“Trabajamos de otras cosas para poder trabajar de escritores”

por Maia Kiszkiewicz

Para quienes hacen cultura, la mayoría de los reclamos son históricos y la falta de respuestas, una constante. A eso se le suma el predominio de la falacia de que escribir, pintar o hacer música, es siempre un hobby. Y, en un mundo en el que se necesita plata para vivir, cuando el trabajo en la producción cultural no es reconocido como tal desde la remuneración, las personas tienen que emplearse en otros espacios que, muchas veces, dejan poco tiempo y energía para ensayar, perfeccionar técnicas de dibujo o leer y escribir, entre otras cosas.
En este escenario se inscribe la carta abierta que la Unión de Escritoras y Escritores compartió el 1 de mayo, con motivo del día del trabajador y la trabajadora. El texto, que está dirigido a la industria editorial y al Estado argentino, expone la situación laboral y reitera pedidos. “Exigimos que nuestro esfuerzo sea retribuido del mismo modo que el del resto de la cadena de producción del libro, sin sentirnos en la obligación de entregar nuestro trabajo gratuitamente en nombre de la cultura ni depender exclusivamente de las ventas”, dicen desde la organización que, desde 2017, reivindica y defiende los derechos de quienes trabajan con la palabra y son parte fundamental de la industria editorial.
“Al escritor se le paga a medida que se venden los libros”, explica, en comunicación con Periódico VAS, Marcelo Guerrieri, presidente de la Unión de Escritoras y Escritores, docente, tallerista y autor de producciones como la novela Farmacia y el cuento Árboles de tronco rojo. Marcelo agrega que no existe remuneración fija por el trabajo que realiza la persona que piensa las historias o crea los poemas. “Generalmente cobramos el 10% del precio de tapa. Cuando se imprime un libro, a la imprenta, a la gente que lo edita o lo diseña le corresponde, en un tiempo determinado, un monto previamente acordado. A quien escribe, no. En un esquema clásico, cada 6 meses se liquida lo que se vende y, recién ahí, se le paga a quien creó el contenido. Algunas editoriales adelantan el derecho de autor, pero no todas”.
El trabajo de la escritura no se puede calcular en horas. Producir una novela, o cualquier tipo de libro, puede tardar seis meses o cinco años y, mientras, quienes escriben dan clases, talleres o charlas. “Trabajamos de otras cosas para comprar tiempo y poder trabajar de escritores. Eso es precarización”, dice Marcelo y explica que en este punto aparece, también, la problemática de lo que pasa una vez que, tras muchos años de labor, la persona deja su profesión. “Nos jubilamos de docentes, monotributistas, o lo que fuere. En la Ciudad de Buenos Aires existe algo parecido a una jubilación para los escritores, pero no es universal. Nosotros estamos luchando para que haya una ley que reconozca la jubilación para el escritor a nivel nacional. El proyecto está en el Congreso, disponible para ser tratado. Al igual que lo estuvo el de la creación del Instituto del Libro, que lo había presentado Filmus en 2019, pero el año pasado perdió estado parlamentario. Ahora estamos trabajando para que se presente uno nuevo”, cuenta el escritor.
Uno de los pedidos más importantes que la Unión sostiene hace años es que haya un Estado presente. Porque para mejorar las condiciones laborales son necesarias reglamentaciones, como una Ley de Jubilación que contemple la actividad y una Ley del Libro que fomente y regule la industria editorial. La propuesta es que ese marco legal incluya la creación de un Instituto Nacional del Libro Argentino, con el objetivo de promover la tarea en el país. “Sería un espacio para pensar lo complejo de nuestra actividad desde una mirada integral y federal que, a la vez, entienda al libro y a la lectura como un derecho humano, no como una mercancía”, dice el autor y agrega que desde la Unión de Escritoras y Escritores entienden que la modalidad con la que se maneja la industria literaria requiere que se aborde la problemática teniendo en cuenta a todos los integrantes de la cadena de producción.
“Nosotros venimos con este pedido de que nos adelanten los derechos de autor, pero las pequeñas editoriales no tienen espalda financiera para hacerlo. Entonces el Estado tendría que aparecer con algún programa de préstamos específicos para el adelanto de ese pago, por ejemplo. De esa manera no seríamos los escritores los que bancamos con la precarización, como viene sucediendo hasta ahora”, explica Marcelo y ejemplifica con lo que sucede en otros sectores culturales. Porque hay Instituto del Cine, del Teatro y de la Música. Eso funciona para fomentar las diferentes expresiones artísticas. Por ejemplo, en medio de la pandemia, el Instituto del Teatro, con el Plan Podestá, financió obras. El Instituto del Cine, por su parte, logró que se sigan estrenando películas. “No existe nada de eso relacionado con la industria editorial. Los escritores estamos absolutamente a la deriva y el Estado nos viene ignorando sistemáticamente en tanto trabajadores”, denuncia el presidente de la Unión de Escritoras y Escritores.
La cultura, como todo, está siendo atravesada por la pandemia. Cada sector tiene sus limitaciones. Algunas problemáticas son generales, como la inflación que impacta en que haya menos público. Otras son particulares. Todas se suman a decisiones políticas que, en el último tiempo, no hacen más que agravar la situación. Ejemplo de esto en la literatura es la falta de oportunidades que conlleva la no determinación de ganadoras o ganadores de concursos.
Una de las formas de subsistencia de quienes escriben es a través de los subsidios. Entre ellos, los Premios Municipales, dependientes del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y abiertos a personas de todo el país. Sobre estos reconocimientos, que se otorgan por bienios, se adeudan respuestas y adjudicaciones. Nada se sabe de los períodos 2012/2013, 2014/2015, 2016/2017 y 2018/2019. Esto, también, es parte de lo que denuncian desde la Unión de Escritoras y Escritores, y como estos concursos no son exclusivos de la literatura, el reclamo es conjunto e involucra también a la Sociedad General de Autores de la Argentina (Argentores) y al Sindicato Argentino de Autoras y Autores (SADA).
A la deuda, se le suma que en 2020 no hubo convocatorias para los Premios a las categorías de Dramaturgia, Poesía, Ensayo, Cuento y Novela. Tampoco se conocieron novedades de los premios Eduardo Mallea y Ricardo Rojas. “Es algo que está especificado por ley: cada dos años, el Gobierno de la Ciudad tiene que fallar. Y no es que no nos estén dando el reconocimiento, sino que ni siquiera están convocando jurados para que analicen obras que desde el 2012 están presentadas, acumulándose en algún lado que no sabemos cuál es. El agravante, además, es que obtener alguno de estos premios habilita a quien lo gana a pedir una pensión vitalicia a partir de los 50 años. Entonces, no sólo se está limitando un reconocimiento actual de las obras, sino también la posibilidad de esa especie de jubilación”.

La Unión de Escritoras y Escritores invita a que más personas relacionadas con la actividad se unan. Para hacerlo, pueden escribir a [email protected]. Lo que buscan es mejorar las condiciones laborales, que las necesidades de las personas que le ponen el cuerpo al trabajo sean escuchadas y que el acceso a los libros sea un derecho respetado. Para eso, es necesario agruparse. Porque no hay conquistas posibles si la pelea no es colectiva.

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