Los Dueños de la Tierra

“Cuando tenga la tierra
la tendrán los que luchan,
los maestros, los hacheros, los obreros…”
Ariel Petrocelli

por Cristina Sottile

La Sociedad Rural Argentina fue fundada en 1866 por una iniciativa de Eduardo Olivera, con la cual acuerda José Toribio Martínez de Hoz (abuelo de José Alfredo Martínez de Hoz). Sus características elitistas están definidas desde el inicio, ya que no solamente las condiciones determinantes para el ingreso eran y siguen siendo secretas, a la manera de la masonería, sino que las condiciones mínimas (no únicas) eran la propiedad de la tierra y ser productor agropecuario en gran escala. Los pequeños y medianos terratenientes y productores no eran ni son admisibles. La primera conformación de esta sociedad tiene un total de 63 familias, asociadas o emparentadas entre sí de alguna manera, que cuentan en su haber con la mayor cantidad de superficie sembrada y de pastoreo de la República Argentina.

¿Cuáles son los objetivos de la Sociedad Rural?
Esta oligarquía terrateniente tiene como propósito aparente instalar una sociedad para abordar problemas comunes de la producción agropecuaria. Pero no debe olvidarse que este pequeño grupo de socios es el que tiene mayor peso en las decisiones económicas nacionales, en una Argentina definida como Granero del Mundo, donde se prioriza a la producción primaria como principal fuente de ingresos.
Desde la óptica de la Sociedad Rural (SR) todas las demás actividades económicas y las obras del Estado deben orientarse hacia la provisión de mano de obra para el campo, la construcción de rutas y tendidos férreos que confluyan en los puertos -para la extracción de materias primas-, y hacia una legislación que permita la fácil comercialización de los productos de la siembra y de la cría. Este poder económico concentrado en un grupo de familias es tan notorio que, entre 1910 y 1943, de nueve presidentes, cinco fueron parte de la SR. Y también fueron parte ministros, funcionarios, altos personajes de las Fuerzas Armadas y de la Iglesia, que conformaron una red monolítica destinada a perpetuar y proteger un modo de producción y acumulación de capital limitado al mencionado grupo de familias.
El historiador Romain Gainard señala al respecto que “la totalidad de las tierras pampeanas ya tenían dueños en 1884”. Y aporta datos estadísticos detallados de que casi 11 millones de hectáreas ya estaban en manos de sólo 344 propietarios; o sea, a un promedio unitario de casi 32 mil hectáreas. (La Voz, 4/9/2009). Hay que recordar que la conformación de la Argentina como productor agropecuario tiene su origen en dos fenómenos: uno es la expansión de las primeras haciendas sobre territorio “libre” para incrementar la producción; y el segundo es la apropiación violenta de la tierra, cuyo caso paradigmático es la Campaña al “Desierto”, hecha para vencer la resistencia por parte de los pobladores originarios del Sur, que pretendían seguir viviendo en sus tierras. Lo que indica que la denominada Campaña al “Desierto” es una contradicción o un engaño, porque mal puede considerarse desierto un territorio donde el Estado debe hacer una masacre para conseguir la apropiación. Esta campaña de Roca es precisamente uno de los primeros ejemplos de terrorismo de Estado a nivel nacional.
Pero volviendo a considerar los dos fenómenos conformadores, en ambos casos se trata de la apropiación de la tierra. De modo que los principales productores, desde un lugar de patrón de estancia (literalmente), desde la Sociedad Rural y desde las redes institucionales políticas, eclesiásticas y militares, sostienen para la Argentina un rol económico secundario (la extracción de materias primas) basado en la apropiación de la tierra. Aun a mediados del Siglo XX, cuando el auge de la industria pesada produce rápido desarrollo y bienestar económico en la población -incluso en países asolados por guerras mundiales- insisten en este rol. Y a fin de sostener este status quo, que por primera vez ven cuestionado cuando en 1944 se promulga por Decreto Nº 28.169 el Estatuto del Peón Rural, los productores primarios no dudan en ejercer el poder a través de las múltiples herramientas que construyeron a lo largo de años, y que responden a la ideología de la concentración de capitales, la mano de obra barata, y la conformación de pequeños círculos de toma de decisiones. No dudan, desde ese lugar, en apoyar golpes de estado y dictaduras diversas, más o menos sangrientos. No dudan en utilizar los principales medios de difusión -que también pertenecen a este grupo de familias- para exhibir una realidad parcial o tergiversada. No dudan en recurrir a la violencia extrema, como en el caso del bombardeo a Plaza de Mayo, o como los secuestros y asesinatos de la última dictadura.

La nueva apropiación de la tierra
Esta última dictadura es la que permite, después de diezmar una generación, la instalación del neoliberalismo y sus consecuencias: concentración de capital, precarización laboral, exclusión. Es decir, la continuidad ideológica de las políticas coloniales planteadas desde la oligarquía terrateniente de la Sociedad Rural.
Entonces se produce una nueva modalidad de apropiación de la tierra: el avance sobre el espacio público a través de concesiones, privatizaciones y ventas. En 1990, el presidente de la Nación, Carlos Ménem, y su ministro de economía Domingo Cavallo solicitan una tasación del predio público que ocupa la Sociedad Rural en el barrio de Palermo. Y según el Dr Kesselman, integrante del Observatorio de Patrimonio y Políticas Urbanas: “La Administración General de Inmuebles Fiscales tasa el predio en la suma de U$S 943.396.226,43; lo que lleva a que, por resolución 117/91, la Subsecretaría de Hacienda de la Nación establezca que la Sociedad Rural debía pagar un canon mensual de u$s 253.396,00. Por cierto, este canon nunca fue pagado”. (Infobae, 8/1/13).
Tras la tasación, el 20 de Diciembre de 1991, por decreto, violando la Constitución Nacional y adjudicando al predio público la calidad de propiedad privada del Estado, se concreta la venta a la Sociedad Rural del predio que hoy ocupa, en sólo 30 millones de dólares pagaderos en cuotas (que ni siquiera fueron saldadas en su totalidad). Y así se produce una nueva transferencia de riqueza expresada en territorio y en la misma dirección: hacia el pequeño grupo conformado por los dueños de la tierra.

Más apropiaciones e irregularidades
La lista de irregularidades es extensa, se pretende mostrar acá un modus operandi aplicado desde el lugar del poder y con el concurso del Estado, que favorece la apropiación de la tierra y la riqueza por parte de un pequeño grupo, con anclajes en distintos lugares desde donde ejercer este poder, que sigue operando hoy en día incorporando más herramientas y actores.
Recién en 2012, después de un largo camino jurídico, el Decreto 2552/12 declara nula la venta del predio a la Sociedad Rural Argentina, y en 2014 se ordena el procesamiento por el delito de peculado, por la venta a precio vil, del Sr. Carlos Ménem, de Domingo Cavallo y de dirigentes de la Sociedad Rural, del Banco Provincia de Buenos Aires (BAPRO), y de funcionarios públicos involucrados en la solicitud de un crédito de 106 millones de dólares al BAPRO, que no se usó ni se devolvió.
La línea ideológica que confluye en este juicio, que todavía no comienza, tampoco tiene un final en este punto, ya que el espíritu de la “conquista del desierto” (que es una característica de la derecha nacional) muestra otras facetas aggiornadas. Por ejemplo, la apropiación sucede en las ciudades cuando el desplazamiento forzado de la población (igual que en los tiempos de Roca) está vinculado al precio del suelo. De esta manera, de la mano del mercado inmobiliario y con la intervención a favor del Estado municipal, en la Ciudad de Buenos Aires se alienta la privatización del espacio público en cualquiera de sus formas: colocando bares en espacios verdes, privatizando partes del Parque Sarmiento, concesionando a clubes privados parte de espacios verdes para ser usados como lugar de estacionamiento, y cualquier otra modalidad que en el fondo siempre significa lo mismo: la apropiación de la tierra.
Y esta apropiación, aunque venga del lado de inmobiliarias, empresas deportivas, o de cualquier otra fachada que el mercado y la ideología quieran ponerle, siempre ocurre en el mismo sentido: la concentración de la tierra como fuente de riqueza, en las mismas manos de siempre, hacia la derecha.

 

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