«Hacer teatro es defender nuestra identidad»
por Mei Kisz
Toda persona posee contradicciones. Por eso, si la voluntad lo permite, es posible encontrar puntos de contacto incluso con quienes nos ubicamos en las antípodas respecto de sus convicciones políticas. Puntera de acero, obra producida por la compañía El vacío fértil, parte de esa premisa para construir un espejo incómodo que obliga a mirar de frente las fisuras de una sociedad atravesada por el odio, la violencia y la intolerancia.
La obra, que puede verse en Beckett Teatro los sábados a las 21 h, presenta a Daniela Dunkelman, una abogada judía que se desempeña como defensora en el saturado sistema judicial del conurbano bonaerense. Su nuevo caso consiste en representar a Miguel, un neonazi acusado de cometer un crimen por odio racial. Lo que en un principio aparenta ser un enfrentamiento entre dos posiciones irreconciliables se transforma, conforme avanza la obra, en una exploración de las contradicciones y de los puntos de contacto que habitan a cada personaje.
La dramaturgia parte de estereotipos y los rompe. Daniela comienza la historia aferrada a la idea de sostener una vida ordenada, pero el vínculo profesional con el acusado la enfrenta a sus propios límites: el odio se acumula, las certezas se resquebrajan y el autocontrol comienza a desbordarse. Miguel, por su parte, nunca deja de ser el responsable de un crimen atroz. “Acá no se victimiza a nadie. Tenemos dos seres humanos que padecen lo mismo y se enfrentan a esto que nos ataca a todos: el odio”, dice Carlos Kaspar, director de la obra, en comunicación con Periódico VAS. Eso que iguala a estos dos personajes que sostienen la narrativa se potencia hacia el final, ya que Miguel decide estudiar Derecho desde la cárcel y se convierte en colega de Daniela. Así, la obra demuestra la importancia del estudio en el encierro y dialoga con un debate vigente en Argentina a partir del inminente cierre de la cárcel de Devoto, en la cual funciona, desde 1985, el Centro Universitario Devoto (CUD), espacio que garantiza el acceso a la educación superior dentro de la cárcel.
Esta potencia que gana la obra al dialogar con el contexto es posible gracias a que Iván Steinhardt no solo tradujo el trabajo del canadiense David Gow, sino que también lo adaptó a la realidad en la que vivimos. Esta decisión se relaciona con la búsqueda que sostiene la compañía que realiza la producción. El vacío fértil, integrada por Romina Pinto, Marina Wainer —quien no participa de esta puesta, pero sí forma parte del colectivo— e Iván Steinhardt, se define, desde su origen, como un espacio de teatristas y cronistas de nuestro tiempo. Esta definición identitaria atraviesa cada una de sus creaciones. Así, este conjunto de artistas entiende el teatro como una forma de leer, registrar e interpelar la realidad. “Porque la obra originalmente es la historia de un neonazi de poco más de veinte años que mató a un inmigrante y de un abogado judío que lo tiene que defender. Acá la adaptamos para que sea un hombre grande, que tiene una trayectoria dentro de la militancia neonazi. Y, por otro lado, en lugar de ser un abogado, es una mujer. Una mujer que se dedica a las leyes. Nos parecía más potente”, dice Carlos.
Mei: Aún con las modificaciones, hay una temática de fondo que parece ser global.
Carlos: El racismo, el fascismo y el odio están en todo el mundo. Lo vemos ahora con esta campaña anti—Argentina. Países racistas diciendo que Argentina es racista. Hay algo que es global porque, como dicen en la obra: “Aprender a odiar es tan fácil como aprender a jugar a la pelota”.
Mei: Hay otra frase de la obra: “Los jueces son imparciales hasta que se enciende una cámara”.
Carlos: El poder mediático es muy fuerte. En nuestro país, los medios difunden y visibilizan actos de corrupción alevosos frente a la cámara. Después hay otro tema, que es que en otro país un presidente sospechado de un caso, como sucede en nuestro país con el caso Libra, ya sería apartado de su cargo y estaría en juicio político. Acá no pasa absolutamente nada. Es grave y alimenta la violencia. Vivimos en una sociedad violenta, en un mundo violento, en una coyuntura en la que la violencia se ejerce de arriba hacia abajo. Hay un presidente que insulta a aquel que no piensa como él, que destrata a sus ciudadanos. Muchos jóvenes y niños ven esto; lo toman como ejemplo.
Mei: Está absolutamente avalado. El presidente incluso usa como insulto palabras relacionadas con problemáticas de la salud, además de sacar subsidios.
Carlos: La violencia no es sólo verbal: es represión contra los jubilados, jubilados que mueren porque no pueden comprarse los medicamentos. Es decir, no es simplemente una violencia verbal, sino también física, concreta, económica. Gente que no llega a fin de mes, que vive en la calle. Y desde el Gobierno les tiran agua para presumir calles limpias. Personas que mueren de forma anónima. Este Gobierno ha matado a mucha más gente que otros más violentos.
Mei: En un momento, la abogada se siente juzgada por los medios de comunicación, algo que resulta llamativo: ella se siente juzgada mientras el juzgado es él. Algo los iguala.
Carlos: Ella se siente juzgada por los medios, pero también por sus propios pares, por la gente de su colectividad —es judía, pero vive su religión de forma libre—, y hasta el marido empieza a meterle presión. Después se separa a raíz de este caso.
Mei: Y otra cosa que los une es que él estudia derecho estando preso.
Carlos: Es importante para Miguel la decisión de estudiar. Sale con un título universitario.
Mei: Pero antes de estudiar Derecho, sucede el juicio. En esa escena, ambos personajes miran al público y la abogada dice que “ustedes” son responsables de lo que pase con esta persona. En ese “ustedes” resuena un “nosotros”: todas las personas que estamos viendo la obra. Es una responsabilidad colectiva.
Carlos: La puesta está armada de manera tal que cuando miran al público le hablan al jurado. Es un juicio por jurado. Pero con ese recurso de mirar al público se arma esto, que es que todos somos responsables. Y esa responsabilidad está en acciones que a veces pasan desapercibidas. Por ejemplo, cuando alguien va por la calle o maneja e insulta. Mucha gente incluso trata distinto a la gente por su color de piel. Es racismo. Pasa en Argentina. Nos pasa a todos, a veces sin darnos cuenta. La abogada, Daniela, por ejemplo, cuando va por la calle con el auto y se encuentra con estos chicos.
Mei: Para quienes no vieron la obra, un grupo de chicos que ella cree que necesitan ayuda, pero que la engañan para subirse a su auto. Y ella, al final, escapa acelerando sin importarle nada más que salvarse a sí misma. Hay un quiebre ahí en ella. Siente odio.
Carlos: Y Miguel le dice: “Ahora sabés qué se siente”. Es un punto clave. Nos damos cuenta de que todos odiamos, aunque creamos que no. Y a veces, por una cuestión de ira, temor o inseguridad, también nos volvemos violentos. Alguna persona se vuelve racista. Y en la obra esa escena es un momento bisagra. Ella finalmente entiende de qué va todo esto.
Mei: Ese momento de odio es otro punto en común entre Miguel y Daniela.
Carlos: El odio forma parte de nosotros y tenemos que trabajar con eso. Porque acá no se trata de evitarlo, sino de verlo, reconocerlo y hacer algo al respecto.
Mei: Hacia el final, a la abogada le ofrecen un mejor puesto laboral. Pero dice: “Hay trincheras que no se pueden abandonar”. ¿El teatro es también una trinchera que no se puede abandonar?
Carlos: “¿Qué tiempos serán los que vivimos que hay que defender lo obvio?”, dijo Brecht. Nuestro país y el mundo están siendo atacados alevosamente por gran parte de sus gobernantes y justamente la batalla cultural fue por la que empezaron. Decían que se robaba con el cine, pero hacían películas, varias al año, con un sistema envidiable a nivel mundial. Nuestro sistema de financiamiento cinematográfico es un ejemplo: el Instituto Nacional de Cinematografía y Artes Audiovisuales (INCAA) es un ente autárquico y se sostenía económicamente con un porcentaje de lo recaudado por las entradas de cine. Pero llegó este Gobierno, dijo que se malgastaba, que eso era dinero que se robaba. Ahora la plata se sigue recaudando, pero no se destina a la producción. Ellos decían que ese dinero se robaba. Ahora pregunto yo: “¿A dónde va ese dinero?”. Y que el director del Instituto se llene la boca hablando de que ahora se hacen series verticales para celulares me parece insultante.
Mei: Hay un intento por instalar una cultura que no nos es propia.
Carlos: La cultura fue atacada de raíz, también la industria. Hay un proceso de desargentinización. Lo vemos en Bullrich defendiendo a capa y espada la venta de tierras a extranjeros. Entonces, en este momento, hacer teatro es estar en la trinchera y defender nuestra dignidad y nuestra identidad.
El arte visibiliza los puntos débiles, los errores y los defectos del poder. Y el teatro en Argentina tiene historia. En el 2001, cuando vino la crisis, los actores hacían teatro en el living de sus casas para cinco personas. Tenemos un teatro que históricamente es ejemplo de resistencia, como fue Teatro Abierto, o como lo es Teatro por la Identidad. Son movimientos teatrales que, de alguna manera, generan una resistencia al intento de llevarse por delante los derechos humanos. Y cuando hacemos Puntera de acero, que trata sobre el odio y la violencia, hablamos de lo que nos pasa. Y en un mundo donde el odio se fomenta desde el poder, ¿qué mejor que hablar del odio y ponerlo sobre el tapete? Y eso le incomoda al poder.
