Zoom Histórico

Dos cuadras de la calle Lavalle
Parte II

por Gabriel Luna

A mediados del siglo XIX, los porteños estaban cambiando las ideas libertarias y el romanticismo revolucionario por las guerras intestinas y un nuevo colonialismo: la subordinación económica a Inglaterra. La revolución había terminado, las guerras entre unitarios y federales forjaban la dependencia, y el romanticismo que se practicaba era estético, mezcla de elegancia europea con sangre de las guerras intestinas. Un romanticismo escalofriante al estilo de Edgar Allan Poe, pero más visceral que inteligente. Un ejemplo de esto es la novela Amalia del unitario José Mármol, editada en Buenos Aires en 1855 tras la caída del federal Rosas.
La acción de Amalia comienza en mayo de 1840, durante el gobierno de Rosas, con el pase a degüello de cuatro unitarios que intentaban huir a Montevideo para unirse al ejército de Lavalle. El asunto es verídico. La Mazorca exhibió las cabezas de los cuatro en la calle Parque -actual calle Lavalle-, tal como se cuenta en la Parte I de este Zoom Histórico. José Mármol pone el terror del lado de los federales y la elegancia europea junto a los unitarios. Mármol imagina una historia de amor entre dos personajes ficticios -el unitario Eduardo y la bella acaudalada Amalia- y orienta la novela hacia otro baño de sangre, también impulsado por los federales, donde se quiebra la dicha de la pareja ficticia. La cuestión es simple y maniquea: la lucha entre el Bien y el Mal está encarnada por unitarios y federales, respectivamente. Este libro se difunde durante la secesión entre el Buenos Aires unitario y la Confederación Argentina -y seguirá haciendo daño cien años más, instalado como texto en las escuelas-. Mientras tanto la ciudad de Buenos Aires crece al modo europeo.

En 1857, se inaugura la primera línea férrea -que va desde la actual plaza Lavalle hasta el entonces pueblo de Flores-. Se inaugura el alumbrado a gas, hay un farol en cada mitad de cuadra; y se pavimentan con empedrado las calles Parque, Esmeralda, y Suipacha. En 1860 se construye en la esquina NO de Parque y Suipacha la primera casa de dos plantas, tiene 13 habitaciones, dos balcones, y pertenece a Juana Lastra. Al lado oeste de esta propiedad, sobre la calle Parque, se levanta un caserón señorial, con rejas de bronce y dos patios, perteneciente al doctor Carlos Durand, elegante joven unitario de modales franceses, obstetra preferido de la rica sociedad porteña, investigador científico, y flamante diputado provincial.
En 1861 el unitario Mitre vence al federal Urquiza en la batalla de Pavón, donde también pelea el joven unitario Dardo Rocha, criado por su abuela Victoria Olivera de Arana en la misma cuadra donde había nacido Mitre pero de la vereda de enfrente, en una casa con tres patios -junto al actual edificio del cine Atlas, hoy devenido en iglesia evangélica-. Y en 1862 Mitre es elegido presidente de la República Argentina. Su Gobierno impulsó la inversión externa -en primer lugar la inglesa y después la francesa- y generó también endeudamiento externo para la construcción de los ferrocarriles y otras empresas. En la cuadra entre Esmeralda y Suipacha, se instalan Patricio Moore y Clara Soudidet, y en la esquina con Suipacha, precisamente en el solar donde había nacido Mitre, se instala el inglés Pedro Chavis en una casa de 17 habitaciones.

En 1866 se establece el matrimonio del hacendado y político Tomás Anchorena con Mercedes Francisca Riglos en una casa, de 11 habitaciones y un patio central, ubicada en la vereda sur, a mitad de cuadra entre Suipacha y la actual Carlos Pellegrini -cien años después funcionará en ese lugar el cine Iguazú-. La pareja será próspera, tendrá nueve hijos y una larga vida. En 1867 se inaugura el Paseo de la Alameda, también llamado Paseo de Julio, un espacio arbolado de recreación para las familias en la orilla del río. Al año siguiente, 1868, la primera línea de tranvías de la Ciudad recorre ese Paseo desde Retiro hasta avenida Rivadavia. En 1869 ocurre otro acontecimiento social en el caserón con rejas de bronce de la calle Lavalle, a metros de la esquina con Suipacha, se casa el codiciado doctor Carlos Durand, a los 43 años, con Amalia Pelliza Pueyrredón, una hermosísima joven de 17 años, nieta de quien fuera director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Este enlace, largamente comentado por las damas porteñas en el Paseo de Julio, por la apostura, el refinamiento, y la posición económica de la pareja, tendría un desarrollo inesperado.
Al poco tiempo de celebrarse la boda, Amalia sufre una viruela confluente. Cae en una laxitud profunda, siente frío, se le eriza el cabello, luego llega la fiebre, y después el rostro y su cuerpo se le cubren de pústulas cada vez más numerosas, que forman como un empedrado, un tegumento moreno opresor e irritante; la respiración se interrumpe, sus ojos parecen centelleantes, asustados. Días después el tegumento arrasa las facciones. El rostro, que era delicado y armónico, ahora está hinchado y brilla como una máscara en la noche. La lengua le crece, el cuello también, tiene angina, ronquera, le falta la voz. Entonces llegan las peligrosas fases finales: la supuración y la desecación. La máscara se fragmenta y convierte en costras negras, va despegándose de la cara entre fluidos y ardores muy fuertes, hay peligro de ulceraciones, abscesos, hemorragias fatales… Pero Amalia sobrevive, aunque su cuerpo hiede peor que el de un muerto. El doctor Durand, su marido insomne, la ha velado y socorrido durante dos semanas dándole bálsamos, brebajes, e innumerables cuidados. Ha consultado a todos sus colegas, a curanderos, a místicos, astrólogos. Y la salvó de la muerte; pero el precio fue alto, tuvo que asistir a la espantosa transformación de Amalia: la mujer más lozana y hermosa de Buenos Aires salió de la enfermedad convertida en un monstruo. Ella hubiera preferido morir, él no lo permitió. El cuerpo de ella queda deforme, como en una contracción, y las pústulas dejaron marcas indelebles. ¿Qué pasará entonces? El mágico acontecimiento social de la boda y la enorme admiración, se convertirán en escarnio y rechazo, razona Durand, y manda a desplegar cortinados, romper los espejos. Restringe la entrada de su casa y tapia las ventanas.

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