La Plaza de Mayo enrejada

«La ética política del Gobierno de la Ciudad consiste en modificar las leyes cuando lo descubren actuando ilegalmente sin consideración de las razones que llevaron a la creación de la normativa violada».

Observatorio del Derecho a la Ciudad

La instalación de un enrejado fue el epílogo de la puesta en valor de Plaza de Mayo. Una extensa hilera de rejas puntiagudas la dividió en dos desde Hipólito Yrigoyen hasta Rivadavia. Las bochornosas vallas apostadas en el lugar fueron reemplazadas por un brutal enrejado que atraviesa dos calles.
En enero, el Juez Osvaldo Otheguy,  tras hacer lugar al amparo presentado por el Observatorio del Derecho a la Ciudad, declaró ilegal la instalación del enrejado en Plaza de Mayo e instó al Gobierno de la Ciudad a legalizar la colocación de las rejas o bien a retirarlas y restablezcer la Plaza de Mayo a su estado original. El plazo dispuesto era 90 días y lo actuado debía cumplir lo establecido en las normativas vigentes. La indulgencia del magistrado resultó harto provechosa.

El 28 marzo la alianza Larreta-Carrió en la Legislatura porteña dio por aprobada en primera instancia la Ley del Ejecutivo Porteño que convalida la instalación de las rejas en Plaza de Mayo. La argucia legal consistió en modificar el flamante Código Urbanístico de la Ciudad de Buenos Aires para agregar el inciso “enrejado” en las especificaciones técnicas de la Plaza de Mayo en el apartado Áreas de Protección Histórica.

El Observatorio de Derecho a la Ciudad, calificó esta iniciativa como el «blanqueo de la degradación del Patrimonio Cultural porteño» y recomendó a la Legislatura no avanzar en su aprobación. También señaló que medida que soslayaba el rechazo al enrejado planteado por la Comisión Nacional de Monumentos, Bienes y Lugares Históricos.

Para el Ejecutivo porteño, que cuenta con la obediencia debida de la mayoría parlamentaria, lo que siguió a esta primera acordada fueron una serie de meros trámites burocráticos.  El martes 28 de mayo, se celebró la Audiencia Pública no vinculante. Allí el oficialismo confesó que la instalación del enrejado “responde a una solicitud de la Casa Militar de la Presidencia de la Nación, en pos de cuidar el espacio público, el patrimonio y a las personas”(sic) y luego alagó la coherencia estética que el sistema de rejas de Plaza de Mayo guarda con las que cercan la Casa Rosada.
Como contrapartida, la Comisión Nacional de Monumentos, Bienes y Lugares Históricos, sostuvo que “la instalación implica una división física permanente que fragmenta la lectura integral de este espacio público y la colocación de elementos permanentes es contrario a la preservación patrimonial, cultural y social de este ámbito urbano tan significativo”.
Lo dijimos antes, las Audiencias Publicas no son vinculantes, de manera que el viernes 31 de mayo el proyecto del Ejecutivo obtuvo despacho de Comisión asesora de Planeamiento Urbano. En tanto que los y las 33 ediles y edilas de la alianza Larreta-Carrió le dieron sanción definitiva en la sesión del jueves 6 de junio. El absolutismo es el vicio común de las mayorías.
Resulta difícil imaginar la Plaza Mayor de Madrid, la Plaza España de Roma o La Plaza de la República en París enrejadas o valladas. Estas urbes preservan su identidad cultural, por lo tanto se abstienen de instalar obstáculos que limiten, entorpezcan o agrieten su esplendor. En Buenos Aires, en cambio, el ingenio nativo supera a cualquier ficción. La muestra cabal de éste, se sintetiza en el horripilante enrejado que atraviesa Plaza de Mayo.

¿Qué representa una reja?
“Una plaza enrejada anula un trayecto, que es un inicio o un camino hacia el conocimiento de algo”, apunta la licenciada Mónica Capano, especialista en Patrimonio Cultural y coordinadora del Observatorio de Patrimonio y Políticas Urbanas. Lo dice citando al poeta y pintor belga Henri Michaux “antes de ser obra, el pensamiento es trayecto”.

La Plaza de Mayo, considerada como el ágora popular, fue el primer espacio público con que contó la Colonia. Juan de Garay destinó un solar para Plaza Mayor en el trazado que hizo de la aldea. Alrededor de la plaza se erigieron los edificios más significativos: hacia el Este se levantó el Fuerte, hacia el Norte, la Catedral y hacia el Oeste el Cabildo. En el centro de la plaza, Juan de Garay leyó el Acta de fundación y plantó el Rollo de la Justicia, un madero donde se colocaban los bandos y disposiciones reales y se impartía castigo a los condenados. Fue mercado, plaza de toros y espacio común. Tras las Invasiones Inglesas pasó a llamarse Plaza de la Victoria.

En 1803, una galería de dos alas unidas por un arco central, a la que se denominó La Recova, cruzaba plaza de lado a lado por la mitad. El objetivo de esta construcción no era dividir la Plaza, a la que siempre se la consideró como una unidad, sino albergar comercios y proteger a los vecinos de la lluvia. En 1884, Torcuato de Alvear derriba La Recova y la Plaza de la Victoria pasa a ser Plaza de Mayo. Por entonces, todas las instituciones del poder convergen a su alrededor: la Catedral, el  Cabildo y el Fuerte, la Casa Rosada, la Municipalidad, las Cámaras y la Suprema Corte, esto la transforma en un espacio donde los ciudadanos se dan cita para expresarse ante las autoridades: ámbito del ritual patriótico, de puebladas, de asambleas de vecinos que, después de Pavón, se convirtieron en manifestaciones públicas de protesta.

“Es justamente esta carga simbólica de interpelación la que repele cualquier intento de utilizar dispositivos de control o disciplinantes”, dice Mónica Capano y añade: “La intervención con el cerramiento de rejas que parten una unidad paisajística en dos,  se abrirán discrecionalmente en determinados momentos de la jornada, hará de la Plaza un lugar sin la configuración del espacio público, casi exclusivamente definido por el pasar de individuos. Lo que nos lleva a pensar en aquello que intentó la dictadura de 1976, al evitar que las que se llamarían con el tiempo Madres de Plaza de Mayo se reunieran: recordemos se las obligó a circular, creyendo, sin saberlo, que, de esa forma, convertirían su paso en un simple tránsito; la historia mostró lo contrario”.

“En un ejercicio contrafáctico, de haber existido las rejas, de seguro que las Madres no hubieran podido hacer visible el accionar criminal de la Dictadura Militar, dando por tierra con derechos como el de la libre circulación. No hay duda que resultará difícil de evocar y dar cuenta de esta lucha con las rejas y sin los pañuelos pintados”, plantea Capano y enfatiza “La Plaza que hemos conocido era un lugar antropológico, sede de identidades diversas puestas en contacto, de prácticas nuevas y viejas que se superponían, de signos materiales -los edificios, parte de los edificios, los elementos decorativos, las pinturas sobre el suelo- que nos interpelaban como significantes aportando sentidos al tránsito por ese espacio, y convirtiéndolo en trayecto. Era imposible atravesar La Plaza sin hacer la lectura de los significados que histórica y culturalmente, distintas generaciones de argentinos y argentinas le han adjudicado tanto individual como colectivamente”.

“Este paisaje que es la Plaza de Mayo, escrito y reescrito en sucesivas décadas dejando hitos de memoria, lugares de referencia y disparadores simbólicos que podemos reconocer cotidianamente, no puede ser modificado por fuera de la participación de una comunidad que es la única que puede determinar la autenticidad de un patrimonio. La Plaza de Mayo ha sido el centro de la vida política argentina desde siempre para la gran mayoría de la ciudadanía porteña: punto de arribo de tantas marchas reivindicatorias iniciadas en el Congreso, de fiestas patrias, de encuentros contestatarios de todos los colores políticos- de bombardeos sobre civiles inertes, de encendidos discursos políticos, de asunciones presidenciales, de funerales. La Plaza de Mayo fue el lugar que construyeron los ‘cabecitas negras’ en la irreverencia de meter las patas en la fuente, pero también la plaza convocada por un periodista en apoyo a un gobierno neoliberal”, continúa diciendo Capano.

“La intervención en la Plaza de Mayo y su aislamiento mediante rejas anula el concepto de espacio público urbano, entendiendo a  éste como el lugar del encuentro entre sujetos heterogéneos”, señala Capano, que encuadra este accionar en la estrategia de hacer efectiva la teoría de control y disciplinamiento social desarrollada por Foucault en su libro Vigilar y Castigar.

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