Linchamientos o nuevas versiones del retroceso como sociedad*

Por Clarisa Ercolano

Una cosa es defenderse. Eso está claro. Si alguien me ataca me defiendo. Y es válido. Otra muy distinta es reventar a patadas en la cabeza a otro que está tirado en el suelo, que es uno solo, y que a mí me “ayuden” 20 personas. Aclaración necesaria al momento de hablar de los linchamientos, por estas horas casi una moda grotesca que muchos intentan encubrir bajo el argumento de legítima defensa o de cansancio de la “gente” por los arrebatos.  Al cierre de esta nota hubo diez casos en menos de quince días. O al menos, diez casos que tuvieron repercusión mediática.

Todo parece haber comenzado en Rosario, esa ciudad maravillosa y extraña donde se vota al socialismo y se margina al pobre, al otro, al distinto, con la misma convicción. Esa ciudad esquizofrénica donde la gente no se preguntó hace unos años cómo aparecían de la nada grupos inversores para construir departamentos y boliches dignos de Miami Beach. Nadie se interrogó por el origen de esos fondos, pero ahora todos se preguntan cómo es que “los narcos” controlan la Ciudad.
David Moreira, 18 años, acusado por unos 50 vecinos de robarse un bolso, agonizó durante 4 días luego de una golpiza que lo desfiguró de tal modo que el padre lo reconoció por un tatuaje que llevaba con el nombre de sus hermanos. De la cara de David poco había quedado, luego de que la turba lo linchara en una incomprensible búsqueda de justicia que encierra en sí misma la comisión de un delito. David tenía 18 años y era el mayor de tres hermanos. Trabajaba como peón de albañil y no tenía antecedentes penales ni entradas en la policía. La madre asegura que se trató de un error. Como sea. David no recibió un juicio, no fue denunciado. A David directamente lo mataron como a un perro, lo golpearon tanto que perdió masa encefálica, para ser más claros, le reventaron a patadas la cabeza.

Extraña cuanto menos el concepto de justicia de una parte de la sociedad que celebra en las redes sociales que haya “uno menos”, pero que poco y nada dice o hace ante otros hechos tanto más delictivos que un pungueo. En Palermo, en dos ocasiones, un actor y un portero, debieron impedir linchamientos en distintas situaciones de robo. En Charcas y Coronel Díaz, el mismo portero que redujo al ladrón admitió que “ni a un perro le pegan así”.
Charcas y Coronel Díaz, a metros del Shopping famoso donde hace unos años, un grupo de cartoneros denunció que pibitos se prostituían en esos baños para financiar su adicción al pegamento; el caso trascendió cuando varios de ellos terminaron en el hospital. Charcas y Coronel Díaz, ahí donde el estacionamiento subterráneo no paga canon por las 350 cocheras que explota a diario. Charcas y Coronel Díaz, donde la Fundación La Alameda detectó más de 50 centros de explotación sexual, mal llamados prostíbulos, donde los afiches y volantes para promocionarlos se cuelgan a toda hora y en todo lugar ante la mirada indiferente de la mayoría. A la “gente” linchadora no parece importarle estos crímenes sino el delito de arrebato.

Consultado por el Periódico VAS, Santiago Gómez, director del Centro de Psicología Cognitiva, advirtió que “las personas que buscan formar grupos de vecinos, para estar preparados y actuar de forma violenta contra los delincuentes, justifican su accionar con pensamientos como “estamos hartos de que nos roben y nadie haga nada”; “entran por una puerta y salen por la otra”. Estos pensamientos y acciones violentas no están tan alejados de los llamados “escuadrones de la muerte” que han existido en otros países, generando el terror social.
“Los robos y actos delictivos, que son siempre violentos, no se pueden combatir con más violencia, porque se genera una retroalimentación negativa que no tiene fin, y lleva la situación al caos social”, explicó Gómez y subrayó que “en los últimos años la gente ha cambiado, pasó de la indiferencia al prójimo, del ‘no te metas’, a formar grupos para defenderse de los delincuentes comunes utilizando la violencia. Esto significa que se pasó de un extremo a otro, de tener una conducta pasiva a otra que resulta totalmente agresiva, ambas son totalmente patológicas”.
Una cadena de responsabilidades, donde el Estado, la Policía y el Poder Judicial hacen agua, es el origen de la marginación y la delincuencia. El hartazgo tan propagado parece dirigirse entonces al eslabón más débil, al chico que sale a robar y no al proxeneta, no al empresario explotador y al funcionario corrupto, que son de apariencia respetable y ropa del Shopping.
Como señaló el psicólogo social Alfredo Moffat a Periódico VAS: “Percibimos al otro como objeto. Alguien a quien no podemos entender, porque es diferente a nosotros -y al ser diferente resulta peligroso-, se convierte en una amenaza. Tenemos una tendencia muy fuerte a marginar todo aquello que nos molesta, y a exterminar todo aquello marginamos”, resume.

Así las cosas, uno de los jóvenes de Palermo recuperó la libertad ya que no tenía antecedentes, ingresos en la policía ni pedidos de captura. El otro, que fue “salvado” por el portero, permanecía al cierre de esta edición internado en el hospital Fernández. En Rosario, la madre de David decidió donar los órganos de su hijo y espera que la justicia no deje caer el caso en el olvido. Allí mismo, una semana antes del linchamiento de David, seis personas persiguieron tirando tiros al aire a dos jóvenes que viajaban en moto, confundiéndolos con delincuentes. Los agresores, admitieron luego el error. Pero a los dos muchachos les habían robado la moto y las zapatillas. Esos mismos ciudadanos que una hora antes, se llenaban la boca y los puños con la palabra justicia.

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* La palabra linchar se debe a William Lynch, un estadounidense que en el siglo XIX formó grupos espontáneos para castigar a los “inadaptados y perversos”. La “Ley Lynch” se extendió hasta mediados del siglo XX y cobró miles de víctimas, en su mayoría hombres de color, que eran colgados y luego incinerados.

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