La cultura y las bibliotecas inexistentes

por Angú y Daniel Vázquez

En la escuela “Catedral Norte” José Manuel de Estrada, institución emblemática de la Ciudad de Buenos Aires, sobrevive la historia de una biblioteca pública que cumpliría 95 años. Sin embargo, su presencia actual parece desdibujarse entre las decisiones administrativas y la falta de una política activa de preservación cultural.
Una escuela fundacional

Fundada en 1859, la escuela fue la primera construida en la ciudad. Su piedra fundamental fue colocada por Domingo Faustino Sarmiento, quien en ese acto afirmó: “Lo proclamo en voz alta: La parroquia de la Catedral Norte de la ciudad de Buenos Aires, Legislatura de Buenos Aires, Buenos Aires, en fin, es el primer Estado Sudamericano que, erigiendo una construcción especial para la escuela, solemniza el acto con la conciencia cierta de que inaugura una época nueva en nuestros fastos morales, intelectuales, políticos y comerciales”.

Entre sus egresados se destacan el filósofo José Ingenieros; el escritor Bernardo González Arrili; Juan Ambrosetti; Roque Sáenz Peña; el poeta Pedro B. Palacios, conocido como Almafuerte; y Andrés Ramón Vázquez, reconocido intelectual.

En ese mismo edificio, la Asociación de Exalumnos impulsó la creación de una biblioteca que, durante décadas, funcionó como espacio público de consulta, lectura y circulación de libros.

Un proyecto nacido junto al nuevo edificio
La historia quedó registrada en una memoria conmemorativa publicada por la Asociación de Exalumnos al cumplirse 75 años de la biblioteca. Según ese documento, cuando se construyó el nuevo edificio escolar, la Asociación solicitó al Consejo Nacional de Educación la cesión de dos espacios: uno para su secretaría y otro para la biblioteca.

Foto: Archivo Angú Vázquez

La gestión prosperó. Mediante una nota firmada por su presidente, el Dr. Enrique Mosca, el Consejo concedió a perpetuidad una sala amplia para la biblioteca y otra más pequeña para la secretaría de la Asociación.

De biblioteca popular a biblioteca escolar
Poco después de su fundación, la “Biblioteca de la Asociación de Exalumnos de Catedral al Norte” fue reconocida por la Comisión de Bibliotecas Populares como biblioteca pública. Ese reconocimiento no fue meramente formal: la institución siguió recibiendo apoyo y aportes para sostener su funcionamiento. Su historia es tan antigua que sus estatutos fueron publicados en 1903 y figuran en los catálogos oficiales del Archivo General de la Nación.

El primer bibliotecario fue Roberto Luchetti Vieytes, quien construyó estanterías en la parte alta de la sala a medida que aumentaba la cantidad de libros. Más tarde, Mabel Kent de Guillot y Leonor Mendbedioff de Menazzi asumieron las tareas bibliotecarias y procuraron mantener actualizado el acervo.

Foto: Archivo Angú Vázquez

La conducción de la Asociación también dejó huellas documentales. En 1909, durante los festejos del cincuentenario de la escuela, la presidencia estuvo a cargo de Félix B. Quaini. Según la documentación, durante la década de 1940 la presidió Marcelino Constenla. En los años setenta, la institución fue presidida por el intelectual Andrés Ramón Vázquez.

La mayor parte de los archivos de la Asociación se conserva físicamente en la propia escuela o en su archivo histórico, y aún no está completamente digitalizada. En la actualidad, la Asociación de Exalumnos de Catedral al Norte existe como entidad histórica reconocida y ha impulsado trabajos recientes de recuperación del patrimonio escolar.

En 2023 y 2024 se registraron actividades oficiales realizadas por iniciativa de la Asociación de Exalumnos, en articulación con programas de preservación histórica de la Ciudad.

Foto: Archivo Angú Vázquez

Un acervo construido con aportes públicos y privados
El crecimiento de la biblioteca fue posible gracias a donaciones y contribuciones de distintos organismos e instituciones, entre ellos: la Comisión de Bibliotecas Populares; la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Buenos Aires; el Rotary Club; la Fundación Bunge y Born; las embajadas de Brasil, Sudáfrica y Holanda; la UNESCO; la editorial Kapelusz; la UADE y la UBA.

Los números dan cuenta de su intensa actividad. Una copia de la “Memoria y balance general”. “Ejercicio 1”, correspondiente al período comprendido entre el 1.º de marzo de 1978 y el 31 de noviembre de 1979, registra 9.950 lectores y 14.704 préstamos domiciliarios. En total, la actividad vinculada a la biblioteca habría alcanzado a 26.654 personas.

Durante ese mismo período se adquirieron 122 libros y se recibieron 289 donaciones. También ingresaron 383 publicaciones periódicas, 37 folletos y 5 mapas, datos que muestran una dinámica sostenida de ampliación del patrimonio bibliográfico.

La Comisión de Bibliotecas Populares cubría el 50 % del costo de los libros destinados a la biblioteca y, además, otorgó un subsidio para la compra de un matafuego y una máquina de escribir.

Foto: Archivo Angú Vázquez

El abandono como política silenciosa
Con el tiempo, aquella biblioteca pública pasó a ser considerada “escolar” y quedó bajo la órbita del Ministerio de Educación de la Ciudad. El cambio no fue menor: el espacio público terminó desmantelado y la ayuda de la Asociación de Exalumnos perdió su razón de ser.
El caso expone una paradoja frecuente: mientras se discuten los resultados de pruebas como PISA, se descuidan espacios concretos de acceso a la lectura y al conocimiento. Más que un problema de estadísticas, la historia de esta biblioteca revela una deuda pendiente con la preservación de la cultura.

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