Justicia por Lucía Pérez y por todas las Lucías

s un 8 de octubre frío y sombrío, pese a ser primavera, la cuadra de Talcahuano al 500 está cortada y sobre el pavimento se inscriben los nombres de las víctimas de femicidios, travesticidios y crímenes de violencia sexual que no han sido juzgados. Son tantos que forman un camino interminable frente a la fachada de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, alrededor de una pintada donde se lee en letras gigantescas Justicia Femicida.

Foto: Periódico VAS

Hace cinco años, en la ciudad de Mar del Plata, Lucia Pérez era drogada y abusada sexualmente hasta morir de dolor. Los responsables de este femicidio, Matías Farías de 23 años y Juan Pablo Offidani de 41 años, contaron con la complicidad de Alejandro Maciel de 61 años para lavar y vestir el cuerpo antes de dejarlo abandonado en la puerta de una sala de salud de Playa Serena. Lucía tenía tan sólo 16 años y la ferocidad de su femicidio disparó el Primer Paro Nacional de Mujeres, que resonó en las calles de todo el país al grito de justicia por Lucía y por todas las víctimas de violencia machista.

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Desde entonces han pasado 1825 días y 43800 horas sin que la justicia, ni el poder estatal den respuesta. Según las cifras del Observatorio Lucía Pérez de Violencia Patriarcal, creado por Lavaca.org, en este período de tiempo, que ocupa cinco años, se produjeron otros 1335 femicidios, es decir, un asesinato por violencia machista cada 36 horas.

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El femicidio de Lucía Pérez dejó al desnudo, también, la impronta machista que subyace en el poder judicial y la complicidad estatal con el narcotráfico. El 26 de noviembre de 2018, el Tribunal Oral en lo Criminal N°1 de Mar del Plata, integrado por los jueces Facundo Gómez Urso, Pablo Viñas y Aldo Carnevale, absolvió de los delitos de abuso sexual y femicidio a Juan Pablo Offidani y a Matías Gabriel Farías y , tan solo, los condenó a ocho años de prisión por la venta de estupefacientes a menores de edad en cercanías de una escuela. En tanto, Maciel, el tercer implicado, fue absuelto a pedido de la fiscalía; meses después fallecía de cáncer. A contramano de los resultados arrojados en la autopsia, los magistrados concluyeron que la muerte de Lucía Pérez no fue producto de la violencia sexual ejercida sobre ella, sino del excesivo consumo de cocaína por parte de la víctima. Víctima, que al momento de su deceso, se encontraba en la casa de dos hombres, mayores de edad, que proporcionaban droga a adolescentes.

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Lo escandaloso de este fallo dio lugar a un nuevo Paro Nacional de Mujeres, pues puso de manifiesto la falta de perspectiva de género a la hora de juzgar casos de violencia machista. La movilización fue tan contundente que logró resquebrajar la sólida carcasa donde se anida la lógica patriarcal de la justicia. En agosto de 2020 la Sala IV de la Cámara de Casación bonaerense anuló la absolución de Farías y Offidani e instruyó un nuevo juicio por el femicidio de Lucía Pérez.

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En abril de este año, la Comisión Bicameral de Normas de Procedimiento para el Enjuiciamiento de Magistrados y Funcionarios bonaerenses resolvió, por unanimidad, la acusación por “negligencia, incumplimiento de deberes inherentes del cargo y parcialidad manifiesta”, contra los jueces Facundo Gómez Urso y Pablo Viñas, mientras el tercer integrante del Tribunal, Aldo Carnevale, logró jubilarse antes de que se iniciara esta demanda. En el mes de mayo, la Suprema Corte bonaerense, ratificó la decisión de la Cámara de Casación y avaló la realización de un nuevo proceso judicial contra Farías y Offidani.
A octubre de 2021 no ha habido mayores avances en ninguna de las dos causas. Se trata de cinco años sin justicia, una herida lacerante que no deja de supurar en el seno de la familia de Lucía, como en la de cada víctima de femicidio, travesticidio o crimen por violencia sexual.

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Por eso, este viernes tan primaveral como gris, los cientos de nombres cubren el pavimento azul escritos desde la persistencia de la rebeldía, claman por justicia. En las vallas, que circundan la entrada a la Corte Suprema, el rostro de Lucia Pérez se repite en una hilera de interminable. La frescura de esa mirada intensa nos interpela y convoca. Estamos muchas, no todas, pidiendo justicia: artistas, periodistas, delegadas gremiales, militantes de izquierda, cineastas, actrices. Una alianza de mujeres y diversidades que se propone hacer de este mundo un lugar equitativo e igualitario donde honrar la vida. El colectivo Fin del Mundo pone el cuerpo al coro de voces que declama: ¡Ni Una Más! Todo femicidio es evitable; el Estado es responsable. ¡Justicia Ya!

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Sabemos que es camino difícil. El patriarcado carga con artillería pesada. En lo que va del año ha arrasado con 216 vidas de mujeres, travestis y disidencias. Pese a tantas heridas, sabemos que no existe sendero imposible, porque entre las espinas crecen, también, las incitantes bayas de las alianzas.

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