciones de tener clases virtuales —garantizando conectividad y dispositivos— ¿es ético exponer por imposición a la posibilidad de contagio? El irracional deseo de volver a la antigua normalidad hoy se presenta como negación. La pandemia está lejos de terminarse, y tal vez la única posibilidad de tener otra forma de existencia —parecida a la vieja normalidad— sea acelerar la vacunación: para todes, todas; sin mociones de privilegios ni oscuras operetas de farmacéuticas y empresas de medios que se beneficien de esta pandemia que sigue marcando el tiempo presente.

Mariela Acevedo es feminista, doctora en Ciencias Sociales, licenciada en comunicación y docente. Administra el portal Feminismo Gráfico y es editora de Revista Clítoris. Escribe, da clases y realiza tareas de investigación en el campo de la comunicación, la salud, los géneros y las sexualidades.

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