La Otra Historia de Buenos Aires

Antecedentes
PARTE IV
Magallanes en el Río de la Plata

por Gabriel Luna

Hubo una batida. Los indígenas corrieron dando grandes zancadas entre juncos y totoras, y los españoles -pesados de corazas y armas- no pudieron alcanzarlos. Tampoco quisieron adentrarse mucho en esa tierra desconocida. Al atardecer volvieron a las chalupas artilladas en la orilla y después a los barcos fondeados en el río. Habían corrido a los salvajes que comieron a Solís y sus oficiales, habían demostrado que eran fuertes y valientes, que no les pasaría a ellos lo de Solís. Sin embargo, pese al triunfo y a la temperatura tropical, no dispusieron hacer noche en la orilla -como solían hacer en Río de Janeiro- y subieron todos a los barcos. Hubo regocijos, rondas de vino.
Ocurre entonces algo insólito. Amparada en la noche, una canoa parte de la orilla y llega hasta la nao Trinidad donde está Magallanes. La guardia, todavía en festejo, da el alerta recién cuando la canoa toca el castillo de proa. Hay un nativo sin armas, emplumado, tal vez un cacique, que acomodado entre pieles y almohadas espera a que lo descubran. El cacique pide por señas subir a bordo. Se encienden los faroles de la Trinidad y después los faroles de toda la flota. No se ven otras canoas cerca de la Trinidad, tampoco junto a las demás naos. No hay nada que perder, razona el Almirante, y sí la posibilidad de ganar algo. Plantado en cubierta frente a Magallanes y Pigafetta, y con dos guardias detrás, el indígena sin intimidarse mira todo con atención. Tiene entre veinte y treinta años, aspecto fuerte y saludable, la piel morena como la del Almirante. Magallanes le regala un sayo, ofrece vino, un asiento, y le pregunta mediante señas e intercalando algunas palabras en guaraní -aportadas por Pigafetta- si conoce otro mar hacia el oeste, un mar por donde se pone el sol. El cacique parece entender, explica que él no lo ha visto pero que ha oído hablar de ese mar, y de montañas relumbrantes por donde se pone el sol. Magallanes deja pasar lo de las montañas y se concentra en el paso interoceánico. Pero el visitante sólo se refiere a los ríos que desembocan en el estuario, a pampas húmedas y a selvas con jaguares. No consigue ubicar el paso que le solicitan. Le preguntan entonces por provisiones. Ofrecen campanillas, espejitos, bonetes, tijeras y anzuelos a cambio de alimentos -tal como habían hecho con los indígenas de Río de Janeiro-. El visitante mira los objetos, pero mira más atentamente a Magallanes y a la tripulación. Luego se levanta despacio, toma el sayo regalado. Hace una especie de saludo y parte.

Nunca más volvieron a verlo. ¿Por qué no aceptaba el trueque de objetos por alimentos? ¿Por qué había llegado hasta ellos justo después de la batida en la orilla? ¿No les temía? ¿Por qué había expuesto su vida presentándose así? ¿Y por qué ahora la flota le resultaba indiferente? ¿Qué había querido de ellos? ¿Quién era ese visitante?
Magallanes y la tripulación no encontraban respuestas. Tampoco hoy las encuentran los historiadores. Pero hay hipótesis. Lo que no sabía Magallanes, y saben los historiadores, es que entre los que bajaron a tierra con Solís hubo un sobreviviente. Los indígenas se comieron a Solís y sus oficiales, pero perdonaron la vida al grumete Francisco del Puerto y lo llevaron a vivir con ellos. La antropofagia era parte de un ritual guerrero guaraní. Esto ya lo conocían el piloto Carvalho y el cronista Pigafetta, de sus indagaciones en Río de Janeiro. Hoy se conoce que se comían a sus enemigos salvo a uno, que era preservado y enviado tiempo después a los suyos para contar lo sucedido y amedrentarlos.1 Es posible entonces que a cuatro años de la matanza (sin que hayan vuelto los españoles) e inmediatamente después de la batida, Francisco del Puerto haya sido enviado al enemigo para contar lo sucedido y disuadirlo. Es posible que Francisco del Puerto -abandonado y náufrago de España- fuera el misterioso visitante. No se sabe. Pero es posible que lo fuera, y que al entender que la flota iba por otros asuntos lejanos, y que no ofrecía peligro inminente para la tribu, partiera sin más. Esto habría sido lo importante de su misión. Y puede que no haya querido hablar porque si lo hacía corría el riesgo de ser retenido, asimilado a la flota como guía e intérprete. Hubiera hablado español en el último caso, ante el riesgo de perder la vida. La lengua era un seguro. Y por eso (con esta carta bajo la manga) era que el visitante se exponía en solitario y sin intimidarse. Hasta aquí la hipótesis.
Se sabe sí que, siete años después, en abril de 1527, en este estuario del Río de la Plata, el piloto mayor Sebastián Gaboto -al mando de la segunda expedición a las Molucas- encontrará al indiano Francisco del Puerto en una canoa y lo tomará como guía e intérprete.

Francisco del Puerto en el Río de la Plata, Alejo García en Brasil, Gonzalo Guerrero en el Caribe, y tantos otros (de los que no se ocupa la Historia), fueron náufragos de flotas españolas que se asimilaron a las comunidades indígenas. Pudieron ser “rescatados” pero no quisieron. Y nunca volvieron al Imperio. Habían encontrado -tal como le ocurrió a la tripulación de Magallanes en Río de Janeiro-2 los paraísos terrenales. O al menos, lugares sin las fuertes exigencias militares y eclesiásticas españolas, ni las marcadas jerarquías nobiliarias de obediencias serviles. Lugares apacibles, hermosos, templados, de abundancia, vida longeva, y de alegres mujeres desnudas. Lugares sin pobreza; sin guerras eternas, hambrunas, ni tormentas marinas.
Estos náufragos, en su mayoría grumetes o marineros, no venían de la nobleza europea sino de la pobreza de los puertos. No venían por fama y honores, y tampoco por una riqueza palaciega. Tendrían sólo la oportunidad de comprar una chabola y de tener un sustento humilde… si es que volvían. De modo que náufragos, entre el cielo y el mar, pero libres de la disciplina celeste de los curas y de la disciplina marina de los oficiales, elegían los paraísos terrenales. Reconocían a los originarios y eran a su vez reconocidos, se asimilaban a las tribus, intercambiaban saberes, formaban familias. Fueron los padres del mestizaje. Defendieron su arraigo y hasta combatieron al Imperio español.
Tal es el caso de Gonzalo Guerrero que naufragó en el Caribe, frente a Yucatán en 1511, y fue recogido por los mayas. Cuando ocho años después, en 1519, Hernán Cortés llegó a la isla Cozumel -donde había una ciudad maya- y se enteró de la existencia del náufrago, quiso rescatarlo. Gonzalo Guerrero estaba asentado en un pueblo selvático de Yucatán y Cortés envió un navío al continente para buscarlo. Iban 20 ballesteros, una comitiva indígena, cuentas verdes y espejos para el rescate, y una carta de Cortés para el náufrago, donde lo llama Señor y hermano, le rinde honores y pide encarecidamente que se reúna con él, menciona el rescate, para pagar en el caso de que hubiera sido detenido por algún cacique, reitera los respetos y le dice que lo esperará en Cozumel, con 500 hombres y 11 navíos, a punto de zarpar hacia Tabasco e iniciar la conquista.
No había verdadera solidaridad, fraternidad ni respeto, en la invitación de Cortés (pese a su apellido). Tenía necesidad de Guerrero para usarlo como intérprete y guía en la invasión que estaba a punto de comenzar. Gonzalo Guerrero (como sí lo indica el apellido) había sido soldado -arcabucero- en la famosa guerra de Granada que puso fin a los ocho siglos de dominación árabe, había guerreado por España en Nápoles, fue pobre en Sevilla, después marinero hacia el Nuevo Mundo, náufrago, cautivo, indígena, otra vez guerrero -pero esta vez maya-. Y era cacique, desposado con princesa maya y padre de tres hijos, cuando recibió la carta de Cortés.
Gonzalo Guerrero rehúsa la invitación, dice que está arraigado, casado con mujer hermosa, con hijos guapos, que tiene la piel labrada y horadadas las orejas, dice que ya tiene otras costumbres. Y que es hombre libre, cacique, y como tal recibe y agradece el rescate por el cautivo que era.
Duro revés para Cortés. Sin embargo, el Capitán general tiene otra carta (y no es metáfora), idéntica a la anterior, que envía a Gerónimo Aguilar, el otro sobreviviente que había naufragado junto a Gonzalo Guerrero. Natural de la provincia de Sevilla, Gerónimo Aguilar tenía 22 años cuando naufragó. Había sido diácono (una especie de cura de segundo orden que no hace votos de castidad), fue cautivo, vivía en un pueblo distante al de Guerrero, no se asimiló a los mayas, no tocó mujer, ni se separaba de su libro de oraciones, tampoco guerreaba, cazaba, ni cultivaba, de modo que seguía cautivo y servía en las tareas domésticas.
Aguilar acepta entusiasta la invitación y -rescate mediante- se reúne con Cortés en la isla Cozumel. A partir de entonces avanza la invasión a México. Zarpa la flota hacia el continente y llega a la provincia maya de Tabasco. Cortés se comunica con los nativos por medio de Gerónimo Aguilar y conoce sus fuerzas y debilidades. Cortés reclama provisiones, cuando es servido reclama más, aborrece las creencias nativas, trata de imponer al Dios católico, entra a la ciudad de Potonchán con soldados, toma alimentos, va creando un clima insoportable hasta que los nativos le niegan apoyo, se oponen a él. Y surge así el conflicto que buscaba. Soldados entrenados, con armaduras, ballestas, cañones, adargas, tácticas de guerra y caballos -que los mayas desconocían- arrasan Tabasco. Pelean contra indígenas desnudos -sin defensas, armas convenientes ni preparación- y hacen una matanza de cuatrocientos en la denominada batalla de Centla. Ocupan y saquean Potonchán. El ejército mancilla y se acomoda en el Templo central de la ciudad.
Tras el triunfo obtienen todas las provisiones que quieren, piezas de oro, joyas, y un grupo de veinte mujeres jóvenes, que Cortés reparte como esclavas -bautismo previo- entre él y sus oficiales. Una de estas mujeres, inteligente y hermosa -bautizada Marina y conocida después como La Malinche- habla maya y náhuatl, la lengua del Imperio mexica. De modo que entre Gerónimo Aguilar, que habla castellano y maya, y Marina que habla maya y náhuatl, podrá Cortés entender y hacerse entender con los aztecas. Algo fundamental, que le permitirá a Cortés hacer engaños, agenciar guerras entre los pueblos mexica, establecer alianzas convenientes, encontrar debilidades, esparcir el catolicismo… Es decir, que le permitirá a Cortés invadir México.

(Continuará…)

 

1.  Con esta idea Juan José Saer escribió la novela El entenado, basada precisamente en la vida de Francisco del Puerto.
2. Ver La Otra Historia de Buenos Aires, Parte III, Periódico VAS Nº 137.

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