Se frenó la motosierra contra los libros (por ahora)

Tras amenazar con derogar la ley de defensa de la actividad librera, el Gobierno retrocedió y afirmó que no tratará el tema. Ahora bien, ¿cómo se encuentra el sector en la era mileísta?

 Por Jesi Farias

Había una vez un gobierno dispuesto a romper con todo, que tenía tanto odio, que hasta los libros parecían ser sus enemigos… Podría ser un cuentito, pero no lo es. Lo que pasó fue muy real: el ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, quiso abolir la ley 25.542 y algunos artículos de la ley 25.446, de defensa de la actividad librera y de fomento a la lectura, respectivamente. Pero, por ahora, el final de esa historia es feliz, o eso pareciera hasta fines de agosto. El propio presidente aseguró que la propuesta no entrará en el Congreso. Es que ese anteproyecto no buscaba mercados más competitivos, “sino mercados más concentrados”, según indicaron desde la Cámara Argentina de Librerías Independientes (CALI). Y estaba lejos, muy lejos, de bajar los precios, tal como intentó instalar el Gobierno. ¿Quién gana cuando se destruye el costo de un bien cultural? La respuesta no les sorprenderá.

La Ley 25.542, que se debatió en noviembre de 2001 y se promulgó dos meses después mientras el fuego de la crisis todavía seguía chispeando, estableció un precio fijo de venta al público. De ese modo, cada persona que compra una edición puede conseguirla al mismo costo en todo el país. “Estés donde estés, se garantiza el que fija la editorial que contempla el trabajo de escritores, ilustradores, diseñadores, imprenteros, distribuidores y libreros”, precisaron desde la CALI en sus redes sociales. “Sin la ley —continuaron—, las plataformas y cualquier cadena ajena al libro, por ejemplo la de los supermercados, harían descuentos agresivos para eliminar la competencia”. Sin dudas, el precio único protege la bibliodiversidad. En ese sentido, Nadia Fink, presidenta de la Cooperativa Editorial Chirimbote, escritora y editora, sumó: “Si se desregula con la idea del ministro Sturzenegger se puede llegar a provocar que las grandes editoriales o librerías manejen los precios o que incluso los súper puedan vender, como sucede en otras partes de Latinoamérica y en Estados Unidos. Entonces se van a terminar vendiendo solo los best seller, se va a apostar ahí y se va a correr del mercado todo el resto: lo que hace a la diversidad y a la variedad del libro”.

Es que no hay nada como una librera o un librero que conoce bien el catálogo y entonces, ofrece según las necesidades y gustos de sus clientes. No hay nada como un libro que fue pensado y escrito, quizás, desde un recóndito lugar de nuestro país y que tuvo cobijo en una editorial que no piensa en vender y vender, sino en dar lugar a autoras y autores cabales de otras provincias. “O un catálogo LGBT más grande, como el que promovemos las editoriales independientes, o de personas con discapacidad que son protagonistas de sus propias historias. Eso solo lo puede ofrecer un trabajador o trabajadora comprometida”, nos apuntó Fink.

El libro es un bien cultural, no un producto

“Efectivamente, te confirmo que por ahora no, pero nunca se sabe; así hay que seguir en guardia y en alerta”, remarcó Cecilia Fanti, vicepresidenta de la CALI, a Periódico VAS. Sin hacer futurología, sino más bien observando lo ocurrido internacionalmente cuando otros países abolieron su Ley del Libro, pronosticó lo que hubiera ocurrido en tierras argentinas si el Gobierno avanzaba en el Congreso: “Lo que íbamos a ver si se derogaba la ley era el cierre escalonado o un efecto dominó del cierre de librerías. Primero cerrarían las pequeñas, después las medianas y así quedaría concentrado el mercado sólo en grandes jugadores, en dos o tres grandes”.

Porque parece ser que la casta es el sector librero, que está golpeado por la crisis de consumo que cada día se agudiza más. “No olvidemos que una librería también sobrevive a base de vender libros; y la venta de todo tipo de artículos que no sean de primera necesidad, cayó. Si eso pasó con los de primera necesidad, ¡imaginate lo que pasó con los que no lo son!”, grafica Fanti, quien también es escritora y está al frente de Céspedes libros.

  • ¿Cómo están las librerías?
  • Todas las librerías estamos con la venta muy deprimida, entonces muchas están enfrentando ciertas dificultades para seguir abiertas porque los alquileres suben, los servicios suben, pero la venta de libros no sube, sino que más bien baja un 20, 25 por ciento. Todo eso hace que uno vaya tensando un poco sus estructuras.

Las librerías, en general, no tienen grandes estructuras y pueden contar con una persona dueña y una librera o librero. Sin embargo, frente al panorama desolador, se ha despedido a trabajadoras y trabajadores porque hasta eso cuesta sostener, “y entonces las librerías que estaban de manera física pasaron directamente al online; otras que quizás tenían que mudarse dijeron ‘bueno, no podemos enfrentar estos gastos ahora’ así que decidieron cerrar y esperar a más adelante”, repasa Fanti. Sin dudas, este momento es muy complicado para toda la industria del libro porque mientras se bajan las persianas, el Estado se corre y deja de comprarles a las editoriales.

Las Bibliotecas Populares, ¿comieron perdices?

Spoiler alert: no. De toda la información que circuló sobre la echada para atrás del Gobierno, poco se dijo del tratamiento de la Ley de Fomento del Libro y la Lectura que establece que el Estado nacional los reconoce como instrumentos idóneos e indispensables para el enriquecimiento y transmisión de la cultura. “Exacto, no hubo precisiones, pero entendemos que sí, que no se van a tratar modificaciones en ninguna de las dos normativas”, nos indicó Noelia, delegada de ATE CONABIP (Comisión Nacional de Bibliotecas Populares).

¿Cómo les iba a afectar la derogación de las leyes a las Bibliotecas Populares? “Puntualmente en relación a la CONABIP, la derogación del artículo 4 de la Ley 25.542 que habla de los descuentos de precio de venta al público, nos afectaba.

Ese artículo dice que los organismos públicos pueden tener hasta un 50 por ciento de descuento en la compra de libros, algo que ocurre cada año en el programa LIBRO%. Las Bibliotecas Populares de todo el país compran con descuento en el marco de la Feria del Libro. Sin la ley peligraba ese programa”. ¿Se imaginan los estantes vacíos? Algo así, de seguro, fantaseó Sturzenegger.

Como el resto del sector librero, la situación de las Bibliotecas Populares también es muy complicada. “Muchas subsisten con dinero de la comisión u organizando rifas o actividades que les generen ayuda económica de parte de los socios y vecinos. Y CONABIP mucho no ayuda. En este momento del año solo cobraron alrededor de 120 bibliotecas el subsidio de Gastos Corrientes que es el que les permite afrontar gastos como servicios. Justamente, es este financiamiento el que las ayuda a mantenerse abiertas, pero desde que asumió esta gestión se ve afectado por los retrasos en los pagos”, describió la delegada.

La situación es asfixiante, porque en el país hay casi 1.500 bibliotecas populares, con 20 millones de libros y 30.000 voluntarias y voluntarios. La CONABIP las protege, promueve y fortalece desde hace ¡155 años!

Un capítulo más

“No nos durmamos, ya lo intentó dos veces y como intentó dos va a intentar tres, porque claramente hay mucha presión de los grupos económicos”, arengó Diego Paladino, divulgador cultural, desde su cuenta Lector del tren. Las personas que leen son, claramente, otra de las patas del ecosistema.

También hizo su análisis Fanti: “Me parece que hubo algo en el orden de la organización, de ocuparnos de que esto tomara un estatus público en general, que se conociera y se supiera qué era la Ley del Libro, de qué se trataba, cuáles eran los trucos o los engaños en los que nos quería hacer caer el Gobierno con sus argumentos. Todo esto hizo que los medios levantaran la agenda. El libro es un elemento sensible para una sociedad como la nuestra, donde se valora, se aprecia la existencia de librerías, la existencia de tantas editoriales, el espíritu lector, las bibliotecas populares”.

“Esto —arenga Fink— se siente como un triunfo de lo popular y también de lo cooperativo, de lo autogestivo, de lo alternativo, que da una gran riqueza. Y que Argentina sigue siendo donde más se viene a comprar libros, porque todavía hay muchos lugarcitos que ofrecen catálogos diferentes, personalizados y variados”. Sí, a dar vuelta una página esperando que la próxima sea más esperanzadora, pero lo será con el impulso de la comunidad entera.

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