Hombres como jarrones
por Rocío Flores
A Andrea Gigante la conocí hace unos años, en una marcha del 8M. Estaba con un cartel escrito con carboncillo y pintura en un cartón. Había una firma. La busqué, la seguí, le agradecí. Y desde ahí soy una contemplativa de sus formas de ver. De esas formas, de eso que nos pasa con el arte, o con lo que el otro ve desde un lugar que vos todavía no encontraste.
El viernes 12 de junio fui a uno de los últimos días de su muestra en el Pasaje Rivarola 147. El encuentro no era solo una visita a la expo, sino algo que Andrea convocó como «encuentro de amigas»: una charla sobre la pintura, la práctica de las mujeres artistas y lo que pasa cuando se invierten los roles.
Por eso, cuando llegué a las puertas del Museo de la Mujer en el pasaje Rivarola, ya sabía que algo iba a acontecer. Se sentía en el ambiente, y no porque fuera algo mágico o etéreo, aunque algo de eso había. Era más bien un deseo compartido de reunirse, de apalabrarse, de observar y disfrutar eso que te pasa cuando el arte te pasa. Esa es mi sensación de ese momento. Pero detrás hay un concepto mucho más grande de lo que yo te pueda contar desde lo que sentí y tuve la fortuna de habitar. Eso viene más abajo. Primero vamos a la posta.
La muestra es de Andrea Gigante. Y cuando digo que te va a hacer pensar, no lo digo de esa manera automática con la que a veces se habla del arte. Lo digo porque la propuesta te para en seco: ella retrata varones. Los observa. Los pinta. Los estudia. Y en ese gesto aparentemente simple hay algo que remueve bastante, porque estamos tan acostumbrados a que la mirada vaya en la otra dirección que cuando se invierte, incomoda. O intriga. O las dos cosas al mismo tiempo.
Cecilia Custodio, que firma la curaduría, lo plantea sin vueltas: esto no es una revancha ni una «venganza poética» sobre la historia del arte. Es otra cosa. Es preguntarse qué pasa cuando quien históricamente fue sujeto de la mirada pasa a ser su objeto. ¿Qué se afloja? ¿Qué se tensiona? ¿Qué cambia de lugar, quizás, cuando alguien acepta ser visto como objeto?
Andrea habla de jarrones. Y no de manera literal, nadie acá está convirtiendo a nadie en cerámica. Pero hay algo en esa imagen que dice mucho; bueno, durante siglos, las artistas mujeres fueron relegadas a pintar objetos. Frutas, bodegones, naturalezas muertas. Jarrones. Nunca a otro. Nunca el registro de la propia mirada sobre un cuerpo ajeno. Entonces, cuando Andrea toma ese lugar y lo habita, algo del orden simbólico se mueve. Los varones se vuelven receptáculos. Y eso, en la historia del arte, no es poca cosa.
El color lo eligió de manera más intuitiva, nos cuenta. Algunas escenas salían de lo que sentía en el momento. Otras simplemente del momento mismo, volcado a la tela.
Y la obra que nos dejó a varias pensando y sintiendo que no es lo mismo, pero tampoco tan distinto, fue la última. Se llama: Primer y segundo ruido. Un hombre con un estetoscopio escuchándose el corazón. El semblante honesto, sensible, sin pose. Andrea nos cuenta cómo se le ocurrió con esa naturalidad tan de ella: «Un día pensé: quiero hacer un hombre escuchándose el corazón, como si estuviera solo en un cuarto». Así de simple. Así de enorme.
Porque de eso también hablamos: de las masculinidades y la relación con el acercamiento, con dejar ver o verse. De lo que pasa cuando aprendés a escuchar al otro y eso, de rebote, te enseña a escucharte a vos. Una retroalimentación. Y de descentralizar el erotismo, correrse de la mirada que suelen tener sobre eso y proponer otra entrada, otra escena, otra forma de estar. De cómo ellos se acercaron a dejarse observar.
Si llegaste hasta acá, ya sabés lo que pasa cuando el arte te pasa. La muestra sigue hasta hoy. Y si querés seguir de cerca el trabajo de Andrea, la encontrás en @andrea_gigante y su taller en @tallergigante.
