Javier Delgado: “Es importante que vuelva a haber más empatía”
por Mei Kisz
En “La Juana no es nombre, es identidad”, el futuro no es una continuación lineal del pasado, sino que aparece en el presente como una advertencia sobre aquello que la sociedad todavía no consigue resolver. Así, en la obra, que puede verse los sábados a las 21 horas en el Tadrón Teatro, conviven diversas temporalidades en un escenario atravesado por la desinformación, la represión y las disputas en torno a la libertad.
La propuesta estética acompaña la idea de que los sucesos de la historia no son lineales. En un lado del espacio escénico aparecen los medios de comunicación, Instagram y el poder político; en otro, un grupo cuya imagen remite a las guerrillas y que, por cuestiones de seguridad, se comunica con medios analógicos. Dos universos que, aunque parecen responder a épocas diferentes, conviven sobre el escenario sin límites precisos. La escenografía, despojada de paredes, refuerza esa superposición: los espacios no terminan de separarse. Todo está presente en simultáneo. La luz y la acción guían la mirada de la persona que asiste a la función.
Javier Delgado, dramaturgo y director de la obra, realizada por Ja! Producciones explica, en comunicación con Periódico VAS, que la búsqueda desde la construcción del escenario es mantener presente todo lo que pasa mientras pasan otras cosas. Por eso, mientras una escena transcurre en la carpintería, se ve a Evaristo, que permanece encadenado y recuerda, con su presencia, que, en todo momento, incluso mientras vemos la obra, hay personas privadas de su libertad de manera injusta.
La libertad es uno de los ejes que atraviesan la obra. “Cuando te quieran explicar qué es la libertad, es porque pronto vas a tener que salir a defenderla”, advierten en distintos momentos. Para Javier, más allá de las diversas definiciones que puedan hacerse del concepto, hay situaciones que no admiten debate: “La represión contra quienes protestan, la imposibilidad de garantizar las necesidades básicas y la falta de vivienda no pueden considerarse compatibles con una democracia”.
El escritorio del poder también forma parte del entramado escénico. Allí, la desinformación desdibuja las fronteras entre un hecho actual y un registro audiovisual del pasado que vuelve a circular. La pregunta por la verdad se vuelve, así, inseparable de la memoria colectiva. “La historia argentina se repite. Y si se repite, es porque no aprendimos cómo hacer para que ciertas cosas no vuelvan a pasar”, señala Javier. Por eso, la superposición temporal de la obra no funciona únicamente como un recurso visual, sino que permite observar cómo determinadas formas de violencia y dominación sobreviven a los cambios de época.
El título también condensa parte de esa búsqueda: recupera un nombre popular que puede remitir tanto a una vecina del barrio como a Juana de Arco, una figura asociada al liderazgo y la resistencia. Según cuenta Javier, la obra inicialmente iba a llamarse “Juana no es nombre, es identidad», hasta que surgió la propuesta de anteponer el artículo. El cambio, para él, reforzó la cercanía con lo popular y la posibilidad de que Juana no represente solo a una persona sino también a un pueblo.
En esa identidad colectiva parece encontrarse una de las claves de la propuesta: la libertad del pueblo, que en la obra no se presenta como una consigna abstracta, sino como una disputa que atraviesa la vida cotidiana, las condiciones materiales de existencia y el derecho a expresarse sin sufrir violencia.
Mei: ¿Hay una revolución que todavía nos queda pendiente?
Javier: Por un lado, lo cierto es que cada quien tiene una revolución personal pendiente en su vida. Y, por el otro, lo que propone la obra es una revolución desde un lado político y social. Una revolución del amor para que las personas puedan convivir más allá de sus diferencias.
Mei: Porque, como preguntan en la obra, ¿en qué momento la gente se quedó sin alma?
Javier: Es una pregunta honesta. No sé en qué momento. Lo que sí puedo decir es que es importante poner el alma adelante, que vuelva a haber más empatía. Hay que ver al otro sin que signifique un enemigo, ponerse en el lugar del otro. Salir adelante de manera colectiva.
Mei: En la obra vemos, en especial con el personaje de Carlos, que lo personal tiene implicancia en lo político.
Javier: En Carlos hay una cuestión de un amor no correspondido. Y a partir de eso se lleva todo por delante. Porque el odio lleva a tomar decisiones políticas que nada tienen que ver con el bienestar de las personas, sino con el bienestar propio y la venganza.
Mei: Porque, como también dicen en la obra, si queremos una América Latina unida tenemos que dejar de pensar en los egos.
Javier: Porque mientras unos están midiendo el ego, hay nenes que están en la calle, gente que se queda sin empleo, jubilados que no cobran nada. Y las personas que deberían estar fijándose en que eso cambie, hacen que siga el período en el que muchas personas la pasan mal solo por discutir sobre quién tiene razón.
Mei: Y, además, lo que dispara todo esto en la obra es una mujer decidiendo sobre su deseo.
Javier: Eso es muy característico del personaje de Juana. Todos los personajes tienen un paralelo con personas de la historia argentina. Juana con San Martín. Ricardo con Güemes. Chingolito con Chingolito, un personaje importantísimo para el cruce de los Andes, una de las prostitutas de Mendoza que San Martín saca de la prostitución y se convierte en infiltrada que da información falsa a los españoles. Está Luis, el fray Luis Beltrán. Carlos con Carlos de Alvear. Y lo que hacen es actuar en la obra trayendo al presente a estos personajes históricos.
Mei: ¿Y el paralelo de Victoria, esta presidenta creada a partir del odio de Carlos? Un personaje que, además, está presente sin aparecer.
Javier: No tiene paralelo. Juego con el inconsciente colectivo. Y cada persona puede ponerle un rostro a ese personaje, aunque ese rostro nunca sea visible. Ni Victoria ni el bar Victoria se ven y son sumamente importantes.
Mei: Hay otro personaje que aparece e interpela al público.
Javier: El rol del presentador, la presentadora, en este caso, tiene un paralelo con el escritor de la obra; representa la memoria. Y es con ese farol que da luz a ciertos momentos que sucedieron y que pueden volver a suceder. Por eso, en sus sucesivas apariciones, plantea una realidad en la que no hay médicos, una en la que no hay docentes, no hay artistas, no hay espectadores. Y nos hace imaginar ese mundo. Si no queremos que ese mundo suceda, hay que cambiar la realidad actual. Porque lo que plantea la obra es un lugar en el que esos roles están prácticamente por desaparecer.
Mei: Ustedes logran mantener la tensión en una obra que dura más de una hora y media. ¿Cómo trabajaron esto?
Javier: Me imaginé la obra como un scrolleo constante. Y cuando scrolleamos en Instagram, pasamos de una buena noticia a una mala, a una más o menos. En la obra, lo mismo. Tienes al calabozo, a la gente del poder, a la carpintería en la que se gesta una revolución. Y todo va sucediendo al mismo tiempo, en diferentes planos.
Mei: Quería también mencionar cómo aparece en cierto punto la biopolítica, en el sentido de la decisión de descontinuar el remedio que necesita Juana. El poder de decidir sobre la vida directa.
Javier: Y que, además del poder de hacerlo, lo fuerte es que a Carlos no le importan las consecuencias. Eso: que lo haga, pero que, sobre todo, no le importe. Esas son las personas que se quedan sin alma.
