La filosofía baja al barrio

Kusch, Astrada y una declaración que devuelve el pensamiento a la calle
En San Telmo, a veces la historia permanece oculta en pequeños detalles: una baldosa floja, un café que resiste, una familia que hace generaciones vive en la misma cuadra. En la calle Perú al 1400, donde la Comuna 1 convive con turistas, ferias y edificios centenarios, también se gestó un libro que acaba de ser declarado de interés cultural y educativo: «Carlos Astrada y Rodolfo Kusch. Diálogos entre el ser y el estar siendo», su autor, Fernando Delfino Polo, obviamente vecino del barrio del empedrado.

La noticia podría leerse como un trámite institucional, pero en realidad es otra cosa: un reconocimiento a una tradición filosófica argentina que durante décadas fue tratada como un rumor, una rareza o un gesto excéntrico. Delfino Polo, vecino del barrio, decidió que ya era hora de ponerla en primer plano.

Un libro que abre una puerta: Astrada y Kusch, dos modos de pensar desde acá
La obra, publicada por Editorial CICCUS en 2025, recupera el vínculo intelectual entre Carlos Astrada —el cordobés que estudió con Heidegger y volvió decidido a fundar una filosofía nacional— y Rodolfo Kusch, el porteño que se fue a vivir al norte argentino, más precisamente a las coloridas montañas de Maimará, para entender América Latina desde sus raíces culturales.

Astrada, figura clave del siglo XX, no solo enseñó en la UBA: creó el Instituto de Filosofía, impulsó los «Cuadernos de Filosofía» y tuvo un rol central en el Primer Congreso Nacional de Filosofía de 1949, un evento que buscó, por primera vez, pensar el país desde el país.

Kusch, por su parte, transitó por otros territorios. Viajó por Bolivia, Perú y el norte argentino, y encontró en las prácticas populares —la lengua, los rituales, la vida comunitaria— una clave para comprender la existencia latinoamericana. Su distinción entre ser y estar no es un tecnicismo: es una forma de leer cómo habitamos el mundo.

El texto sostiene que Kusch reconoció en Astrada una referencia decisiva, aunque luego se apartara de la academia para construir una filosofía más cercana a la experiencia cotidiana. Ese gesto —salir del aula para escuchar la calle— es uno de los hilos que Delfino Polo recupera con mayor claridad.

El Kusch porteño: tango, lunfardo y la mala vida como categorías filosóficas
Hay un Kusch que suele quedar opacado por el Kusch andino. El libro lo rescata: el Kusch que vivió en Buenos Aires, que observó la vida barrial, que escribió sobre la “mala vida porteña” y que encontró en el tango y el lunfardo una ontología urbana.

En «Indios, porteños y dioses» y «De la mala vida porteña», el filósofo muestra que la ciudad también produce pensamiento. Que los cafés, los barrios, las esquinas y los personajes que los habitan son formas de estar en el mundo que merecen ser pensadas. Que la identidad porteña no es solo estética: es una experiencia existencial.

El autor y su territorio: San Telmo como laboratorio cultural
Fernando Delfino Polo no escribe desde afuera. Su familia vive en San Telmo desde hace décadas; él estudió en sus escuelas, se formó en Filosofía en la UBA y hoy cursa la Especialización en Pensamiento Argentino y Latinoamericano en la UNLa. Publica en la revista Contrafilo y participa activamente en la vida comunitaria del barrio.

Fue parte de la reorganización de la cooperadora del Centro de Salud de San Telmo (CeSAC 15), que, tras años de intensa lucha comunitaria, logró recuperar y dar vida al exPadelai, y actualmente impulsa «Casco Histórico. Comunidad Cultural», un espacio que acompaña y difunde artistas y músicos locales. Su libro, entonces, no solo reconstruye una tradición filosófica: también reafirma que los barrios son territorios de producción cultural.

Una declaración que dice más de lo que parece
La Junta Comunal N° 1 declaró el libro de interés cultural y educativo porque reconoce su aporte a la filosofía argentina y latinoamericana, pero también porque entiende que la obra devuelve valor simbólico a los barrios históricos de la Comuna: San Telmo, Montserrat, Constitución, el casco histórico.

La declaración, en el fondo, afirma algo que Kusch ya intuía: que pensar desde acá no es un gesto menor. Que la filosofía puede nacer en una esquina, en un mercado, en un patio. Que la ciudad es también un territorio ontológico.

En tiempos donde la producción cultural suele medirse por su impacto inmediato, este reconocimiento recupera una tradición que se mueve más lento, pero que deja huellas profundas. La filosofía argentina —esa que muchos creyeron inexistente— vuelve a aparecer, esta vez desde un barrio que sabe que la historia no se conserva: se vive.

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