La Otra Historia de Buenos Aires

Segundo Libro

PARTE XXVI B

Los nobles Robles
La primera conquista del desierto

Año 1675. Una de las preocupaciones de Andrés Robles, el entonces gobernador del Río de la Plata, era la reducción de los indígenas pampas al sur de la Trinidad y puerto de Buenos Ayres -en las actuales provincias de Buenos Aires, La Pampa, Río Negro y Chubut-. Se trataba a simple vista de una empresa ardua y peligrosa. De poca posibilidad de éxito y mucha de perder la vida en el intento.
Sin embargo, el 1º de mayo de 1675 el gobernador Robles partió en suntuosa carroza, más carreta con enseres y provisiones, y una guardia montada de sólo seis hombres, rumbo al Sur. Tal era la expedición a los pampas. Apenas había armas. Había una carroza ornamentada tirada por caballos blancos, la guardia con pabellones, y en la carreta de provisiones un baúl, un pífano y dos cajas.

¿Era un acto demencial o sabía Robles algo que nosotros no sabemos?
Sabía de una expedición de cien hombres vuelta a Trinidad el 31 de diciembre de 1674 tras tres meses de buscar una caballada robada por los indios al regidor Cabral Ayala en el pago de La Matanza.[1] La expedición, vuelta sin esa caballada, traía sí ochenta indígenas encomendados, y había informado al Gobernador de la pobreza de los pampas, “que habían sido encomendados y ahora vagaban en ese desierto verde, abandonados por sus encomenderos, porque no les pagaban como se debía ni de ninguna forma”.
La encomienda era la utilización del indígena como mano de obra por particulares. La reducción era su utilización por la Iglesia o por toda la comunidad, en este caso para hacer obra pública o para servir en la defensa de la Aldea, cuestión que interesaba vivamente a Robles porque implicaba cumplir las órdenes de la Corona y aumentar el situado, la plata recibida de Lima para solventar gastos militares.
Fue entonces, con estos datos, órdenes, afán de aumentar el presupuesto, y mucha soberbia, que Robles pergeñó el plan de engañar a los indígenas. Y fue con vestidos deslumbrantes al desierto, con estampas, pabellones, cornetas, pífanos, cajas, y un baúl con monedas de baja ley para seducir a los pampas. Fue como si se tratará de reclutar soldados en la pobreza de los alrededores de Sevilla, de Vigo y de Zamora, y les prometiera a los indígenas la aventura del Nuevo Mundo. Y aunque los pampas eran ellos mismos el Nuevo Mundo y aunque además ya habían sido engañados por los encomenderos, le creyeron a Robles. La campaña del Gobernador ofreciéndoles bienestar y progreso, las monedas y los géneros de Castilla, los oropeles, y la promesa de pertenecer a España, el imperio donde nunca se ponía el sol, conducido por un dios todopoderoso, pudieron con la simpleza y la ignorancia de esta gente, creyeron que iban a tener una vida mejor. Y lo siguieron.
De modo que Robles, que sólo se había alejado 40 leguas -es decir, que no había salido de la actual provincia de Buenos Aires-[2], porque era soberbio pero no suicida, volvió a Trinidad en una procesión triunfante seguido por ocho mil pampas y tubichaminíes, dispuestos a cambiar sus vidas y pertenecer a España. Muy pronto se arrepentirían. Tras el jolgorio indígena (por el engaño de Robles) y de los chacareros (por la llegada de tanta mano de obra barata para la cosecha de trigo), se dividió a los ocho mil en tres reducciones. Todas equidistantes de Buenos Ayres pero bien separadas entre sí para evitar conjuras y levantamientos. Una al norte de Buenos Ayres, a orillas del río Areco -en el actual partido de Zárate-. Otra al oeste, en los márgenes del río Luján. Y la tercera, al sur, en la laguna de Aguirre -actual partido de San Vicente-.

Los negocios del Gobernador
Entusiasmado por el éxito de esta campaña, más doctrinaria y propia de la Iglesia que militar, Robles se dedicó a sus propios negocios, que para eso había venido y traído de ayuda a sus hidalgos sobrinos. Los Robles muy pronto se relacionaron con nuestro ya conocido Amador Rojas Acevedo, de honda convicción y raíz contrabandista,[3]y formaron una asociación dedicada al comercio ilícito (que ellos llamaban libre comercio). Usaban navíos portugueses y holandeses que llegaban a Buenos Ayres con el ardid de las “arribadas forzosas” o que arribaban directamente a puertos clandestinos en los ríos Luján y Areco y en el Riachuelo de los Navíos, donde tenía chacras Rojas Acevedo. El negocio consistía básicamente en comerciar directamente con Perú sin pagar las tasas de la Corona, en desmedro de los mercaderes que hacían la ruta del Pacífico. Y también usaban los propios navíos de registro, que sí estaban autorizados por la Corona para comerciar sin tasas en Buenos Ayres pero no con Perú.
En dos de estos navíos, en el Santa María de Lubeque y el San Jorge, se encontraron cuando volvieron a España fuertes cargamentos de plata potosina, propiedad de Robles y custodiada por sendos sobrinos. La maniobra, que hoy sería titulada como presunto enriquecimiento ilícito y fuga de capitales, no pasó desapercibida.

El libre mercado
Uno de los problemas de la gestión de Robles fue que para hacer sus negocios quebró el orden institucional. Ejemplo. Para enviar su cargamento de plata a España actuó en connivencia con los armadores, los dueños de los navíos de registro. Pero no les ofreció una tajada de la carga sino una ventaja, le quitó al Cabildo la facultad de determinar el precio de los cueros. De este modo, las transacciones se hicieron “libremente” en los navíos entre armadores y exportadores; y por supuesto, el precio de los cueros bajó y aumentó la ganancia de los armadores.
La regulación del Cabildo no sólo protegía a los pequeños productores -que no tenían capacidad de negociación-, sino que concernía también al régimen de las vaquerías que era parte de un orden social. El Cabildo daba los permisos de vaquería según las necesidades de los vecinos y la existencia de ganado cimarrón; es decir: determinaba quiénes, dónde, cuándo y en qué cantidad podían sacrificar animales para el negocio del cuero y fijaba los precios.[4]
El orden institucional apuntaba a una economía social mientras que Robles planteaba el libre mercado, pero no por convicción teórica sino para ahorrarse una tajada de plata.

La gran debacle
Sucedió por los negocios de Robles y terminó por destruir la relación entre el Gobernador y la Iglesia. Aunque esto no fue lo más importante. Ocurrió que los navíos arribados a los puertos clandestinos en los ríos Luján y Areco trajeron la peste. Viruela. Y la muerte diezmó a los pampas y tubichaminíes, que dejaron pronto la promisión del Imperio y volvieron a sus tierras. El arma biológica que un siglo atrás había permitido a los españoles la conquista de México, ahora les jugaba en contra matándoles la fuerza de trabajo. Crecía el horror, el temor al contagio en la Aldea. El obispo Azcona Imberto culpó al Gobernador y el Cabildo también. Robles caía.
En la Corte española, se suman al informe del cargamento de plata más datos y denuncias de la Iglesia y el Cabildo sobre navíos portugueses y holandeses con los contrabandos del Gobernador; hasta que el 7 de mayo de 1677, por cédula inusual y reservada se pide al obispo Azcona Imberto que investigue la conducta de Robles y sus sobrinos. Es el principio del fin. Se comprueba (además de los navíos de la viruela) el desembarco de mercaderías ilícitas en las chacras de Rojas Acevedo, la travesía de un navío holandés -el San Sebastián- que había desembarcado mucha ropa con destino a Perú, la partida comercial de Juan Pozo Silva (terrateniente porteño) y Manuel Robles (sobrino del Gobernador) a Perú en 1676 con tres mil mulas y doce carretas.
Finalmente, el obispo del Río de la Plata, Antonio Azcona Imberto concluye que: “Andrés Robles, sus sobrinos, Pedro Montenegro y Manuel Robles, y además Juan Pozo Silva y Amador Rojas Acevedo han integrado e integran una comandita patrocinada por el primero, para aprovechar el negocio del contrabando con holandeses y portugueses”.

Notas:

[1] Datos consignados en Los nobles Robles, Parte A, Periódico VAS Nº 114.
[2] La expedición anterior en busca de la caballada robada se había alejado 70 leguas.
[3] Amador Rojas Acevedo era nieto de Diego de Vega, quien había iniciado el contrabando a gran escala en el Río de la Plata.
[4] A mediados del siglo XVII ya se notaba la falta de ganado cimarrón y era necesaria la regulación para no perder el recurso.


La Otra Historia de Buenos Aires. Libro II (1636 – 1737)

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Parte III (continuación)
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Parte IV (continuación)
Parte V
Parte V (continuación)
Parte V (continuación)
Parte VI
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Parte VII
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Parte IX
Parte IX (continuación)
Parte X
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Parte XX
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Parte XXIV
Parte XXIV (continuación)
Parte XXIV (continuación)
Parte XXIV (continuación)
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Parte XXVI

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