“Vivas, libres y desendeudadas nos queremos”

por Cristina Peña

Las mujeres en este país vivimos en un bucle interminable, una secuencia de acciones o instancias que se conectan por sus extremos, formando un círculo cerrado que se repite de forma continua. El patriarcado que se arma y rearma hasta el hartazgo. Una vez más, una adolescente desaparece, una madre denuncia, la policía duda, la Justicia demora, el Estado omite. Hasta que el cuerpo aparece horrorosamente desmembrado, descartado en un basural dentro de una bolsa de plástico. Entonces, el poder político finje demencia, la prensa comercial se regodea con detalles morbosos y nosotras: madres, hermanas, abuelas, nietas, mujeres y diversidades, volvemos a tomar las calles.

El femicidio de Agostina Vega, de tan sólo 14 años, reabrió la herida y la dejó expuesta, sin anestesia. La noticia se expandió como suelen expandirse estas tragedias: primero un mensaje en un grupo de WhatsApp, después un posteo compartido cientos de veces, luego la confirmación que nadie quiere leer. En ese tránsito, algo se encendió. O se reencendió. Porque en Argentina, la indignación feminista nunca está del todo apagada: es brasita que espera el viento.

Y el viento llegó.

El miércoles 3 de junio se cumplen once años del primer NiUnaMenos. Y a las 17, el Congreso volverá a ser un punto de fuga. Un imán. Un ritual. Las organizaciones feministas, los sindicatos, las agrupaciones de izquierda, las pibas que crecieron con el pañuelo verde atado a la muñeca como si fuera una extensión del cuerpo: todas volverán a ocupar la calle. La consigna es conocida, pero no por eso menos urgente: “Ni Una Menos. Vivas y libres nos queremos.” En las provincias, las convocatorias se multiplican. No hay centro ni periferia: hay un país que se mueve. “Seamos miles”, dicen los flyers. “El Estado es responsable”, repiten miles de voces.

La búsqueda: cuatro días, una madre, un Estado ausente

El femicidio de una adolescente vuelve a evidenciar el desprecio estatal por la vida de mujeres, niñas y diversidades. La historia de Agostina es también la historia de una desaparición que nadie quiso registrar. Su mamá fue a denunciar, pero la policía no tomó la denuncia. Cuatro días pasaron hasta que se activó la Alerta Sofía. Cuatro días en los que familiares, docentes, amigas, vecinas y vecinos hicieron lo que el Estado no hizo: buscarla.

La presión social logró lo que la burocracia no: hoy hay un detenido como principal sospechoso. El silencio del gobierno provincial y del ministro de Seguridad, Quinteros, se volvió parte del caso. Un silencio que pesa. Un silencio que duele. Un silencio que, para muchas, es otra forma de violencia.

Un país que cuenta sus muertas como quien cuenta pérdidas de guerra

Los números no alcanzan para explicar la violencia contra las mujeres, pero ayudan a dimensionarla. Y los números de 2026 son brutales.
Según el Observatorio “Ahora Que Sí Nos Ven”, entre el 1 de enero y el 1 de junio de 2026 hubo: 87 femicidios, 6 transfemicidios y travesticidios, 12 femicidios vinculados y 9 crímenes de odio contra personas LGTBQ+.
Mientras que el Observatorio “Adriana Marisel Zambrano” registró en el mismo período 104 femicidios, 5 transfemicidios, 9 femicidios vinculados, 11 crímenes de odio hacia personas LGTBQ+.
Por último, el Observatorio “Lucía Pérez”, que actualiza sus padrones todos los días, registra 95 femicidios y travesticidios entre el 1 de enero y el 1 de junio de 2026. Noventa y cinco. Uno cada dos días.

Las diferentes cifras no son contradicciones; responden a metodologías de medición distintas. Lo que sí coincide es la tendencia: la violencia no retrocede. Se expande. Se complejiza. Se vuelve más cruel. No son simples estadísticas; son un síntoma. El mapa de la violencia patriarcal en tiempo real.

La política: el cuerpo como territorio de disputa

En un país donde la ultraderecha convirtió el odio en programa político, la respuesta vuelve a ser la misma que en 2015: la calle como territorio de disputa.

Las organizaciones convocantes lo dicen sin rodeos: la derecha misógina avanza, y se la enfrenta con cuerpos presentes. La violencia de género no se combate con discursos, sino con multitudes. La marcha del 3 de junio no es solo por Agostina. Es contra el ajuste a las políticas de género. Contra la desfinanciación de los programas de prevención. Contra la narrativa que niega la violencia machista. Contra un clima de época que habilita el odio.
Contra las políticas del gobierno de Javier Milei, del FMI y de sus aliados.

La Marea Verde, esa fuerza que conquistó el aborto legal, vuelve a ponerse de pie. No como nostalgia, sino como advertencia: los derechos se defienden en la calle.

Once años después: lo que deja una década de gritos

Desde aquel primer 3 de junio de 2015, La Casa del Encuentro registró: 3073 femicidios, 78 trans-travesticidios, 4 lesbicidios, mientras 3840 hijas e hijos quedaron sin sus madres.

Once años después, se marcha una vez más porque la violencia no cesa. Porque la justicia no alcanza. Porque Agostina podría haber sido cualquiera de nosotras. Porque no queremos un solo femicidio más.

La calle como archivo

El 3 de junio no es una fecha. Es un archivo vivo. Un pulso. Un latido colectivo. Una forma de decir: estamos vivas, estamos juntas, estamos acá y reafirmamos —una vez más— la consigna “Vivas, libres y desendeudadas nos queremos”.

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