La violencia está entre nosotras

por Helena Pérez Bellas

 

Las acusaciones contra músicos argentinos no parece detenerse. La puerta que se abrió con la prisión preventiva para Cristian Aldana y el video en el que Mailen Frías acusa a Miguel del Popolo de violación, mostrando la denuncia ante la justicia, no se cierra. Las acusaciones tocaron a otros músicos como Santiago Aysine (líder de Salta La Banca) y también provocaron que la historia del rock fuera revisada y se desempolvaron archivos como los de Ciro Pertusi (Ataque 77 y Jauría) con cuestionables declaraciones sobre menores de edad. Algunas denuncias tienen sus presentaciones ante la justicia y siguen su curso, otras funcionan como advertencias para las mujeres. A estas últimas se las denomina escraches y fueron cuestionadas por diversos medios de rock (Inrockuptibles Indie Hoy) por parte de mujeres que dicen es hora de revisar la modalidad. Sin decir de manera tajante que la metodología del escrache está mal y abriendo preguntas, cuestionan si el método sirve de algo y si, hoy por hoy, es o no una medida agotada. Esto llega luego de que Franco Salvador (baterista de Pez) fuera  mencionado  como abusador, en el blog Ya No Nos Callamos Más y la banda emitiera un comunicado negando las acusaciones. Dos días después, la banda sería desmentida por un ex asistente que afirma haber presenciado los supuestos hechos de abuso contra fanáticas de Pez en diversas giras. Luego de eso, la banda se llamó a silencio y levantó todas sus fechas.La noticia fue levantada por numerosos medios, desde Infobae a Rolling Stone. A eso se le suman acusaciones contra Sebastián Carreras, líder de la Entre Ríos, y el productor y músico Santiago Pedro Palenque (alias Jean Deon) al cual se le dedicó un blog entero con diversas acusaciones. Meses atrás, el músico mendocino Lucas Bocci emitió un descargo en el cual afirmaba que existían rumores sobre supuestos abusos cometidos por él y, escudándose en la deconstrucción y el feminismo, afirmaba haber ejercido el machismo pero no ser responsable de ningún abuso. Lo curioso del accionar de Bocci es que jamás fue nombrado en ningún blog o plataforma de defensa feminista. Cabe preguntarse por qué salir a desmentir algo que no tiene ni siquiera una advertencia anónima como fuente. Quizás el tiempo dé una respuesta. Mientras tanto, lo que hay es una seguidilla de acusaciones anónimas que convergen todas en el blog Ya No Nos Callamos Más y que luego se viralizan en diversos medios y diversas plataformas online.  Antes de preguntarse si la herramienta del escrache se encuentra agotada o no, habría que preguntarse cómo una sociedad llega a este punto crítico. Si el Estado es el primer damnificado bajo la tutela del código penal y reconoce mediante esos mecanismo que no fue capaz de cuidar a sus ciudadanas ¿Son las mujeres las que están fallando? ¿O acaso la modalidad del escrache en realidad son dos denuncias? Contra los hombres una. Contra el vacío de justicia, luego.

En la nota titulada “Discutamos los escraches, discutamos a los tipos” la periodista Romina Zanellato dice sobre el escrache que puede existir “un riesgo enorme de que se use este método para denigrar a una persona, para cagarle la vida a alguien”.  Dos cosas hay para contestar aquí. La primera es desde cuándo el feminismo es una práctica política que tutela y vela por la seguridad de los hombres y se preocupa por su integridad física y su valía, cuando históricamente las mujeres han sido injuriadas, calumniadas y sujetas a rumores sobre su vida privada, sexual, política y pública, siendo por esto castigadas física y verbalmente y, en el colmo de la violencia misógina, asesinadas. Reproduciendo el lenguaje de Zanellato ¿Cuán larga podría ser la lista de mujeres a las que un solo rumor les “cagó” la vida? Por otro lado, y contestando con números y estadísticas oficiales, la preocupación de Zanellato no parece tener correlato con la realidad. Siguiendo los datos de La Casa del Encuentro, el 2017 fue un año record en materia de femicidio. Una mujer asesinada cada 30 horas, el 51% de ellas murieron en su hogar y el 83% de las víctimas conocía al agresor. Muchas de ellas habían realizado la denuncia ante la justicia, tenían perimetrales y hasta contaban con un botón anti pánico. Ninguna de las herramientas puestas a disposición por el sistema judicial detuvo a los agresores. Si el sistema no puede detener hombres que saben que van a terminar presos, cuando no dándose a la fuga, cómo el sistema va a poner límites claros para el accionar de los hombres para con las mujeres. Si culturalmente vivimos sometidas a la más rabiosa impunidad, cómo vamos a poner nuestro tiempo y nuestra energía a una supuesta idea de que existen mujeres que quieren someterse a un proceso penal o civil porque un día se levantaron y decidieron arruinarle la vida a un hombre. Decir eso es también decir otras cosas y es alimentar mitos contra los cuales damos batalla hace años. La mujer vengativa, la mujer despechada, la mujer loca, la mujer mentirosa, la mujer calumniadora. Deslizar que el día de mañana las mujeres podrían llegar a ser responsables de que un hombre termine en la cárcel es desconocer casi por completo cómo funciona el sistema judicial y también la hostilidad de las comisarías, la falta de preparación de personal idóneo para contener víctimas y por sobre todas las cosas, el temor que despiertan los amedrentamientos legales sobre mujeres que ya cargan con un trauma y ven todos los días en los diarios y en la televisión cómo terminan las que intentaron defenderse con las herramientas de la justicia. La preocupación de Zanellato es hipotética. La de las mujeres que denuncian no.

En dicha nota se cita a la abogada Ileana Arduino, que ya había aportado al debate sobre los escraches en una nota publicada por la revista Inrockuptibles. Arduino (que lleva adelante un trabajo destacable como letrada) pone en duda el método y se pregunta si empodera a la mujer o no. Hace diferencia entre situaciones abusivas y delitos y aclara que no son lo mismo. Tiene razón, no es lo mismo un hombre que se pasa de vivo en diversos chats o se comporta de manera insistente, que un hombre que pega, viola y/o somete económicamente a una mujer. Se pregunta qué construyen las mujeres con eso, qué persiguen. Nuevamente hay que preguntarse algo antes ¿Qué han perseguido y qué han construido los hombres, históricamente, cuando han sembrado rumores y mentiras sobre las figuras de las mujeres? A lo que podemos agregar otra pregunta: Si no está tipificado por la ley, ¿cualquier trato para con la mujer es válido?. Lo que se ve ahora es a mujeres revirtiendo la idea de que el único relato válido y la única verdad sobre la historia de las mujeres la van a escribir los hombres. Las mujeres construyen historia oral cuando hablan y también lazos que las acercan unas con las otras. Muchas cuando denuncian construyen amistad con otras y salen de una cárcel propia y acceden a otro sueño: un cuarto propio donde escribir su propia historia. Poner en palabras lo que nos pasa es una manera de comenzar a entenderlo. Cuando las mujeres construyen su historia la revisan, paso fundamental para no repetirla, y también dicen que no van a ser narradas por otros. Ese acto es un arrebato al poder del chisme que tanto daño le ha hecho al género. Andrea Dworkin dice que el chisme fue la fuente histórica para denostar a las mujeres y que, paradójicamente, a lo largo de la historia los hombres han traficado chismes por verdades, afirmaciones o incluso teorías sobre el mundo. Arduino suma una perspectiva legal que es necesaria, pero no todo puede ser mirado bajo ese foco y no toda narrativa sobre el dolor es un paso más hacia el punitivismo. Las mujeres quizás pueden pensar como estrategia no escrachar a los hombres – para de paso sacarse de encima un cuestionamiento que no por estéril deja de resonar – y comenzar a tomar en sus manos su historia y narrarla cómo mejor les parezca. En lugar de pensar si todo esto va a terminar en un desastre para el género masculino, se podría pensar por la positiva y ver cómo ayudamos a las mujeres a que cuenten mejor su historia y cómo las ayudamos a blindarse legalmente a la hora de hacerlo. Nadie puede obligar a una mujer a ir a la justicia y hacer una denuncia. Nadie que sepa lo que es enfrentarse al poder judicial puede empujar a una mujer a lo que quizás sea una de las peores experiencias de su vida. Pero sí podemos contribuir a que esas mujeres hablen de manera pública o de manera privada y con eso no se alienta la destrucción del género masculino. Se alienta a que la palabra de la mujer tenga peso y se revierta, de una vez, la idea fatal de que la mujer no es creíble y que todo lo que hace lo hace desde el resentimiento.

Quizás hay que cuestionar el escrache, pero desde una perspectiva de reivindicación de la palabra de las mujeres. Quizás hay que cuestionar el escrache y empezar a dotarlo de otros nombres y posicionarlo en otros parámetros y refinarlo narrativamente. Quizás antes de cuestionar el método y el uso del lenguaje -muchas veces me he encontrado con comentarios de “qué mal escrito está esto”- hay que contribuir a mejorarlo.  Quizás hay que entender que ante la luz de un feminismo que se hace popular (con todo lo bueno y lo malo que tiene eso), las mujeres revisan su historia y entran en shock y tramitan eso como pueden. Hay que pensar que las mujeres desconocen, en una amplía mayoría, cuál es su potencial sexual ya que no pueden explorarlo libremente. Quizás hay que entender como dice Kate Millet que el sexo para los hombres es una manera de dominación y también una manera de hacer política.  Y que las violencias cometidas en el ámbito privado (desde el abuso hasta la violación) son mecanismos de sometimiento para con una población entera. Y que las mujeres se encuentran ahora en un momento de conmoción y revisan, recuerdan, desentierran cosas que tenían totalmente bloqueadas por un solo motivo: la supervivencia. Y que ahora, acompañadas por otras mujeres que narran, hablan y ponen en palabras, incluso torpemente, eso que les pasó, entienden muchas cosas. Y algunas cosas tienen que ver con su dignidad. Con no sentir más que están locas. Con no hacer más el esfuerzo titánico de tapar una herida profunda. Y si con eso lo que hacen es historia, narrativa y amistad en lugar de justicia, no está mal. No está nada mal. Quizás antes de cargar tanto las tintas sobre los escraches hay que seguir cuestionando las fallas de la justicia. Las herramientas del amo no desmontan la casa del amo. Y la casa del amo, la justicia, es hoy por hoy patriarcal.

Para cerrar cabe una reflexión y es algo que no es fácil de digerir. Los hombres que están siendo acusados ya, no son un peón de campo, un taxista o un portero. Se está viniendo abajo la imagen de que solo un tipo de hombre parece estar programado para el abuso y el delito. Y ahí aparece una perspectiva clasista ¿Cuestionamos los escraches ahora que aparecen hombres “buenos” (músicos, escritores, universitarios, becarios, artistas) porque cuesta poner a ciertas clases sociales en determinados roles? ¿Cuestionamos ahora porque el día de mañana puede aparecer un hombre que conocemos o incluso nuestra pareja?  Quizás las mujeres sí tenemos que preguntarnos algo y debemos hacerlo desde una perspectiva clasista y honesta. Ver que la violencia está entre nosotras y no en una discoteca con una fanática de los boliches o en los feudos de la provincia. Los violentos también existen entre nosotras y puede ser ingrato de ver, doloroso. Pero no por eso menos cierto. El feminismo con perspectiva de clase es necesario para que todos los hombres de todas las clases sociales sean cuestionados y también para no tener una mirada estereotipada y peligrosa sobre la figura de un pibe chorro. Hay que aceptar que antes de cuestionar a las mujeres que toman la palabra hay que abrir los ojos y aceptar que incluso los hombres que nos caen bien son responsables del dolor de otra.

Actualización

Cuando esta nota fue escrita la banda Pez no había emitido ningún tipo de declaraciones.  Lo hizo finalmente el 9 de mayo en la Rolling Stone. La nota firmada por Romina Zanellato y Lucas Garófalo, es un inexplicable derroteo de declaraciones de parte de los músicos. La nota no responde al clásico formato de entrevista, lo que hace todo más extraño. Sin contexto y desconociendo las preguntas y las respuestas en su totalidad, lo que quedan son desafortunadas declaraciones en las cuales sobresale una de parte de Ariel Minimal.

“Entiendo que ahora puede cambiar de opinión, pero eso no me convierte en un abusador. No es retroactivo”

Lo llamativo de la entrevista, es que Pez al negar todo tipo de contacto, pasa a avalar las declaraciones pero en el marco de sexo consentido y entre adultos. Lo que ignora Minimal es que las víctimas de abuso no cambian de opinión, por el contrario se forman una a la luz del feminismo, con elementos necesarios y contundentes para reconocerse como víctimas.

Por otro lado cabe preguntarse en dónde queda el planteo de Zanellato en la nota publicada en Indie Hoy. A la luz de los hechos no parece haber mentiras detrás de los escraches y paradójicamente ella misma lo descubre  frente a las contradicciones de Pez.

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