La Otra Historia de Buenos Aires

Antecedentes
PARTE XXIV
La expansión del Imperio

por Gabriel Luna

Nunca jamás en la Historia había ocurrido algo semejante. Caían los valores del renacimiento italiano frente al absolutismo; y el Imperio germano español crecía y se expandía simultáneamente por todas partes, tanto en el mundo conocido como en el desconocido. Los ejércitos de Carlos V saqueaban Roma y se extendían por Italia y Francia, pero también invadían México y saqueaban Tenochtitlán y otras ciudades. Sólo algunos barcos españoles llegaron hasta Indonesia por el difícil Estrecho de Magallanes, para extraer y comerciar las especias. Pero muchas flotas llegaban a América. Los ejércitos imperiales incursionaban simultáneamente por América del Norte, por América Central y por América del Sur, buscando sobre todo plata y oro, joyas, esclavos, y además otro paso interoceánico más fácil que el de Magallanes para conseguir las especias. Eran ejércitos de millares o de cientos, con aires de soberbia y conquista, que a veces naufragaban en las tormentas y otras llegaban a buen puerto, que sufrían hambrunas y pestes, que eran malqueridos por los naturales, y a veces acogidos, regalados con banquetes y los favores de bellas nativas. Que a veces obtenían el oro y la plata, y otras veces morían en una nube de flechas, con aspecto de puercoespines, y eran asados y comidos por los nativos. La mayoría fracasaba. Pero los ejércitos seguían llegando al Continente en naves precarias y a pesar de las tormentas. Los traía la ambición y la ideología de la época: el oro, la plata, los honores y los títulos, las leyendas bienhechoras, la religión, y las historias exultantes de caballería, donde las aventuras del héroe se coronaban con la gloria y ninguna adversidad resultaba imposible para un caballero español.

Pánfilo Narváez y Álvar Núñez Cabeza de Vaca
El 12 de abril de 1528, llega a la bahía de Tampa -Florida, Estados Unidos- una flota de 6 barcos con un ejército de 500 hombres, pertrechos y 80 caballos. Esta fuerza comandada por Pánfilo Narváez y, en segundo término, por Álvar Núñez Cabeza de Vaca, había zarpado de Sevilla hacía casi un año.
¿Cómo se formó la expedición? Narváez había tratado de frenar la expansión individual de Hernán Cortés en México (que parecía actuar por las suyas, sin la venia del rey), pero fue vencido por Cortés en la batalla de Cempoala, donde perdió un ojo y cayó prisionero. 1 Álvar Núñez había combatido a favor del rey en la Guerra de las Comunidades y triunfado en la batalla de Villalar, que puso fin a la revuelta castellana. Por los servicios prestados de ambos y considerando la financiación de Narváez -que era hombre rico y de muchas relaciones en Cuba-, el rey aprueba y apoya esta expedición al norte de América, la cual llegaría a la península de Florida, donde había terminado la expedición de Esteban Gómez -quien había descubierto y explorado, en 1525, toda la costa este de los actuales países Canadá y Estados Unidos, tratando de encontrar un paso interoceánico hacia las Molucas- 2 y que continuaría buscando el paso, el oro y la plata, que conquistaría el territorio emplazando dos fuertes, y que buscaría la Fuente de la Juventud, una leyenda obsesiva de Narváez, quien quería recuperar las fuerzas y su ojo en esas aguas.
Eran muchos los objetivos, pocos los aprestos, y bastante lo precario. La flota de Pánfilo Narváez y Álvar Núñez encuentra un huracán en Cuba. Dos barcos naufragan. Mueren 60 hombres, 40 desertan. Pierden 15 caballos y los dos barcos. Narváez decide recuperar las fuerzas: invernar en Cuba, reparar los daños, armar otros dos bergantines, reclutar más hombres, comprar caballos, bastimentos. Pone en juego sus relaciones y toda su fortuna en la empresa.
La flota zarpa en marzo, encalla en los bancos de arena del archipiélago de Canarreos durante dos semanas -hasta que sube la marea-, atraviesa después la corriente del Golfo, y llega el 12 de abril de 1528 a la bahía de Tampa, en Florida, donde se ven amplias playas y algunas construcciones nativas, que auguran provisiones e información sobre los objetivos de la flota. Los nativos les dan alimentos pero al día siguiente abandonan la aldea. Los españoles exploran el lugar, encuentran entre las redes abandonadas un pequeño disco de oro (que podría ser parte de un sonajero). Quedan exultantes (alegres como niños). Y hacen el ritual de la fundación -con formación militar, tambores, pífanos, galas y pergaminos-, tomando posesión de las tierras descubiertas en nombre de Carlos V y designando gobernador real a don Pánfilo Narváez. Apropiadas ya las tierras y convertidos de inmediato en súbditos todos los nativos a través de esta ceremonia conquistadora, el ejército avanza hasta otra aldea en procura de más oro y alimentos. Y se produce otro desalojo; pero esta vez logran capturar a algunos nativos y se enteran de que el oro y la plata están más al norte, en el pueblo de los apalaches. Narváez decide entonces dividir su ejército, una parte irá por mar, y la otra -la más pertrechada y numerosa- irá al norte por tierra, dirigida por él y por Álvar Núñez. La columna terrestre avanza arduamente, casi por selva, durante el mes de mayo hasta agotar sus provisiones. Encuentra un río (actualmente llamado Withlacoochee) y una aldea -que también se desaloja-. Saquean maíz, no hay oro ni plata, toman indígenas como esclavos -quienes dan referencias de los apalaches-. Acampan, y mandan una pequeña expedición siguiendo el río, aguas abajo, para dar con el mar y hacer contacto con la flota. Y llega efectivamente esa expedición al Golfo, donde espera varios días haciendo fuegos y oteando la costa -en un lugar donde hoy está el pueblo de Yankeetown, Florida, EE.UU-, pero ni rastro de los barcos.
Narváez no se amedrenta y ordena seguir hacia el norte para dar con los apalaches. Atraviesan frondas, pantanos, árboles con raíces desnudas como grandes dedos en el agua. Narváez cree avistar en un claro la Fuente de la Juventud que tanto busca, pero es sólo una laguna con caimanes. Ya están faltos de provisiones y cansados de la selva, cuando el 25 de junio llegan al territorio apalache. Se trata de un pueblo periférico de unas cincuenta casas, que los españoles toman por la capital apalache y atacan de inmediato. Huye la mayoría de los habitantes, unos pocos son capturados. Los españoles no encuentran oro, pero sí maíz en abundancia; y ocupan las casas.
Por la noche, una flecha encendida surca el cielo, y luego otra, y otra; vienen de distintos lugares, se multiplican como una lluvia de fuego, y el pueblo arde en una sola llama. Vuelven los guerreros durante el día, rodean el campamento español, disparan cinco o seis flechas en el tiempo que los soldados disparan sólo un arcabuz o una ballesta, y desaparecen en la selva; vuelven a atacar dos horas después desde otros sitios. La presión se hace insoportable y además los guerreros tienen una puntería sorprendente. Tres semanas después, ya exploradas las inmediaciones en busca de riquezas o prodigios, el ejército imperial emprende la retirada -están cerca de Tallahassee, la actual capital del estado de Florida-. Van hacia el sur, buscan un río para llegar hasta el Golfo y entran en un gran pantano. Los apalaches los persiguen y atacan esporádicamente. Es el mes de julio, verano en el hemisferio norte, el calor, el barro blando, las flechas y el peso de las armaduras hundiéndolos en el agua se hacen insoportable. Algunos mueren en el pantano, entre las raíces de los árboles, otros van heridos o enfermos sobre los caballos; los sanos caminan con el agua hasta la cintura. Y cuando salen del pantano se organizan para combatir. Saquean otra aldea, encuentran un río -el ahora llamado St. Marks- y lo siguen hasta el Golfo. Algunos lloran al ver el mar, pero no hay señales de la flota. Los apalaches todavía siguen atacándolos y produciéndoles bajas en esa especie de guerra de guerrillas del siglo XVI. Comienza agosto, hace mucho calor, Narváez enferma, los ataques son más esporádicos, no llega la flota. La espera del rescate humilla, y un carpintero propone usar las armas y las armaduras como herramientas para construir barcazas. Talan la selva, fabrican los remos, los mástiles, las tablas de los cascos, que calafatean con resina de pino y hojas de palmito, y cosen las camisas para hacer velas. A mediados de septiembre tienen casi terminadas 5 barcazas, aptas para transportar 200 hombres, y el 22 de septiembre zarpan del lugar que ellos llaman Bahía de los Caballos, en honor de los que se han comido para sobrevivir, y que hoy se llama Bahía de los Apalaches en Florida.
El plan era bordear la costa hacia el oeste de modo que, si no encontraban antes el mítico paso interoceánico del norte, llegarían a Cempoala o a otro puerto dominado por España. Era un buen plan, pero se interpuso otra vez la adversidad. En octubre, llegando al delta del Misisipi, cerca de la actual ciudad de Nueva Orleans, sorprende a la flota un huracán (tal vez haya sido de la potencia del Katrina) y la despedaza. Sólo se salvará la barca de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, que llegará a la deriva con quince sobrevivientes exhaustos a una isla muy lejana en noviembre de 1528 -se trata de la isla de Galveston, a 80 kilómetros de la actual ciudad de Houston, Texas-, bautizada entonces por los españoles como la isla Malhado (o de la Mala Suerte). 3

Francisco Pizarro
Mientras Álvar Núñez y los demás náufragos -auxiliados por los indígenas karankawas- se recuperan en América del Norte (e iniciarán después una travesía prodigiosa por Texas, Nuevo México, Sonora y Sinaloa, que durará ocho años), el capitán Francisco César parte desde el fuerte Sancti Spíritus hacia las sierras de los comechingones en Argentina, América del Sur, se trata de una modesta expedición terrestre que a los tres meses volverá con muestras de oro y plata, dando origen a la leyenda de la Ciudad de los Césares. Y también ocurre en noviembre de 1528, que Francisco Pizarro planea desde su casa de Panamá, en América Central, la conquista del Tahuantinsuyo, es decir del Imperio incaico.
Pizarro ya ha hecho dos largas expediciones de preparación y reconocimiento. La primera, zarpó desde Panamá con 118 hombres y dos barcos, recorrió la costa de la actual Colombia, fue atacada por los indígenas y por el hambre, y regresó al cabo de un año con la mitad de la tripulación. La siguiente expedición que zarpó con 160 hombres, duró dos años, gracias a la obstinación de Pizarro. Llegó hasta la isla del Gallo, en Colombia, donde la mayoría decidió regresar. Continuaron sólo trece, incluyendo a Pizarro, que bordearon la costa hacia el sur durante 700 kilómetros hasta la bahía de San Mateo en el actual Ecuador. Y allí, como si fuera un prodigio, se les acercó una nave con pabellón púrpura tripulada por nativos amables, que usaban finas prendas de lana y joyas en las orejas. Intercambiaron regalos. Los españoles vieron en la costa un paisaje diferente, abierto, apacible, con manadas de llamas. Y los nativos los condujeron a Tumbes, una ciudad de altos templos, con plazas, calles y casas de piedra, donde muy bellas mujeres les ofrecieron un banquete en fuentes y jarras de plata.
Pizarro ha llegado al Perú y encontrado el legendario Tahuantinsuyo (es ya como un héroe de las historias de caballería), y ahora planea con sus socios, Almagro y Luque, la cruenta invasión de ese territorio.

(Continuará…)

1.Ver “La lucha entre españoles” en La Otra Historia de Buenos Aires, Libro Primero, Parte VIII, Periódico VAS Nº 142.

2. Ver “Gómez, un navegante y descubridor olvidado” en La Otra Historia de Buenos Aires, Libro Primero, Parte XIV, Periódico VAS Nº 148.

3. Muchos de los datos de esta crónica fueron tomados del libro “Naufragios” escrito por el propio Álvar Núñez Cabeza de Vaca y publicado en 1542.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.