Periódico VAS 208. Arte de tapa
Hambre, de Rómulo Macció
por Mariane Pécora
Sus talleres estuvieron ubicados en los barrios de La Boca y Monserrat en la Ciudad de Buenos Aires. Al igual que el “Megafón” de Leopoldo Marechal, Rómulo Macció fue un autodidacta; en el plano terrenal trabajó en publicidad y diseño gráfico; en el celestial se dedicó a la pintura. En 1958 integró el grupo Boa, que defendía, en la continuidad de los postulados bretonianos, el “automatismo gestual”. A fines de 1961, junto con Ernesto Deira, Luis Felipe Noé y Jorge de la Vega, formó el grupo Nueva Figuración.
Nueva Figuración fue un estallido. Un modo de volver a la figura humana cuando la abstracción parecía haberlo devorado todo. En esencia, fue una rebelión contra la idea misma de “obra” tal como venía del Renacimiento. El intento de pintar no lo que se ve, sino lo que duele. Y en ese gesto, Macció encontró su territorio natural.
La urgencia por mostrar el caos, la fractura y la violencia del mundo en ese clima político convulsionado de los años ’60, marcado por golpes de Estado, represión y jóvenes ocupando las calles, colocó a la figura humana en el centro de la escena y al mismo tiempo hizo de ella un campo de batalla, expresado en cuerpos fragmentados, gestos violentos, colores que estallan.
El drama de la existencia humana es el tema que vertebra e identifica de manera singular la obra de Macció. Rostros y cuerpos deformados, fragmentados o germinados constituyen la iconografía de lo humano dentro de la realidad autónoma de la pintura, sin alusiones a otros referentes. Resplandece el diálogo minucioso del artista con la tradición pictórica y la crítica a la sociedad de consumo.
El dibujo es el esqueleto de su pintura, y es también el medio en el cual despliega su trazo limpio y un sofisticado manejo de la profundidad y de la multidireccionalidad de la línea que da lugar a repertorios fantasiosos e hilarantes.
En su producción temprana prevalecen la gestualidad, la chorreadura y la superposición. La pintura es encarnadura de sí en espesos empastes y sucesivas capas de materia. Se destaca la inclusión de un lenguaje proveniente del diseño gráfico publicitario en el uso de los colores planos, el contorno negro y los grafismos. En su obra permite que la imagen se haga presente, no sólo en su aspecto representativo, sino en su condición de signo.
Hambre, pintado en 1961, es un cuadro que desgarra. Una figura casi humana —rota, deshecha, empujada al borde de sí misma— emerge entre brochazos violentos que parecen más un espasmo que una composición. El lienzo entero vibra como si estuviera a punto de estallar. Allí, el hambre se expresa como una intemperie del cuerpo y del espíritu.
La obra, hoy resguardada por el Museo Nacional de Bellas Artes, condensa el giro decisivo de Macció hacia la Nueva Figuración,donde la figura humana aparece como una herida abierta.
