Mazamorra y educación mononeuronal…
por Marcelo Valko
Un par de apuntes sobre “La Semana” y el 25 de Mayo. En estas fechas es habitual que los domesticados por la Historia Oficial expliquen los “antecedentes” que llevaron al Primer Gobierno Patrio. Estos domesticadores, muchos “progres” que jamás sacarán los pies del plato, nos cuentan de las noticias provenientes de Europa, nos hablan de Napoleón y la invasión de España, las Juntas y la detención del rey que luego se convierte en “el deseado” y la estrategia de nuestros revolucionarios en utilizar la denominada “Máscara de Fernando VII” para iniciar un gobierno, matizado con llevaderas notas de color. Todo eso no estaría mal si no silenciara más de lo que cuenta. El eje lo ponen fuera del continente, es decir, en Europa. ¿Y de estos lares, ninguna variable interviniente? ¿Siempre somos un cero al as?
El rechazo criollo a las invasiones inglesas dio mucho que pensar a gente que ya tenía su mente puesta en la rebelión de Túpac Amaru II, que levantó al virreinato peruano, y la de su lugarteniente Túpac Katari en el Alto Perú. La rebelión fue de tal magnitud que hizo trastabillar a la Corona Hispana; y, como contrapartida, se produjo la mayor represión conocida hasta entonces con millares de muertos y decenas de miles de desplazados de la zona de conflicto. Y eso, que su rebelión, un verdadero incendio, solo duró medio año… El sustrato revolucionario dejado por Condorcanqui estaba muy presente en San Martín, quien incluso poseía un ejemplar de los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega con profusas anotaciones, un texto que idealizaba el pasado andino y por ello había ingresado al Index librorum prohibitorum de España. Ricardo Rojas, autor del Santo de la Espada, señala que, cuando San Martín estuvo convaleciente en Córdoba durante 1814, tuvo intenciones de editar el libro como “lectura de inspiración patriótica”. El “grito de Tinta” de José Gabriel Condorcanqui, asumido como Túpac Amaru II, dejó rastros simbólicos indelebles en el ideario de Mayo con símbolos como el sol flamígero de los incas en la bandera o estrofas en el Himno Nacional que nos consagra como hijos del incario, incluso la borla del gorro frigio del Escudo que borraron de un plumazo (Véase: Origen “Excepcional” Argentino). Pero aún existe otra omisión fundamental que la historia oficial, desmemoria mediante, oculta detrás de la cesta de mazamorra que tantos actos de educación mononeuronal, cultores del status quo, repiten cada año al recrear en las escuelas el 25 de mayo.
Dos años antes de la primera Invasión Inglesa, Haití declaró su independencia. Fue el segundo país americano en hacerlo. Tras la Revolución Francesa con su declaración de libertad, igualdad y fraternidad, los esclavos africanos de Haití dieron por seguro que tales consignas también serían válidas para ellos. No fue así. Francia envió miles de soldados para aplastar la rebelión de esclavos. Incluso fue hasta allí el mariscal Leclerc, cuñado de Napoleón. Sin embargo, esos esclavos desvalidos que ansiaban ser tratados como seres humanos vencieron a la primera potencia militar de la época y los huesos del mismo Leclerc quedaron allí junto a los de miles de sus soldados. Una sensación de euforia recorrió las capitales latinoamericanas. Tengamos presente que, si aún hoy en día se trae a colación la derrota de EE.UU. en Vietnam hace medio siglo, imaginemos lo que el triunfo haitiano significó en aquel entonces a lo largo de la Patria Grande. En Caracas, Bogotá, Quito, Cuzco, La Paz, Santiago y el Río de La Plata, la noticia se expandió como un fuego de certeza que embriagó a quienes venían rumiando la revolución. Si unos esclavos desnudos y desarrapados, sin ayuda de nadie, derrotaron a las tropas del mismísimo Bonaparte, todo era posible. Por lo tanto, Túpac Amaru II en 1781, al igual que la independencia de Haití en 1804, influyeron de modo decisivo en sus contemporáneos, al igual que hoy en día perduran los ecos de Cuba o el Mayo Francés.
En cambio, nuestra Historia Oficial, esa obra maestra de la oligarquía tal como la define Hernández Arregui, en lugar de señalar la influencia de esos episodios fundamentales, lo deshace con maquillaje semántico y nos empacha con mazamorra enmascarando la historia. Borraron el significado de lo que representó para América que un ejército de personas que fueron esclavizadas lograra derrotar a una potencia militar como la Francia napoleónica. El impacto fue tremendo para todos aquellos revolucionarios que conspiraban para deshacerse de la “Madre Patria” y estaban lejos de aquella “angustia” de la que habló el entonces presidente Macri. Evaporaron su influencia en los procesos independentistas americanos. Pocos imaginan, tal como demuestro en “Esclavitud y Afrodescendientes”, publicado por Continente, que a mediados del siglo XIX se editaban en Buenos Aires una decena de periódicos afroporteños de orientaciones variadas como La Raza Africana, El Proletario, La Igualdad, El negro Timoteo, La Juventud, La Broma, La Perla, El Unionista, El Artesano o La Ortiga.
Como tantos, al igual que muchos lectores, fuimos partícipes involuntarios de este catecismo de la amnesia. Cuando iba a la escuela, mi mamá debió pintarme la cara con un corcho quemado para actuar como un inofensivo negrito vendedor de velas; las chicas eran las que hacían de negritas mazamorreras, tal como indica la división del trabajo según el género. Cuando la historia oficial busca invisibilizar la verdad mediante un relato, necesita innumerable cantidad de cómplices; la mayoría lo hace ignorando el triste papel que desarrolla; obvio, no me refiero a los niños.
Es hora de decir basta. No se puede perdonar ni tolerar semejante culto al olvido de los domesticadores del imaginario. Basta de reducir al movimiento revolucionario de Mayo asociándolo con la lluvia, paraguas, un balcón, a la mazamorra y a un pueblo siempre en el rol de partenaire ignorante preguntando: «¿Qué pasa?». El pueblo siempre sabe qué pasa, por eso buscan adormecerlo con tales relatos que solo sirven al mantenimiento de un status quo que nada bueno nos ha dejado.
El palabrerío oficial puede sonar verosímil, puede tener el consenso de sus creyentes, pero eso no lo convierte en verídico y mucho menos cuando se procura que una verdad potente se haga silencio en los documentos. El poder tiene pánico en recordar; por eso reelabora un pasado acorde a su presente para que todo siga igual en el futuro. La manipulación de la historia que arroja todo lo que desentona fuera de los márgenes es antigua como el mundo, superar esa falsedad ideológica al servicio del statu quo, léase dependencia y su narración impostora, es la tarea que debemos plantearnos. Hoy, esa historia oficial cruje y las voces que vienen de lejos se alzan contra el olvido. En definitiva, propongo pensar, en lugar de ser pensados. ¡Es hora de dejar atrás la mazamorra y volver a Mayo! Es lento, pero viene…
