Rodolfo Livingston: Aprender a Construir con la Gente

entrevista: Mariane Pécora

Es uno de los arquitectos más conocidos del país. Sin embargo, sus obras no “pesan” tanto como su nombre. Inspirador de la iniciativa cubana Arquitectos de la Comunidad, desde hace casi de cincuenta años desarrolla un método de arquitectura participativa: hacer “para” la gente y no “pese” a la gente. Experiencia que la socióloga chilena Marta Harnecker, plasma en el libro Diseñando con los Vecinos de la Manzana. Rodolfo Livingston: un arquitecto de nuevo tipo , publicado recientemente en Cuba por Ediciones Mepla. Fue docente en la universidades del Noroeste, de La Plata y Buenos Aires. Es autor de diez libros, entre los que se destacan: Cirugía de Casas (1990), Arquitectura y Autoritarismo (1991), Arquitectos de la Comunidad y El Método (2002), y el ingenioso Memorias de un Funcionario (1991) donde relata su experiencia como director del Centro Cultural Recoleta en 1989, de donde fue expulsado.

En esta entrevista Rodolfo Livingston, advierte y reflexiona acerca de la usurpación del espacio público que hacen las corporaciones en nuestra ciudad.

Ameno, cordial, posee la virtud de inducir reflexiones a través del humor. Característica esta, que le ha dado satisfacciones en su desempeño docente y profesional. En 1960, cae en sus manos el libro de Sartre y Simone de Beauvoir El Huracán sobre el Azúcar y decide viajar a Cuba como voluntario. Lo designan a la ciudad de Baracoa, donde le encargan la urbanización de un barrio insalubre. Los recursos eran escasos, las comunicaciones inexistentes. La gente desconfiaba. Un día reunió a todos los vecinos para preguntarles cómo creían que debían hacerse sus viviendas aprovechado de la mejor manera los materiales del lugar. Entonces surgió el primer bosquejo, hecho con una varilla en la tierra, que se convirtió después en un barrio construido a la medida de sus habitantes. Lo habían diseñado entre todos y estaban contentos. Esta experiencia fue el puntapié para desarrollar su método de trabajo

Subvirtiendo el mito de que el arquitecto sólo está para hacer grandes obras, Livingston se especializó en la remodelación y refacción de casas. Treinta años más tarde, tras la publicación de su primer libro, Cirugías de Casas , lo invitan a dictar un seminario en Cuba. Allí “encanta” a los cubanos, y difunde su método en toda la isla. Se forma así: Arquitectos de Familia, un equipo de profesionales que asesoran a la gente a muy bajo costo. En 1994 el gobierno cubano impulsa el plan Arquitectos de la Comunidad, que consiste en un sistema participativo para pensar la vivienda. En la actualidad dicta estos seminarios en Venezuela.

P. Vas: ¿Se podría decir que usted ha revolucionado la arquitectura, o mejor dicho, que ha subvertido el concepto tradicional de arquitectura?

R. Livingston. Sí, creo que soy un revolucionario. Considero que la arquitectura tiene que estar al servicio de la gente, para darle comodidad y hacerla más feliz. No para satisfacer la vanidad de los arquitectos con formas exóticas, como sostiene la academia de la profesión. A lo largo de la historia de la humanidad los arquitectos siempre atendieron a príncipes y papas. Nunca a la gente. Nadie sabe quién hizo la casa de Aristóteles, de Sócrates o Platón. La gente común construía sus casas con la misma facilidad y coherencia que hacía las comidas: usando los materiales del lugar, adaptándolas al clima y las costumbres. A partir de la revolución industrial, el terreno se convierte en mercancía y comienza la construcción de viviendas en forma masiva. Pero nunca se le preguntó a la gente qué necesitaba realmente. Desde la antigüedad hasta ahora nada ha cambiado, es más, a los grandes templos se le sumaron los shoppings . Claro que hay excepciones, en un barrio o en un pueblo el arquitecto se hace a fuerza de escuchar a la gente. A un joven de la facultad, le enseñan en segundo año a diseñar un aeropuerto pero cuando se recibe no sabe solucionar un problema en la casa de su tía en Lanús.

P.Vas: ¿Qué relación existe entre urbanismo e identidad?

R. Livingston. La identidad se apoya en signos visuales. Si uno sale una mañana y en la esquina donde estaba el café hay un baldío, y llega a la Av. Corrientes y el Obelisco no está, se vuelve loco. Por eso, en los peores momentos de la represión encapuchaban a los detenidos; les quitaban la visón y así los desorganizaban con respecto al tiempo y al espacio. Las letras de los tangos reflejan esta noción de identidad, hasta te diría, mejor que los sociólogos. Por ejemplo: el tango María dice: “Esta mesa, este espejo y estos cuadros guardan ecos del eco de tu voz” . No se trata sólo de un espejo y unos cuadros, significan mucho más. Constituyen signos visuales. Muchos edificios, son representativos de nuestra identidad más allá del valor académico o arquitectónico que puedan tener. Hay bares que nunca debieron ser remodelados, edificios que nunca debieron ser derribados. El Zoológico no debiera haber dejado suelto a Sofovich ahí dentro… (risas) Antes tenía un recorrido que estaba tan sabiamente pensado, que uno creía que era algo inmenso a pesar de sus pocas manzanas. Ahora lo único que tenemos son carteles de publicidad de tres metros de altura. Me recuerda a ese arquitecto norteamericano que cuando le preguntaron: ¿qué es el espacio?, contestó: un lugar para hacer negocios.

P. Vas: ¿Qué opinión le merece la política de planificación urbana de nuestra ciudad?

R. Livingston. ¡No hay una política de planificación urbana! Existen algunos pequeños impulsos, pero los jefes de gobierno, uno tras otro, terminan aliándose a los brokers , emprendedores o desarrolladores como se les llaman ahora… El caso de la Sociedad Rural es paradigmático: se vendió un terreno público en 30 millones de dólares estando tasado en 900 millones. Con la anuencia de Ibarra, se formó una corporación para hacer una sede de convenciones y un centro de ocio con 14 cines, restaurantes y estacionamiento para 2.000 vehículos… Esto, para lo único que va a servir es para que De Narváez y Miguenz hagan negocios. ¡Todo es ilegal! Tan ilegal como lo que están haciendo en Puerto Madero, donde una corporación avanza sobre el espacio que nos pertenece a todos los ciudadanos para hacer negocios. Como te decía antes, el espacio no es para la gente sino para que las corporaciones hagan negocios. Y los jefes de gobierno no son nuestros representantes, sino aliados de esas corporaciones.

P. Vas: El ensanche de veredas de Av. Corrientes, desde Callao a Cerrito, se hizo sin poner uno sólo árbol de los que contemplaba el proyecto inicial. ¿Qué opina de eso?

R. Livingston. Que es un desastre. Y la culpa no es sólo de los funcionarios, también es de los arquitectos. Por una razón: no consultan con la gente. Ningún profesional puede ser tan inteligente como para prever todo. La única garantía para hacer viable un proyecto, desde una casa hasta una ciudad, es el consenso de la gente. La democracia participativa, no la democracia representativa. Por ejemplo: la arquitecta Susana Matta aplicó este método para desarrollar la zona peatonal de Posadas en Misiones, y habló con los motoqueros, con los comerciantes, con los vecinos, con los arquitectos, con todos lo que tenían intereses en la zona… Y salió un proyecto maravilloso. Sólo a través de la participación de la gente se puede elaborar un pensamiento colectivo. Este método se puede aplicar en arquitectura y en cualquier otra profesión o especialidad.

P. Vas: ¿Qué opina del enrejado de los espacios públicos?

R. Livingston. Algunas veces está bien y otras está mal. Por ejemplo: el Jardín Botánico hace setenta años que está enrejado y nadie ha protestado. Está bien. Porque es un living urbano, protegido, en silencio, con plantas… En cambio, no se puede enrejar, por ejemplo, la Plaza de Mayo porque es un lugar con diagonales donde la gente transita de un espacio a otro. Ahora… el enrejado de los monumentos es la continuidad del menemismo. ¿La gente no siente el pasado como propio? No debe haber otro país donde pongan presos a los bustos de sus próceres. ¿Qué es eso? Esto pasa porque la gente ya no siente como propia su historia. No sabe quiénes son sus próceres, ni de dónde venimos.

P. Vas : Existe una tendencia muy fuerte, sobre todo en la clase política, a negar el pasado…

R. Livingston. Sí. Y es interesante analizar como ese discurso prende en la gente. Por ejemplo: Menen siempre decía: “El pasado no existe” y ahora es Macri el que dice:“No hay que mirar para atrás”. Pero claro, te lo venden como un hombre práctico, y eso prende… Los argentinos tenemos que entender que no se puede mirar hacia delante sin entender primero donde uno está parado. En Alicia en el País de las Maravillas, ella pregunta: “¿Y ahora cómo hago para salir de aquí?” Y el gato le responde: “Depende donde quieras ir…” No se da el pasado, el presente y el futuro en forma lineal. El pasado siempre está en el presente. Por ejemplo: el holocausto de 1942 está todavía vivo en mucha gente, entonces cómo no van a estar los crímenes de la Dictadura. Así como hay dolor vivo, también hay muchas cosas bellas vivas… y no se puede negar el pasado.

P. Vas: ¿Qué opina de la construcción de torres por toda la ciudad?.

R. Livingston. Todas las cosas están apoyadas en valores. Depende sobre qué valor se decida la construcción de una torre. Si se erigen apoyadas sobre el valor de mercado, es decir sobre el valor del terreno, regirá el principio de que el interés es la medida de las acciones en lugar de evaluar qué beneficios y que daños puede acarrear esa obra. Si el mercado determina que hay que construir una torre, no importa si al señor de al lado le van a levantar un paredón o si se van a sacrificar casas valiosas que pueden durar cien años más. Esto es profundamente irracional, sobre todo en un país donde hay serios problemas de vivienda.

A esta altura de la entrevista su hija, la actriz Ana Livingston, se ha acercado al café de Corrientes donde estamos charlando. Tienen planeado almorzar juntos. Apagamos el grabador y tomamos algunas fotos. Antes de despedirse agrega: “La ciudad tiene tres enemigos principales: los autos, los jefes de gobierno que se asociación con el capital en contra de la gente, y los desarrolladores inmobiliarios. ¡Lo de los autos es extraordinario! Vos leés la página de economía, y la economía va bárbara porque se han producido 50.000 autos en un mes. Pasas a la página siguiente, y hay caos en el tránsito. ¿Cómo es posible que no se relacionen las dos cosas? Hay una carrera insensata entre el ensanchamiento de autopistas y la producción de automóviles. ¿Cómo es posible creer en un sistema cuyo éxito lleva al fracaso? El sistema te dice que lo ideal es que cada persona tenga un auto. ¡Si se cumpliera eso la atmósfera duraría una semana! Nadie se ha hecho la pregunta elemental que se formula cualquier persona que guarda zapatos en una caja: ¿cuántos caben? Nos despedimos riendo.